Un programa para conseguir una asignación participativa de los recursos

Noveno artículo de la serie sobre Economía Participativa

por Michael Albert

asignacion_participativaLa planificación participativa es el mecanismo para la asignación de recursos en una economía participativa. Los productores y los consumidores, agrupados en asociaciones, negocian cooperativamente la asignación de trabajos, recursos y productos. El proceso organiza las decisiones económicas y paralelamente fomenta la auto-gestión participativa. Esa es la visión de futuro, pero estas visiones surgen de muchos años de educación, activismo y lucha por demandas a corto plazo que recogen los principios básicos de esa visión y nos llevan cada vez más cerca de conseguirla.

Así pues, ¿qué demandas a corto plazo pueden fomentar la planificación participativa? Yo destacaría ocho áreas generales de cambio.

Infraestructura de asociaciones y red de conocimientos

La planificación participativa se basa en dos pilares principales: las asociaciones participativas democráticas y la difusión generalizada de toda aquella información relevante para la toma de decisiones económicas. Por lo tanto, el establecimiento o fortalecimiento de las asociaciones de trabajadores o de consumidores, o aumentar el acceso a la información, apoyan la planificación participativa. Por ejemplo, los esfuerzos para obtener el derecho de los trabajadores a reunirse y/o crear sus propias organizaciones de base en el trabajo son muy positivas. De la misma forma, los esfuerzos para “abrir los libros” de una empresa o de las instituciones oficiales también forman parte del desarrollo de normas y conciencia que apoyen la planificación participativa.

Precios de mercado

Una razón para estar a favor de la planificación participativa es que determinacorrectamente los precios. En vez de sobrevalorar bienes con efectos públicos negativos o infravalorar aquéllos con efectos públicos positivos, la economía participativa tiene en cuenta los efectos “externos al comprador y al vendedor” incluyendo específicamente el impacto social completo sobre los trabajadores y sobre el medio ambiente. Por lo tanto, intervenir en los mercados para acercar los precios hacia valoraciones correctas promueve la planificación participativa. Por ejemplo, las demandas para subir los impuestos sobre bienes que repercuten negativamente en la gente o en el medio ambiente (como el tabaco, el alcohol o los coches) o para bajar los precios, mediante subsidios, de aquellos bienes que tienen efectos deseables ajenos a compradores y vendedores, como la sanidad, la formación en tareas socialmente beneficiosas, los parques, las viviendas de protección oficial y la educación, son todas positivas para la economía participativa. En otras palabras, los movimientos de consumidores u otros no deberían criticar sólo los precios hinchados por el poder de un monopolio sino también los precios que son razonables en términos del mercado pero irrazonables en términos sociales y humanos.

Información descriptiva cualitativa

Uno de los métodos que usa la economía participativa para asegurar que sus precios indicativos reflejan los verdaderos costes y beneficios sociales así como prevenir el comportamiento alienado y la ignorancia mecanicista de la dimensión humana de la economía es incorporar en la planificación no sólo indicadores cuantitativos, sino también información cualitativa sobre qué implica producir unos bienes y qué significa su consumo para la gente. Se deduce de ello que las demandas en pro de un etiquetado honesto y completo, de una publicidad no engañosa, especialmente para incluir información sobre las condiciones de los trabajadores o el impacto en las relaciones sociales más amplias, también pueden fomentar los valores y forma de pensar de la economía participativa, contribuyendo a preparar a la sociedad para su implementación. Imaginaos una publicidad y etiquetado honestos, pero honestos de verdad….

Compartir y solidaridad

Uno de los males del intercambio de mercado es que empuja a todos los participantes hacia el consumo individual en vez del colectivo, incluso cuando esto es dañino no sólo socialmente sino para los propios participantes. La economía participativa, por contra, es capaz de ofrecer soluciones tanto colectivas como privadas. Por ejemplo, ¿los coches privados son mejores que un sistema decente de transporte público para moverse dentro de las ciudades? En una escala más pequeña, ¿tiene sentido que en un bloque de pisos todos estén completamente aislados de los demás, sin obtener ningún beneficio de la posibilidad de compartir bienes colectivos? ¿Tiene sentido pagar por la tremenda redundancia de que cada uno tenga su propio ejemplar de cada bien imaginable?

Las asociaciones de trabajadores no son el único lugar donde los ciudadanos pueden concebir demandas deseables y luchar por ellas. Los movimientos de consumidores pueden luchar no sólo por los precios y la obtención de información cualitativa, como decíamos arriba, y por presupuestos de las instituciones y temas relacionados, como indicaremos después, sino que también pueden concebir localmente cómo podrían beneficiarse sus miembros de unir sus recursos y compartir los gastos colectivamente. La única lucha en este caso es contra viejas formas de pensar, pero el aumento resultante en interacción social, satisfacción y solidaridad, forma parte sin duda de la construcción de una mentalidad participativa.

Necesidades humanas, no la búsqueda de beneficios

En la economía participativa, a diferencia del capitalismo, el consumo e inversión colectivos se deciden dentro del proceso general de planificación que otorga a cada persona una participación proporcional. Eso lleva a un consumo e inversión colectivos, orientados interactivamente hacia el bienestar y desarrollo de todos los participantes. Así, las demandas que buscan poner a la gente por encima de los beneficios en cuanto a decisiones económicas de los gobiernos, son participativas, tanto si hablamos de reducir el gasto militar y limitar los favores a las grandes empresas como de aumentar el gasto social en vivienda, sanidad, bienestar social, educación, infraestructura social o arte.

Democratizar los presupuestos

Una forma de tener influencia sobre los presupuestos públicos es manifestarse en favor de las mejores opciones, como indicábamos. Otra forma es alterar el proceso por el cual se proponen y se deciden los presupuestos de un pueblo, una ciudad, una región o un estado. Las demandas que aumenten la participación pública, especialmente a través de estructuras asociativas novedosas que puedan crecer hasta convertirse en instituciones participativas, pueden mejorar la situación en el presente y también preparar el terreno para un futuro mejor. Lo que se pide no es tener influencia en una parte sin importancia del presupuesto, claro, sino en cómo se proponen las opciones en todo el presupuesto y lógicamente, también en la toma de decisiones sobre las opciones propuestas.

Más tiempo libre y menos trabajo

El mercado empuja intrínsecamente a todos a trabajar más horas y tener menos tiempo libre. La competición es la culpable, generando fuertes incentivos para trabajar de más y asegurando que si unos pocos aumentan sus horas de trabajo, el resto de gente que hace el mismo trabajo tendrá que hacer lo mismo a no ser que quieran sufrir graves pérdidas. Pensad en las firmas de abogados de primer orden, y veréis que esto ocurre incluso contra los deseos de gente poderosa. Los abogados se ven forzados a intentar aumentar constantemente las horas que pueden facturar, tomando tantos clientes como sea posible, más allá incluso de su avaricia y personalidad neurótica. Si se relajan, otra firma podría hacerse más poderosa, robándoles cuota de mercado, y la firma relajada corre el riesgo no sólo de tener más tiempo libre a cambio de menores ingresos (cosa que muchos de sus miembros, o quizá todos, preferirían) sino de perder del todo la firma. Entonces vemos una espiral creciente de horas trabajadas a la semana y una disminución del tiempo de vacaciones. Y eso ocurre a pesar de una mayor productividad que podría mantener altos niveles de producciónsin excesivos gastos en personal. Comparando 1960 con el 2000, podríamos tener los mismos ingresos per cápita ahora trabajando la mitad, digamos una jornada de cuatro horas, o dos semanas libres cada mes, o un año sí y otro no, alternándolos durante nuestras vidas, por ejemplo.

Las economías participativas no generan tal presión para aumentar las horas de trabajo independientemente de la mayor productividad. La elección entre aumentar la producción sin límite (por no hablar del hecho que la mayoría de la gente no se beneficie de ello) o vivir la vida, no queda distorsionada por la necesidad de sobrevivir a la competencia. Así pues, las demandas sobre la duración de la jornada o de la semana laboral, el tiempo de vacaciones y el tiempo en general, no son sólo buenas formas de redistribuir la riqueza, sino que también son medios para enfrentarnos a esta característica de nuestra [la actual? Parece si no que se refiere al parecon] economía actual de destruir el tiempo libre, y así fomentar los cálculos y aspiraciones participativos.

Asignación participativa en nuestros movimientos

Como con cualquier otra dimensión económica, o cualquier otro punto de interés de la lucha en los movimientos, es necesario incorporar en nuestros esfuerzos los objetivos y estructuras que proponemos para la sociedad en general. ¿Qué significa esto en este caso?

No hay asignación de recursos en cada movimiento, proyecto u organización excepto en el sentido que hemos mencionado en anteriores comentarios respecto a la remuneración o al reparto de tareas. Pero, ¿qué hay de la asignación entre nuestros proyectos y organizaciones? ¿Cómo se determina cuántos recursos van a la prensa de izquierdas y cuántos a la radio y cuántos al video, o a proyectos concretos en cualquiera de esos medios? ¿Qué determina cuántos recursos están a disposición de la lucha contra la violencia policial y temas de racismo, o a derechos reproductivos y temas de género, o a relaciones internacionales y temas de guerra y paz, o a economía doméstica y global y temas de clase? ¿Y qué hay de la asignación a proyectos locales en comparación a proyectos regionales o estatales?

En la comunidad progresista o de izquierdas en general no hay casi nunca una “planificación de la asignación” consciente de ningún tipo, mucho menos una planificación participativa. Los temas de asignación a menudo ni se plantean abiertamente, y mucho menos se deciden democráticamente. De hecho, un componente clave de la asignación de recursos actual en la izquierda es la lucha competitiva por la obtención de fondos, y las dinámicas de poder y de mercado relacionadas. Pero así como tener un movimiento por la economía participativa implica que dentro de cada institución deberíamos buscar complejos de trabajo equilibrados, remuneración justa según el esfuerzo y el sacrificio, y auto-gestión participativa, ¿no debería querer decir también que debemos intentar imbuir el proyecto izquierdista global de elementos de ayuda mutua y solidaridad y planificación social?

Como con cualquier otra innovación interna, incorporar las características de la asignación participativa a nuestros movimientos no será fácil, ni se conseguirá de la noche a la mañana. Después de todo, actualmente las operaciones, proyectos, organizaciones y “empresas” progresistas apenas están más interrelacionadas o más planificadas socialmente que las instituciones corporativas de masas. Como mínimo, pues, sin prejuzgar en detalle qué puede hacerse y qué debería hacerse, parece bastante justo sugerir al menos que hay bastante espacio para mejorar e innovar la “planificación” del movimiento y para ayudarse mutuamente.

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