Larga vida a una parte del marxismo (150 aniversario)

Aniversario del marxismo

Por Michael Albert

Artículo procedente del Simposio de Nuevas Políticas: La relevancia del marxismo en el 150 aniversario de El Manifiesto Comunista, invierno de 1998.

marx_economiaQuizá lo más destacable acerca del 150 aniversario de El Manifiesto Comunista sea que, ¿a quién le importa? La respuesta es: a casi nadie. Es más, a casi nadie le importaría el aniversario de Marx o de Lenin, o el aniversario de la Revolución Rusa, China o incluso Cubana (en el oeste industrializado, en cualquier caso), o cualquier otro hecho relacionado que uno debería proponerse celebrar, como el aniversario de Das Kapital (El Capital), por ejemplo, cuando quiera que sea.

Desde luego la razón es la caída del Imperio Soviético, pero esto hace surgir una nueva pregunta. Dado que el Imperio Soviético era un calabozo, ¿por qué su caída – una cosa buena como indica la frase “va uno y sólo falta otro (“one down, one to go” en inglés)- hizo que el Marxismo cayera en el agujero de la memoria histórica? ¿Es la correlación entre la dictadura, la ruina ecológica, la homogeneización social y muchos otros viles aspectos de la historia soviética, por un lado, y la calificada como doctrina marxista o marxista-leninista, por otro lado, una acusación injusta? ¿Deberían los intelectuales librar de toda responsabilidad al marxismo o al marxismo-leninismo de la debacle soviética? O, si hay conexiones indiscutibles, sigue habiendo de todos modos, algo que conservar después de desechar lo que de malo tengan estas ideologías? O, siendo más extremista, como argumentan los post-modernistas, ¿podría estar el problema en el hecho de que el marxismo y el marxismo-leninismo sean ideologías? ¿Deberíamos prescindir de todas las tentativas de explicar la historia más allá de descripciones singulares? ¿Deberíamos privarnos completamente de intentar imaginar el futuro, decidiendo no sólo que el modelo soviético fue un error, sino que cualquier modelo visionario está condenado a un destino similar por nuestra tendencia natural a mirar hacia delante más allá de nuestro alcance?

Para responder a estas cuestiones, uno tiene que evaluar cuidadosamente al marxismo como teoría histórica y particularmente económica, y al leninismo como una idea de cómo superar al capitalismo y cómo instalar en su lugar el socialismo, el comunismo, la dictadura del proletariado, etc. Durante años, Robin Hannel y yo hemos pasado bastante tiempo haciendo esto. Aquí sólo puedo resumir las conclusiones que argumentamos con más detalle y profundidad en otro lugar:

  • La dialéctica marxista es, en el mejor de los casos, un recuerdo metodológico demasiado oscuro para pensar total e históricamente; en el peor de los casos es un absurdo filosófico sin creatividad y falto de percepción.
  • Las principales afirmaciones del materialismo histórico han sido rechazadas por la historia. Sus afirmaciones secundarias no están completamente equivocadas, pero cuando la “gente realmente existente” utiliza los conceptos del materialismo histórico, inexorablemente llega a una visión económica y mecánica de la sociedad, infravalora y confunde sistemáticamente la procedencia e importancia de las relaciones sociales de sexo, política, cultura, ecología.
  • La teoría de clases marxista ha ocultado la importancia de la clase coordinadora (la administración profesional o tecnocrática) y su antagonismo con la clase trabajadora y el capital y, de este modo, ha impedido por mucho tiempo el análisis de la economía soviética, la del este de Europa, las economías no capitalistas del tercer mundo y la del capitalismo en sí mismo.
  • La Teoría del Valor del Trabajo confunde la determinación de los salarios, precios y beneficios en las economías capitalistas y aparta los pensamientos de los activistas de una necesaria visión de las relaciones sociales del intercambio capitalista. La dinámica del centro de trabajo y el mercado son en gran parte función del poder en los negocios y del control social, categorías ignoradas en lo esencial por la Teoría del Valor del Trabajo
  • La teoría de la crisis marxista, en todas sus variantes, desvirtúa la compresión de las economías capitalistas y las perspectivas anticapitalistas al ver un fracaso intrínseco donde no existen tales perspectivas y alejando a los activistas de la importancia de su propia organización como base para el cambio, que es mucho más prometedor.
  • En cuanto a la visión de una sociedad deseable, el marxismo pone especiales dificultades para ello. Primero, existe un tabú general del marxismo con respecto a la especulación “utópica”. Segundo, el marxismo presume que si las relaciones económicas son convenientes, otras relaciones sociales se pondrán en su sitio. Tercero, el marxismo confunde permanentemente lo que constituye una distribución equitativa de los salarios – “de cada cual de acuerdo con su capacidad, a cada cual de acuerdo con sus necesidades” no es una guía económica viable (es utópica y restringe la necesidad de transferencia de información) y “de cada cual de acuerdo con su trabajo y a cada cual de acuerdo con su contribución al producto social” no es una máxima moral estimable (recompensa la productividad, incluyendo la dotación genética, más allá del esfuerzo y el sacrificio). Y cuarto, el marxismo aprueba la jerarquía en las relaciones de producción e impone la planificación como medio de asignación de recursos.
  • Las prescripciones del marxismo con respecto a los objetivos económicos entregados cumulativamente supone abogar por lo que podemos llamar un modo de producción coordinado que eleva a los administradores, a los intelectuales, planificadores, etc. al estatus de clase dominante. Este objetivo económico del marxismo usa la etiqueta socialista para atraer a los trabajadores, pero no lleva a cabo estructuralmente los ideales socialistas (muchos de los objetivos de movimientos burgueses emplean la calificación de democrático para reunir el apoyo de diversos sectores, pero no llevan a cabo estructuralmente ideales democráticos)
  • Finalmente, el leninismo es una extensión natural del marxismo utilizado por la gente en las sociedades capitalistas, y el marxismo-leninismo, lejos de ser la “teoría y la estrategia de la clase trabajadora”, es, en vez de eso, por sus puntos centrales, conceptos, valores y objetivos, la “teoría y estrategia de la clase coordinadora (directores, tecnócratas…)”.

Así podemos ver por qué con la caída del modelo soviético, la lealtad al marxismo y al marxismo-leninismo también debería disminuir, puesto que estas ideologías, en realidad, aspiraban en sus principios, conceptos, pensamiento, visión (aunque no las más profundas aspiraciones de muchos de sus partidarios) a este modelo. Así que, ¿cuál es el problema? Desaparece el modelo, y con él la teoría y la estrategia que intentan conseguirlo. Tiene sentido, ¿no?

Bueno, sí, pero sólo hasta cierto punto. Cuando las teorías fracasan al explicar la realidad u orientar la práctica, necesitan ser corregidas o descartadas. Y en el caso del marxismo y el marxismo-leninismo, los fallos son básicos en lo que se refiere a los conceptos fundamentales, de modo que corregirlos no es simplemente tratar de reparar el sistema. Eso es, tras prescindir del materialismo dialéctico, el materialismo histórico, la teoría del valor del trabajo, el limitado entendimiento del clasismo, la estrategia leninista, y el modelo marxista (el soviético o el basado en el mercado), opinaríamos que hagas lo que hagas a continuación no te quedará suficiente de lo que tenías antes para mantener la antigua denominación. Así que, sí, es hora de – realmente ya era hora – de avanzar hacia algo nuevo.

Pero, cuando las teorías fracasan al explicar la realidad u orientar la práctica, eso no quiere decir que todas las afirmaciones que hagan, que cada concepto que faciliten, y que cada análisis que emprendan deban ser rechazados. Al contrario, probablemente un gran número reaparecerá todavía como válido (aunque quizás habrá que retocar algo) en un marco nuevo e intelectualmente mejor.

Y éste es el frustrante problema para aquellos de nosotros que, a lo largo de los años, hemos combatido con argumentaciones sólidas la faceta económica y otras insuficiencias del marxismo. Ahora que la gente está finalmente ansiosa por cambiar, oh no, ahí va ese bebé por el desagüe de la bañera. Debido a todas las insuficiencias del marxismo, la teoría acertó de lleno en dos cosas: Primero, la propiedad privada de los medios de producción conlleva inevitablemente alienación y explotación. Y segundo, la asignación de recursos a través de los mercados se debe abolir si queremos alcanzar una economía deseable.

Todavía muchos de los que se denominan economistas políticos radicales han olvidado de alguna manera estas dos importantes lecciones. Y puesto que cualquier economía política radical que ya no entienda estos defectos fundamentales del capitalismo está destinada al olvido, ello supone un serio problema. A menos que eso se corrija, “la economía política radical” podrá dejar de ser radical y unirse a un institucionalismo no radical como otro oponente intelectual menor de la corriente principal neoclásica.

Los beneficios capitalistas (basados en la propiedad privada de los medios de producción) no se pueden justificar moralmente. En un momento determinado “la economía” es capaz de producir un superávit de bienes y servicios más allá de aquello que es necesario reproducir utilizando todas las inversiones, es decir, “la economía” es potencialmente productiva. Es potencialmente productiva debido a los efectos cumulativos de las innovaciones si nos remontamos a la prehistoria, pero la cuestión esencial es que la productividad potencial es, para la actual generación, un bien público. No pertenecerá a una persona o a un grupo más que a otros. Es nuestro patrimonio económico común. Bajo normas capitalistas, para convertir esta productividad potencial en un superávit social real, los capitalistas deben permitir a los trabajadores el acceso a los medios de producción, y los trabajadores deben esforzarse bajo la dirección capitalista. Los capitalistas acumulan entonces parte del superávit social de aquellos que se esfuerzan y sacrifican para producirlo mediante la explotación que la influencia capitalista sobre la propiedad de los medios de producción les otorga. El poder de negociación que les proporcionan sus derechos de propiedad permite a los capitalistas tomar el superávit social como beneficio. En contraste, las quejas morales sobre el potencial productivo de la economía vienen sólo del sacrificio personal hacia el incremento o manifestación del potencial productivo de la sociedad, o, en otras palabras, sólo desde el trabajo, algo que no está dentro de lo que los capitalistas entienden por un empleo.

El que uno lo denomine el “teorema marxista fundamental” o el “teorema sraffiano fundamental” es secundario. Lo que es fundamental es que los beneficios procedan de la explotación de los trabajadores y que los capitalistas los acumulen debido a su poder, no por su esfuerzo y sacrificio. De manera que aquellos que conceden un papel “positivo” para un sector privado en una codiciada nueva economía, o aquellos que alaban las virtudes de las “economías mixtas” podrían sacar bastante provecho de releer a Marx. Por supuesto, ellos pueden intuir esto en cualquier otro lugar, lo que no está mal. Sin embargo, lo que no está bien es deshacerse de la percepción de que la propiedad privada de los medios de producción es una abominable estructura económica basándose en la estúpida razón de que dicha percepción es parte del marxismo, y finalmente ahora debemos hacerlo mejor de lo que lo hizo el marxismo.

Pero la tendencia a “ablandarse” con la propiedad privada tiene un impacto y alcance menor en comparación con la estampida de economistas contemporáneos que abrazan los mercados, donde una asombrosa proporción de los economistas políticos radicales han optado por unirse al júbilo conservador e internacional del libre mercado. Por ejemplo, en el debate sobre qué constituye una economía deseable – desatado ilógicamente por la crisis de las economías de estilo soviético – hay básicamente cuatro escuelas de pensamiento que abogan, respectivamente por: 1) modelos de mercados de iniciativa pública, 2) modelos de mercados de economía mixta, 3) modelos de planificación centralizada y 4) modelos de planificación democrática o participativa. Sin duda a Marx le sorprendería que la opinión mayoritaria entre los marxistas de hoy día se encuentre entre las dos primeras escuelas. De hecho, dicha opinión es de un apoyo tan fuerte a las visiones del mercado que entre los marxistas existe más un debate activo entre las diferentes visiones de los modelos de mercado que entre los mercados y la planificación.

No hace falta decir que, como defensores de una planificación participativa, sólo podemos desear que alguno de nuestros colegas que solían sugerir que necesitábamos aplicarnos más vigorosamente al estudio de Marx, se apliquen su propio consejo. En las palabras (iniciales) de Frank Roosevelt, un converso reciente al socialismo de mercado, “Marx, el mayor pensador socialista que hemos tenido hasta ahora, se oponía firmemente a permitir cualquier papel de los mercados en el socialismo diciendo en su Crítica del programa de Gotha (1875): `Dentro de la sociedad cooperativa basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no intercambian sus productos´. Y Engels convino: `La incautación de los medios de producción por la sociedad pone fin a la producción de mercancías… lo cual es sustituido por la organización consciente y planificada´. Anti-During (1878).” En nuestra opinión, fuese o no “el mayor pensador socialista”, Marx siguió con buen criterio lo que Roosevelt llama “la postura abolicionista” con respecto a los mercados. Y si nuestros colegas enamorados de los mercados pueden romper su conjuro del libre mercado con mayor efectividad releyendo a Marx y Engels que leyendo las actuales críticas, nosotros no dudamos en prescribir el antídoto de su elección.

Aunque sólo una parte de nuestra oposición a los mercados provenga de Marx, éste proporcionó un más que buen comienzo. De nuevo, usaremos la formulación de Frank Roosevelt de cinco razones por las que Marx se opuso a los mercados.

  • Los mercados conducen inexorablemente a una desigualdad social y una división en clases – de ahí a la dominación, la explotación y la alienación.
  • Debido a que las decisiones con respecto a las tasas de productividad se toman individualmente o las toman empresas sin una coordinación social, una economía de mercado tiende a ser inestable… fracasando así en la utilización constante de sus recursos humanos y materiales a lo largo del tiempo, es decir, malgasta.
  • Los mercados transforman gradualmente todo en una mercancía y por eso corrompen y socavan la moralidad y comunidad sociales.
  • Cuando la producción de mercancías (es decir, los mercados) es la forma dominante de organizar la actividad económica en una sociedad determinada, las relaciones humanas se caracterizarán necesariamente por la alienación. El modo de producción el la base necesaria para unas completas relaciones humanas.
  • La dependencia del mecanismo de los mercados para coordinar las actividades económicas impide a una sociedad – y a los individuos dentro de ella – conseguir una libertad en el completo sentido de la palabra.

Mientras que a Frank Roosevelt le gustaría convencerse a sí mismo de lo contrario, cada una de estas objeciones es razonable, si no más hoy que cuando Marx las formuló hace más de cien años. Nos gustaría añadir en adicción a estos inconvenientes unos cuantos más, incluyendo, brevemente, las insuficiencias medioambientales, los excepcionales efectos particulares, y tanto la ausencia de estructuras racionales para expresar las preferencias como la inexorable inclinación de las preferencias al individualismo. También queremos apuntar con respecto al punto 1), que la división de clases que provocan los mercados no es entre capitalistas y trabajadores (engendrada por la propiedad privada de los medios de producción), sino entre lo que llamamos coordinadores y trabajadores, lo que también incluye a la planificación centralizada. Pero, en cualquier caso, por lo que se refiere al conjunto del trabajo que apuntaron Marx y todos los marxistas subsiguientes, ¡nuestra conclusión no es diferente a la de cualquier otro! Si nos concentramos en los pasajes correctos, Marx y los representantes elegidos de la herencia marxista tienen un papel positivo (aunque limitado) que desempeñar en el futuro de la economía política radical. Sin embargo, si nos centramos en los pasajes incorrectos el marxismo puede resultar contraproducente. ¿Pero qué podemos observar acerca del conjunto de cuestiones que hemos apuntado al comienzo de este artículo? Es decir, ¿qué hay de la crítica del marxismo que dice que sus fallos derivan del hecho de que es una ideología o una visión per se? Este punto de vista es, para expresarlo directa y brevemente, una enloquecida percepción bienintencionada. ¿Por qué este punto de vista es bienintencionado? Bien, cuando la mayoría de los posmodernistas y otros (por ejemplo aquellos que sufrieron la bota del bolchevismo en el Bloque del Este) argumentan contra el desarrollo de un marco para comprender la historia o para mostrar una visión que debemos aspirar a conseguir, se están rebelando contra la desmesura y el autoritarismo del sectarismo. Y oponerse al sectarismo es correcto, puedes estar seguro. ¿Qué tiene de enloquecida esta visión? Pues pasa de rechazar una excesiva confianza en nuestros análisis y proyecciones, y, particularmente, la gran arrogancia de algunas alternativas, a la mera idea de tener análisis y proyecciones. De nuevo, para volver a usar la metáfora – ahí va el bebé con el agua del baño. Seguramente la solución a un mal análisis y a una mala visión de futuro sea un mejor análisis y una mejor visión de futuro y no ninguna de las dos. Y seguramente la solución a una afirmación arrogante del análisis o de la visión de futuro sea la apertura ante diversas perspectivas y un buen proceso para comparar y aprender de las opciones, no restringirlas todas a priori.

Rechazar el recordar la historia con vistas a distinguir las pautas que nos ayudan a comprender nuestro lugar y nuestras opciones, y rechazar el imaginar mejores instituciones que nos den normas para evaluarnos ahora y objetivos a los que aspirar mediante la práctica, es literalmente volvernos locos a nosotros mismos. ¡Una proposición increíble! Sí, si uno pudiese demostrar que los actos de pensar, de buscar pautas, de imaginar, etc., bien todos juntos o por separado, hicieron por su propia naturaleza que aquellos que tomaron parte en ellos se transformasen inexorablemente en matones estalinistas, los posmodernistas podrían tener un buen argumento. Pero esto no tiene sentido en absoluto, motivo por el cual ningún posmodernista ni ningún otro defensor de la actitud “sin teoría, sin visión” se ha preocupado nunca de intentar dar ni siquiera un argumento. El problema del marxismo no se resuelve deshaciéndose de todo lo que Marx y/o los marxistas hayan pensado o dicho alguna vez. Tampoco se resuelve deshaciéndose de la agenda que intenta comprender la historia o imaginar un futuro mejor y aspirar a crearlo a la luz de nuestros pensamientos sobre ello y nuestros valores y experiencias. No, el problema del marxismo se resuelve haciéndolo mejor, y si hay algo que respete lo mejor de El Manifiesto Comunista, o del propio aniversario de Marx, o la publicación de El Capital, o de cualquier otro acontecimiento que te importe nombrar en este panteón, eso es el ponerse a mejorarlo.

El autor, Michael Albert, trabaja en Z Magazine, en el Z Media Institute, y es uno de los encargados del funcionamiento de Z Net. Tiene su propio foro en Znet, al igual que Noam Chomsky, Katha Pollitt, Barbara Ehrenreich y Howard Zinn, para aquellos que estén interesados en discutir sobre este artículo u otros asuntos.

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