Asignación participativa

Octavo ensayo en la serie “Un movimiento por una economía participativa”

por Michael Albert

asignacion-participativaUna economía determinada necesita algún procedimiento para coordinar las actividades de los diferentes trabajadores entre sí y con los deseos de los consumidores. El procedimiento, que se llama asignación económica de los recursos, determina cuánto se usa y cuánto se produce de cada cosa, y dónde acaba.

El consenso mayoritario es que el mercado es una institución útil para la asignación económica. Algunos disidentes, por contra, siguen apostando por la planificación central. En nuestra opinión, no obstante, tanto el mercado como la planificación central son horribles y necesitamos como alternativa la planificación participativa. Más allá de lo que un corto comentario puede decir, espero que la gente siga las pruebas y los argumentos más sustanciales que encontrará en http://www.parecon.org

No al mercado

El mercado consiste en compradores y vendedores que se encuentran, y cada uno intenta maximizar su beneficio. En cualquier transacción comprador y vendedor compiten por comprar barato y vender caro. Para que uno consiga más, el otro tiene que conseguir menos. Aquellos que se ven afectados por la transacción, pero no participan directamente como compradores o vendedores, no pueden decir nada. La contaminación y otros efectos sobre los no-compradores/no-vendedores no sale en la cuenta y no puede influir en la transacción. Incluso cuando los mercados funcionan de manera óptima, los participantes se vuelven individualistas. Sus motivos y el desarrollo de sus preferencias se encaminan hacia el egoísmo. No debe sorprender el dicho “los chicos buenos llegan en último lugar”. Las tasas de cambio [los precios] ignoran los efectos sociales y externos y por lo tanto no representan los verdaderos costes sociales. Y surge una división de clases entre los pocos que monopolizan las habilidades de toma de decisiones, las oportunidades y la información, y un grupo mucho mayor, sin poder y desencantado, alejado de la toma de decisiones. Llamamos al primer grupo coordinadores: mandan en la economía. El segundo grupo son los trabajadores: obedecen órdenes.

De estas y otras formas el mercado hace que la gente limite el bienestar de otros, que se homogeneicen los gustos dentro de cada clase, que se reduzca toda la actividad a lo que es monetario, que se remunere el poder o la productividad hasta el punto de tener diferenciales grotescos de ingresos y riqueza, y que se asigne un poder desproporcionado a una clase que monopoliza el acceso a la toma de decisiones a la expensa de la mayoría, que simplemente obedece órdenes.

No a la planificación central

La planificación central es conceptualmente más sencilla que la asignación por el mercado. Los planificadores acumulan información por diversos medios y luego deciden los precios, la cantidad a producir y los ingresos. Trabajadores y consumidores aceptan las decisiones de los planificadores. La única pega es que los planificadores al dar las órdenes deben obtener cierta respuesta sobre su posibilidad de conseguirse: las órdenes van hacia abajo, la respuesta vuelve hacia arriba, nuevas órdenes hacia abajo, obediencia hacia arriba. La respuesta viene de “agentes” de los planificadores en cada lugar de trabajo, los gestores.

En el haber, la planificación central posiblemente puede superar la incapacidad intrínseca del mercado de tener en cuenta las implicaciones públicas y sociales de las transacciones y posiblemente también puede reducir los efectos individualistas de la competitividad, e incluso tener en cuenta los efectos en los trabajadores. Pero sus principales defectos incluyen que produce inevitablemente una clase coordinadora de los planificadores aliados con los gestores en los lugares de trabajo para controlar a trabajadores mecanizados, y la planificación central también añade a la economía un aumento generalizado del autoritarismo y la subordinación, por lo tanto violando con fuerza el objetivo de autogestión. Es más, las dinámicas de clase y el mayor autoritarismo de la planificación central tienden con el tiempo a minimizar el potencial técnico que tiene para prestar mayor atención al desarrollo social y personal generalizado, desviándose hacia la perpetuación del poder, estatus y condiciones de los planificadores y gestores de élite, y otros miembros de la clase coordinadora educada.

Por tanto, el mercado y la planificación central no sólo no fomentan la remuneración justa, la autogestión y el trabajo digno, sino que impiden en gran medida su consecución, a la vez que también minan la solidaridad, la diversidad y otras normas sociales civilizadas.

Sí a la planificación participativa

Entonces, ¿qué alternativa hay?. Bueno, ¿por qué no podrían los trabajadores de las diversas empresas e industrias, junto con los consumidores de los diversos barrios y regiones, coordinar sus deseos conjuntamente, de forma consciente, democrática, equitativa y eficiente? ¿Por qué no podrían asociaciones de consumidores y de trabajadores proponer lo que quieren hacer e ir revisando sus propuestas al conocer más sobre el impacto de sus deseos en los demás? ¿Qué hay de imposible en un proceso de planificación social, en múltiples pasos, en que los trabajadores aprueben las propuestas de producción sólo cuando en vista de una información cualitativa completa y valoraciones precisas, estén convencidos de que las propuestas son socialmente eficientes, y en que los consumidores aprueben las propuestas de consumo sólo cuando en vista de una información completa estén convencidos que las demandas no son socialmente abusivas? En otras palabras, ¿qué hay de imposible en que productores y consumidores asociados trabajen juntos en planificar sus actividades relacionadas sin los efectos debilitadores del mercado o la planificación central?

Ya hemos argumentado en favor de las asociaciones de consumidores y de trabajadores, y las federaciones de asociaciones, para conseguir remuneración según el esfuerzo y el sacrificio, para conseguir trabajos equilibrados, y para que cada persona influya en las decisiones en la proporción en que les afectan. Los que participan en el proceso de planificación participativa son trabajadores y consumidores individuales, las asociaciones de trabajadores y de consumidores, y sus federaciones, y también diversos grupos de gente para quienes una parte de su trabajo equilibrado será tratar los datos para ayudar a la asignación en lo que llamamos Consejos de Ayuda a la Iteración (CAI).

Conceptualmente, el proceso de planificación participativa es bastante simple, pero bastante diferente de cualquier cosa a la que estemos acostumbrados. Trabajadores y consumidores negocian en base a un conocimiento pleno de los efectos y a tener una influencia proporcional en las decisiones. En resumidas cuentas el Consejo de Ayuda anuncia lo que llamamos “precios indicativos” para todos los bienes, recursos, categorías de trabajo y valor del capital. Estos se calculan en base a la experiencia del año anterior. Los consumidores, las asociaciones de consumidores y las federaciones responden con propuestas de consumo tomando esos precios indicativos como estimaciones de la valoración real de todos los recursos, equipamiento, trabajo, efectos colaterales y beneficios sociales asociados con cada bien o servicio. Los trabajadores, las asociaciones de trabajadores y las federaciones de esas asociaciones responden con propuestas de producción, indicando qué productos producirían y los recursos que necesitarían para producirlos, tomando esos precios indicativos como estimaciones de los beneficios sociales completos de esos bienes o servicios y de los verdaderos costes de oportunidades de esos recursos. Al recibir las propuestas públicas de trabajadores y consumidores y sus asociaciones, los consejos de ayuda calculan el exceso de demanda o de oferta para cada bien y ajustan mecánicamente el precio indicativo de ese bien hacia arriba o hacia abajo en función de esos nuevos datos. Luego, usando los nuevos precios indicativos más el acceso a toda la información cualitativa, las asociaciones y federaciones de trabajadores y consumidores revisan y reenvían sus propuestas.

Básicamente el proceso “filtra” las propuestas demasiado optimistas o inviables hasta un plan viable de dos formas diferentes: Los consumidores que piden individualmente más de lo que su categoría de esfuerzo (salario) merece, o que colectivamente quieren más de algún bien de lo que los trabajadores se proponen producir, se ven presionados por los nuevos precios indicativos y por el deseo de conseguir un plan final viable, a reducir o cambiar sus peticiones hacia productos de menor coste social que puedan obtener la aprobación de otras asociaciones de consumidores que ven esas peticiones iniciales como excesivas o la aprobación de los trabajadores que no están muy deseosos de producir esos bienes. Las asociaciones de trabajadores cuyas propuestas tengan una utilidad social menor que la media dados los recursos que tienen asignados o que se proponen producir menos de lo que los consumidores desean de su producto, se ven presionados para aumentar o su esfuerzo o su eficiencia (o su número de trabajadores) para conseguir la aprobación de los otros trabajadores y satisfacer los deseos de los consumidores. A medida que van sucediéndose iteraciones de este proceso de planificación, las propuestas se van haciendo más factibles y los precios indicativos convergen hacia los verdaderos costes sociales de oportunidad. Dado que ningún participante en el proceso de planificación disfruta de ventajas en influencia sobre los demás, y dado que cada participante influye en la evaluación de los costes y beneficios sociales como cualquier otro, pero teniendo cada uno más influencia en aquello en que está involucrado y menos en lo que no le afecta, el proceso genera equidad, eficiencia y autogestión de forma simultánea.

Para decirlo de otro modo, las personas hacen propuestas sobre su propio consumo privado. Las asociaciones de vecinos hacen propuestas que incluyen las propuestas aceptadas de consumo privado junto con las peticiones conjuntas para el consumo colectivo del vecindario. Las federaciones de más alto nivel hacen propuestas que incluyen las peticiones de las asociaciones que las forman así como la petición de consumo colectivo de la federación. De forma similar, cada unidad de producción propone un plan de producción. Cada lugar de trabajo enumera los recursos que necesita y los productos que proponen poner a disposición del público. Las federaciones regionales y sectoriales juntan las propuestas y gestionan el exceso de demanda o de oferta. Después de haber propuesto su propio plan, cada “entidad” (individual o colectiva) recibe información sobre las propuestas de las otras entidades y la respuesta de otras entidades a su propuesta. Al “negociar” cada entidad mediante sucesivas “iteraciones” el proceso converge hasta un plan viable. En el camino las “entidades” utilizan diversa información, incluyendo los “precios indicativos”, sus propios cálculos aceptados de esfuerzo y sacrificio en el trabajo e información cualitativa detallada sobre cada uno a petición. El plan al que se llega manifiesta las preferencias de cada participante en la proporción en que les afectan. Es más, cada participante se beneficia sólo en la medida en que lo hacen los demás. Es decir, mis ingresos dependen directamente de los ingresos medios de la sociedad y mi calidad de vida en el trabajo depende de la calidad del complejo de trabajo medio en la sociedad. Incluso el beneficio para mí de cualquier inversión que proponga en mi lugar de trabajo depende de cómo esa inversión aumente los ingresos medios o la calidad media o aumente el producto social total que todos compartimos, y así igual para todos. La solidaridad, por tanto, se refuerza con la planificación participativa porque nuestros intereses están entrelazados y nuestros cálculos económicos diarios ocurren a la vista de la situación de los demás. La diversidad es bienvenida en la planificación participativa por los beneficios que aporta tener muchas opciones y controles y equilibrios. La equidad se garantiza por las normas de remuneración. Y la autogestión es intrínseca a la lógica fundacional del sistema de asignación y a su funcionamiento, fomentada por todas sus características.

Los precios son “indicativos” durante el proceso de planificación en el sentido de indicar las mejores estimaciones actuales de las valoraciones finales. Los precios no están fijos en cada etapa, sino que son flexibles en el sentido que pueden cambiar en la próxima iteración de la planificación y también en que la información cualitativa presenta importantes guías adicionales que pueden llevar a la gente a actuar de forma diferente a lo que indican los precios cuantitativos. Y aún más, los precios indicativos, desde el principio y hasta el establecimiento de los precios definitivos, no surgen de la competición o de determinaciones autoritarias sino de la consulta y el compromiso sociales. La información cualitativa añadida surge directamente de las partes involucradas y entra en el proceso para ayudar a que los indicadores cuantitativos sean tan precisos como sea posible, así como para desarrollar la sensibilidad de trabajadores y consumidores hacia las situaciones de otros trabajadores y consumidores, y para desarrollar la comprensión de cada uno del intrincado tapiz de relaciones humanas que determina lo que podemos consumir y producir y lo que no.

Obviamente, todo esto tan sólo es una pincelada por encima de la planificación participativa, y no presenta una imagen detallada ni de las “iteraciones” de planificación ni del entorno de motivos, acciones e instituciones que la hacen viable, ni penetra en los problemas del día a día ni en las implicaciones sociales. Pero si estáis interesados podéis acceder a discusiones más completas en la red en la sección de “parecon” [siglas de economía participativa en inglés] de ZNet: http://www.parecon.org.

En el próximo artículo de la serie trataremos de un programa a corto plazo para conseguir la planificación participativa. De momento, no obstante, en cuanto a una visión sobre cómo tratar la asignación de recursos, se reduce a esto:

  • ¿Queremos que la gente tenga ingresos de acuerdo con la propiedad de capital o el poder, o intentar medir el valor de la contribución de cada persona a la producción social y permitir que cada individuo consuma tanto como su producción social? ¿O queremos que cualquier diferencia en derechos de consumo se base sólo en la diferencia en el sacrificio personal en la producción de bienes y servicios? En otras palabras, ¿queremos una economía que obedezca la máxima “a cada uno de acuerdo con el valor de su propiedad, de su poder o de su contribución personal”, o una economía que obedezca la máxima “a cada uno de acuerdo con su esfuerzo”?.
  • ¿Queremos que unos pocos diseñen y coordinen el trabajo de la mayoría? ¿O queremos que todos tengan la oportunidad de participar en la toma de decisiones económicas en la medida en que les afectan, y tengan la formación y circunstancias que garanticen su capacidad para hacerlo? En otras palabras, ¿queremos continuar organizando el trabajo jerárquicamente o queremos complejos de trabajo equilibrados?
  • ¿Queremos una estructura para expresar preferencias que esté enfocada hacia el consumo individual en vez del social? ¿O queremos que sea tan fácil expresar las preferencias para el consumo social como lo es para el individual? En otras palabras, ¿queremos el mercado o queremos federaciones agrupadas de asociaciones de consumidores?
  • ¿Y queremos que las decisiones económicas las determinen grupos en competencia unos con otros por la supervivencia? ¿O queremos planificar nuestros esfuerzos comunes de forma democrática, equitativa y eficiente, de forma que todos los participantes tengan la influencia que merecen y cada uno se beneficie de forma paralela al resto? En otras palabras, ¿queremos deponer la toma de decisiones económicas a favor del mercado, o queremos abrazar la posibilidad de la planificación participativa?

Ir al índice

Comentarios desde Facebook

1 Comment

Leave a Reply