Economía participativa, anarquía y política

Por Brian Dominick

Una de las preguntas más comunes planteada por los anarquistas al observar el modelo de economía participativa (“parecon” en inglés), atañe a la existencia, o no existencia, de un estado en una sociedad con una economía participativa. ¿Cuál es el papel del gobierno, si es que lo tiene, en el sostenimiento de un sistema de economía participativa? O más allá, ¿qué papel, si es que lo tiene, debe tener el estado en el establecimiento de una economía participativa? Estas son cuestiones muy importantes, aunque sólo sea porque como activistas que luchamos por un cambio radical no sólo en la esfera económica sino también en la política, nos preocupan asuntos de estrategia y coherencia con nuestros ideales.

puño_cadenaLa respuesta corta es simple: No, no hay nada en la teoría abstracta, en la información existente sobre “parecon”, que necesariamente abogue por la intervención o el control estatal en la actividad económica.

Por supuesto, siempre hay un “pero…” Las respuestas satisfactorias rara vez son simples, y ni los más firmes anti-autoritarios, ni aquellos más dispuestos a aceptar varias formas de gobierno en una sociedad revolucionaria se conformarán probablemente con una explicación básica. En los discursos anarquistas sobre la cuestión de la economía participativa y el estado, es importante señalar que los partidarios de “parecon” no están necesariamente de acuerdo con estas cuestiones en su totalidad. Estamos de acuerdo, sin embargo, en que el estado no tiene ningún papel que jugar en una economía cuyo desarrollo ha hecho innecesaria la intervención política. No obstante, es obvio que ese es el punto clave. Si se entienden los conceptos básicos de la economía participativa, es fácil ver por qué este tipo de economía podría funcionar – aunque quizás no óptimamente – con la ausencia de instituciones políticas. (Estas cuestiones están tratadas brevemente en la sección de Preguntas Más Frecuentes (FAQ) de la web de ParEcon realizado por John Krumm).

El gobierno y el funcionamiento de la economía

Uno de los pilares principales de “parecon” es la relativa separación entre las esferas política y económica. Se supone que a ciertos asuntos los manejarán instituciones políticas y a otros instituciones económicas. Estas son las principales tareas, en cualquier sociedad, junto al mantenimiento de relaciones materiales: la producción, el suministro y el consumo de bienes y servicios. Mientras tanto, el gobierno, cualquiera que sea la forma que adopte, se ocupa de la organización de la función moral de la sociedad. Ya sea un estado estrictamente antidemocrático y jerárquico, o una desconectada formación de instituciones intentando coordinar tales actividades mediante una mediación consensuada (como en “el ideal anarquista”), o algo intermedio, la política tiene una función que , en teoría , se aleja casi por completo de la economía.

Lo que mayormente manejan hoy los gobiernos de las llamadas “economías mixtas”, es el consumo, la producción y el reparto de los servicios y bienes públicos. Pero, como estas actividades son asuntos centrales en el modelo “parecon”, como describieron en detalle Albert y Hahnel, la necesidad de que haya un gobierno que se encargue de cada tarea se convierte en algo superfluo, siempre que el desarrollo y funcionamiento de esta economía participativa sea correcto. Es indudablemente difícil para la gente en nuestra sociedad actual, donde el capitalismo coopera y se opone al estado de tan diversos modos, el imaginar una sociedad con una economía organizada (a) bajo los principios de la democracia directa, con controles que aseguren la participación y el cumplimiento de todos los sujetos económicos sobre una base equitativa, a la vez que quedan (b) fuera del control de las instituciones políticas.

Es algo bastante irónico que, cuando muchos anarquistas preguntan sobre la necesidad del compromiso estatal en una economía participativa, ya hayan dado por sentado el hecho de que las instituciones políticas necesitarán estar implicadas en el “gobierno” de los asuntos económicos, para mantener un equilibrio entre la gente (o la “comunidad”) por un lado y las instituciones económicas por otro. Pero al igual que la política en una sociedad anarquista puede establecerse como que la gente es la política, también puede “parecon” asegurar que la gente es la economía.

De hecho, mientras los sistemas para las políticas democráticas difieren en muchas formas de la actividad económica democrática, los principios rectores son los mismos: toma de decisiones acorde al grado en que uno se ve afectado, a su vez, por los resultados de la decisión tomada. Por supuesto, tanto la democracia política como la económica requieren transparencia en el proceso de toma de decisiones, y poder para disponer de toda información concerniente a dichas decisiones. En verdad, como la economía es una “ciencia” más tangible que la política, realmente es más fácil determinar la imparcialidad de la inversión y la producción (tanto cualitativa como cuantitativamente) en la economía que en la política.

En este punto surgen algunas preguntas. Una atañe a la relación entre la moralidad y las decisiones que se toman en una economía participativa. Economía participativa no quiere decir “amoral” – muchos de los asuntos tratados en “parecon” son particularmente éticos, especialmente en los que respecta a la situación y remuneración de los sujetos económicos. La explotación del trabajo y los recursos ,es completamente tratada en forma implícita o explícita. Pero las teorías actuales son limitadas.

Por ejemplo hay mucha gente que cree que existe un valor inherente en la “naturaleza”, en los árboles, los animales o la tierra. Argumentan que el valor de la naturaleza no esta determinado simplemente por los efectos de la ecología o su utilidad para la sociedad humana. Para tales personas nuestra interacción con el medio ambiente, se llame economía o como sea, es un asunto vital. Aunque parezca un poco extremo, toda nuestra actividad social debería contemplar sus efectos en el mundo que nos rodea. Mientras que algunos “humanistas” argumentan que las cuestiones del impacto medioambiental no deberían extenderse más allá de sus consecuencias cuantificables en la sociedad y el bienestar social, mucha gente (quizá la mayoría) rechaza esto de manera absoluta. De esta forma, incluso si pudiese probarse que la extinción por culpa humana de alguna especie no tendría consecuencias para la humanidad ni para cualquier sociedad en particular, pocos estarían dispuestos a aceptar la extinción de esa especie, salvo que tal extinción provocase un beneficio substancial para la humanidad o que no existiesen alternativas razonables. Incluso entonces, muchos tendrían un problema ético en relación con la extinción de una especie por causa del hombre e inclusive respecto de la explotación de otras especies

Obviamente, o nos ponemos a desarrollar una teoría de parecon únicamente para que incorpore mecanismos que incluyan a los elementos ecológicos éticos y morales en una determinada economía, o admitimos que hace falta algún tipo de intervención política. Es improbable que una economía puramente “humanista” satisfaga a la mayoría, por su incapacidad inherente de proteger al entorno “no humano”, salvo aquello que esté relacionado con las necesidades de los hombres.

Así que ¿cuáles son las opciones? Una es incluir valoraciones cualitativas de las consecuencias medio ambientales en “parecon”. En la medida que el impacto medioambiental de la actividad económica repercute en los seres humanos, el mecanismo de “estimación/valor” de “parecon” incorpora la necesidad de no fomentar actividades con un elevado coste social y estimular lo que produzca beneficios sociales. Pero aquí la palabra clave, obviamente, es “social”. Si es considerado socialmente benéfico (por una definición humanista estándar de lo que significa”social”) explotar animales, por ejemplo, una economía participativa lo hará posible .

Añadir más mecanismos para la evaluación cualitativa de la economía de “parecon” desde luego es posible, pero, por supuesto, serían los humanos quienes finalmente harían las valoraciones cualitativas, basadas en evaluaciones y decisiones políticas más que económicas, si realmente podemos separar ambos conceptos. Por otro lado, un gobierno podría regular la actividad económica a través de la deliberación y de la toma de decisiones democráticas teniendo en cuenta intereses morales. En una sociedad capaz de legislar, las leyes podrían establecerse mediante la política, la cual, efectivamente, pondría límites ala actividad económica.

Este debate sobre la autoridad moral y la actividad económica en una sociedad basada en una economía participativa es probable que persista después de que se haya establecido por medio de una revolución popular. Probablemente nos conviene dejar estas cuestiones abiertas por ahora. En realidad, vemos tan a menudo sólo dos opciones (recuérdese mercado capitalista contra economía planificada…) – que quizás haya aquí también una tercera opción. He discutido aquí estas cuestiones sólo para destacar el hecho de que perfectamente puede hacer falta la intervención política en una economía participativa, en esas áreas, relativamente pocas, en las que la economía por sí sola no está convenientemente estructurada para manejar ciertos asuntos. Hay que señalar, que la visión de “parecon” ha dejado muy poco fuera de los campos de las instituciones económicas que prevé – antes de preocuparnos demasiado por las dos cuestiones que surgieron arriba, deberíamos tomar nota de que existen muy pocas cuestiones como estas

El gobierno y la fundación de “parecon”

Como estoy escribiendo en otras partes más extensamente sobre la estrategia para conseguir una economía participativa, sólo haré un comentario breve sobre si el estado debería o no jugar algún papel en la transformación económica. Obviamente, si lo observamos desde la perspectiva de que el cambio hacia una economía participativa comienza ya, el estado actualmente vigente juega un papel nos guste o no. Hay claras prohibiciones legales en el desarrollo de “parecon”, y el actual gobierno está, desde luego, del lado de los adversarios capitalistas para los partidarios del modelo “parecon”.

Sin embargo, esto no excluye a la actividad política de nuestra caja de herramientas tácticas . Si el desarrollo de sindicatos más fuertes y democráticos es un componente de la revolución económica, tiene sentido reforzar leyes que protejan la organización sindical. Si una mayor conciencia por parte del consumidor se presta para crear un control dentro de una economía transformadora y participativa, es razonable presionar al estado para regular las formas de promoción y embalaje capitalistas de los productos . Del mismo modo, el hecho de que sea imprescindible el control por parte del consumidor, que en los actuales términos políticos toma la forma de entes gubernamentales que restringen el poder y las “libertades” de los productores para explotar o “ahorrar dinero”, nos lleva a ser partidarios de una mayor autoridad del gobierno allí donde afecta a la omisión y la limitación de la actividad corporativa. Si resistir al neoliberalismo reforzará las fuerzas locales de trabajo, deberíamos luchar contra los acuerdos de “libre comercio” y apoyar las restricciones legales sobre el capital multinacional.

Muchos de aquellos a los que llamamos “anarco-puristas” insisten en que cualquier propugnación por la intervención del gobierno (o por su propia existencia) refuerza al actual estado y es de esta manera un anatema para nuestras intenciones. En gran parte, estos grupos en realidad están en lo cierto. Desde luego recurrir al gobierno para que resuelva nuestros problemas nos aleja de nosotros mismos, del poder popular. No obstante, deberíamos ser capaces de aceptar que aquí y ahora, a ciertos modos de explotación hacia los trabajadores, consumidores y medio ambiente no le pueden ofrecer resistencia los movimientos sociales existentes. Mientras que cada activista tiene sus prioridades, y los radicales tienden a situar las suyas en la organización popular (no en la electoral ni legislativa), esto no significa que cualquiera sea incapaz de reconocer pequeñas victorias como la restricción al poder corporativo para atacar a la gente y al medio ambiente. Hay una diferencia notable entre usar las reformas como tácticas dentro de una estrategia revolucionaria, y enfocar a las reformas sociales como la estrategia misma.

Finalmente, todos podemos estar de acuerdo en que aquella organización que rechaza (o que directamente enfrenta) al estado en favor de la democracia directa y del desarrollo de alternativas económicas participativas es absolutamente necesaria, si realmente deseamos revolucionar la sociedad. Como vivimos en una sociedad con un gobierno muy poderoso, no podemos negar que jugará un algún papel en el cambio económico – mayormente resistiéndose (al menos por ahora), pero quizás también ayudando.

Dicho esto, todos deberíamos ser conscientes de que si la economía revolucionaria que buscamos es verdaderamente democrática y participativa, no puede ser legislada para organizarse de arriba abajo. Nunca tendrá sentido presionar para la puesta en práctica de un sistema de economía participativa, al menos porque sería ridículo asumir que cualquier gobierno apoyaría una economía que en gran parte (si no totalmente) excluye la participación del gobierno y que generalmente funciona independientemente de la intervención política. Supletoriamente, la naturaleza descentralizadora de “parecon” exige que tenga su origen y desarrollo desde la base.

En la medida que”parecon” concuerde con los propósitos anarquistas, por sus estructuras y procesos participativos y democráticos directos, la economía participativa tendrá que conseguirse con métodos coherentes precisamente con tales fines. Quizás el beneficiarse por el camino de lo que se gana a través de la agitación política, sólo a través del trabajo duro al nivel de las bases seremos capaces de construir los cimientos de un sistema económico con el que realmente nos sintamos felices.

Al tratar con un diferente tipo de política – una política revolucionaria administrada por una democracia directa, con un gobierno participativo – la cuestión del papel del gobierno al fundar una economía participativa cambia de forma bastante dramática. En algún punto, las normas, las políticas, y las estructuras para la nueva economía tendrán que ser establecidas. Como dirían los autores del material existente sobre la teoría de “parecon” , no sería aconsejable para los que construyen una nueva sociedad sentarse un día y directamente empezar a aplicar la teoría de “parecon” como está escrita ahora. Hace falta que haya un minucioso proceso de toma de decisiones, basado en la teoría y en la experiencia, para formalizar y establecer una economía participativa.

Incluso en una sociedad formada por una base de cooperativas de trabajo participativas y asociaciones semejantes, harán falta cambios . En realidad, estos procesos transitorios y tomas de decisiones necesitarán tener lugar una y otra vez en diferentes sociedades y comunidades, con diversos resultados. En los casos en los que se hayan establecido políticas democráticas, tendrá sentido organizarse bajo una economía participativa que coordine y lleve a cabo los mandatos de la población.

Probablemente, se establecerán consejos o comités directamente responsables en numerosos niveles, quizás independientes unos de otros en algunos casos, para apuntar propuestas públicas para leyes municipales, cuestiones políticas y así sucesivamente, de su modelo de “parecon”. En forma ideal esto ocurriría durante alguno de esos períodos en el que el público en general está más instruido en materia de visión y teoría económica, es decir, durante un periodo revolucionario.

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