Albert • ¡¿Partidarios de los mercados?!

En el último número le asesté un buen golpe al nuevo libro de John Roemer, “The Future of Socialism”. También derribé a Sam Bowles por alabar al libro en la sinopsis trasera. No me gusta cuando gente que los conoce bien dice al público que los mercados —una de las instituciones más destructivas jamás concebidas en este planeta— están bien, son inevitables, o cualquier otra cosa que sea una verdadera meta para un movimiento abolicionista moderno. En el número del 8 de agosto de In These Times, Nancy Folbre informa sobre el libro de Roemer y sobre una pequeña conferencia que hablaba de él. ¡Ay de mí! Se elogia a Folbre también. A pesar de las críticas sobre sus omisiones de las otras facetas de la vida, ella parece creer que este libro atroz tiene algún mérito económico.

¿Qué mentiras son la base de la nueva fascinación que tienen muchos izquierdistas por los mercados?

Muchos dicen que la caída de la Unión Soviética ha mostrado la incapacidad de la planificación centralizada, demostrando su incapacidad para ocupar un puesto en el mundo moderno, y que esto ha dado nuevos bríos a los partidarios de los mercados, a través del espectro político.

Pero esto no puede ser lo que haya hecho que economistas radicales como Bowles y Folbre incluyan a los mercados dentro del espectro de visión de la izquierda. Ellxs saben que las quejas sobre los males de la planificación centralizada (tanto las ciertas como las falsas) no tienen nada que ver con las virtudes o con las desventajas de los mercados. Y seguramente su renacida defensa de los mercados no viene de reconocer el modo en el que los mercados deforman las preferencias más allá de los bienes colectivos, lo que ellos reconocen y admiten como defecto. Saben que los mercados no responden a los efectos ecológicos que producen. No han dado de repente la bienvenida a la reducción de las relaciones humanas que han provocado las relaciones entre las cosas, ni la escalada de consumismo que se ha convertido en el principal pasatiempo de nuestras vidas, siendo ambas características parte de los mercados, como ellos bien saben. Obviamente, ninguno de los males de los mercados atrae a estxs amigxs. Pero eso no les hace rechazar los mercados.

¿Qué hace que los izquierdistas partidarios de los mercados hagan caso omiso de todos los defectos bien conocidos de los mercados y se sitúen tras la bandera del mercado?

  1. Por incomprensibles razones los izquierdistas partidarios de los mercados se niegan a considerar que podría haber más opciones que la de los mercados y la planificación centralizada y, situados en esta negación de otras posibles alternativas, optan por los mercados en vez de la planificación centralizada e intentan que esta opción parezca la mejor.
  2. Hay algo en los mercados que parece que gusta mucho a sus nuevxs partidarix. Los mercados son competitivos y premian la contribución por productividad.

Y aquí reside la última ironía de este completo y maldito desastre. Incluso los renacidos partidarios de los mercados señalan que esta virtud de los mercados no es, obviamente, una virtud en absoluto. Ni siquiera el ser competitivo ni el recompensar la contribución con productividad son atributos positivos.

La primera parte de esta queja es tan obvia que no sé por qué tengo que dedicarle algo de tiempo. Las personas son seres sociales. Nuestras instituciones, u otras cosas similares, deberían ayudarnos a expresar nuestros sentimientos de simpatía o empatía por una u otra. No deberíamos elogiar o conformarnos con las instituciones económicas que nos fuerzan a ver a otras personas como obstáculos que hay que evitar, eliminar o pasar por encima. No deberíamos vernos obligados por nuestras ganancias medias a ver las ganancias de otros como pérdidas nuestras. Una economía que es consistente con la plena satisfacción de las necesidades y capacidades humanas debería crear una en la que cada uno lo pudiese hacer mejor, en la que todo tuviese que hacerse mejor, de manera que el interés de cada persona favorezca a todo el conjunto. ¿Excluiría esto la excelencia? ¿Excluiría esto la originalidad y la diversidad? No, lo que excluiría es que la gente se convierta en depredadores, en codiciosos, en hienas.

¿Qué hay acerca de recompensar a la gente de acuerdo a la proporción en que contribuya?

¿No es esto, al menos, un aspecto positivo del ideal de mercado, sino la puesta en práctica del mercado? No. Lo siento. No lo es, y no lo es coger un ingeniero de astronáutica para explicar por qué.

Considera lo siguiente: dos personas salen a cortar leña. Ambos dedican a ello una jornada de ocho horas en total. Ambos vuelven exhaustos, cada uno habiéndose esforzado al máximo para cortar la leña. Uno de ellos mide 1.90 metros y pesa 97 kilos. El otro es más pequeño. ¿Merecería un mayor salario el que cortó mas leña? ¿Haría esto que al día siguiente trabajasen de una manera diferente? ¿Y sería justo?

Ahora supón que no hay que cortar leña sino resolver problemas de matemáticas. Todo trabajo cerebral. Hay 20 excelentes matemáticos realizando los problemas. Todos trabajan el mismo tiempo, y emplean el mismo nivel de concentración y esfuerzo. La mujer que se sienta al final de la mesa es una supergenio, incluso dentro de este talentoso grupo, y resuelve el doble de problemas que la media del grupo, y el triple que los más lentos del grupo. ¿Debería obtener ella el doble del salario medio, y deberían obtener los más lentos en relación con ella dos terceras partes del salario medio?

Sabemos, como todxs los progresistas (Roemer aparte), que no queremos pagar más a la gente porque posean los medios de producción del capital. Nosotros no creemos que se deba clasificar a la gente por cuánto dinero tiene en sus bolsillos. No queremos que esta diferenciación exista siquiera. Porque es grotesco este modo idiota de recompensar a la gente sin tener en cuenta lo que hayan hecho o estén haciendo.

¿Pero qué hay acerca de recompensar la contribución a la productividad?

Bien, recompensar la contribución a la productividad gratifica la suerte social (si tú estás en un puesto de trabajo productivo y eres capaz de contribuir más a la productividad o no), la herencia genética (como en los cortadores de leña y en los que resuelven problemas de matemáticas), la educación (como cuando alguien aprende habilidades productivas y otros no) y el esfuerzo (como el trabajar duro o la holgazanería).

Así que si consideramos estos aspectos que recompensan la contribución de cada uno aisladamente:

  1. ¿Por qué deberíamos recompensar la suerte en una actividad económica? No hay ningún efecto incentivador (no podemos mejorar nuestra suerte como respuesta al incentivo de un salario mayor si incluso tenemos más suerte). No hay una justificación moral para ello.
  2. ¿Por qué deberíamos recompensar la suerte en la lotería genética? Una persona obtiene unos genes maravillosos, ¿debemos pagarle más para cebarle? ¿Dónde está aquí la moralidad? Y, de nuevo, no hay un efecto incentivador, no podemos alterar nuestros genes para conseguir un salario mayor.
  3. ¿Por qué deberíamos recompensar la educación que hayamos recibido? Piensa sobre ello. De nuevo, no existe una razón moral para pagar más a alguien que haya aprendido algo útil (excepto, por supuesto, en proporción al esfuerzo y el sacrificio que hizo al aprenderlo, el cual es normalmente más bajo en comparación a lo que hará en el trabajo). Sí, podemos ir a la escuela para aprender más y así tener un sueldo mayor, ¿pero nos compensa este aumento de sueldo el que volvamos a la escuela? No tienes que pagar demasiado en sus trabajos posteriores para convencer a la gente de que vuelva a la escuela ahora mismo. No, lo único que hay que tener en cuenta es el esfuerzo y el sacrificio, y es que una buena economía debería asignar los salarios en proporción a ello, y ese es el aspecto que debería ser recompensado de la educación que hayamos recibido.

Lo que deberían estar haciendo los economistas radicales es calcular cómo organizar una economía que fomente la solidaridad, que dé a la gente el control sobre sus propias vidas (en todos los aspectos), que promueva la diversidad, y cree igualdad (lo que incluye que la gente tenga las mismas condiciones laborales y los mismos ingresos basados en el esfuerzo y en el sacrificio).

Y los mercados fastidian todo esto de una manera bastante obvia. Así que me gustaría que algún radical que se haya convertido en partidario de los mercados pero que antes no lo era —un buen candidato sería Sam Bowles, o según parece Nancy Folbres— explicase por qué ahora son partidarixs (o parecen serlo) de una institución que antes combativa y correctamente criticaban.

Y yo creo que todo el mundo de izquierdas —que todavía tiene ojos para ver a gente comiendo en cubos de basura, las crecientes filas en las puertas de las oficinas de los psiquiatras, y cada sentimiento humano convirtiéndose en una mercancía, y víctimas del desempleo en aquellos que trabajan y aquellos que no y a seres humanos haciendo cigarros para que otros se los fumen, y la evidente verdad de que el mejor camino para una sociedad afectuosa y creativa no es exigir que cada persona pueda existir por ella misma, como en los mercados— debe ser capaz de preguntarse por esa misma explicación.

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