Asel Luzarraga • «Tiempos de bisturí»

Nuestro camarada está en la sombra, de nosotros depende que no esté silente.

El siglo XXI ha llegado como se fue el XX, y su primera década terminará parecido: los bisturíes cada vez más afilados, haciendo el trabajo cada vez más limpio. Porque vivimos en esos tiempos, en los tiempos del bisturí. En los tiempos de la asepsia, de la higiene, de la limpieza. Y así nos cortan, así recortan nuestros derechos, la voz, el pensamiento: primero la anestesia, el bisturí desinfectado después. Todo limpio, sin daño aparente.

La Edad Media fue tiempo de el hacha en Europa. Después llegaron los tiempos de la guillotina. Tanto en uno como en otro, la sangre estaba a la vista. Junto con los derechos se cortaban también las cabezas, en la plaza, ante la gente, sin vergüenza, con la arrogancia del poder absoluto, con insolencia. Pero en el siglo XIX derramar sangre empezó a ser antiestético, contrario a la moral de los nuevos amos. Hoy día, el mismo enfermar, y aún más el morir, es obsceno, no está bien visto. Por lo tanto, los enfermos, y más aún los muertos, deben guardarse escondidos. O enseñarlos en la televisión, pero si es posible, los lejanos, en los pueblos en los que ser feo es lícito, por ejemplo en Etiopía o en Sudán. En nuestra sociedad todo se necesita higiénico, saludable, robusto.

Así pues, el poder ha aprendido a guardar las hachas y las guillotinas y a utilizar la anestesia y el bisturí. La anestesia la aporta la televisión: en los noticiarios nos muestran donde hay que cortar, para que aceptemos la amputación. La televisión nos señala los cánceres de la sociedad, sus purulencias, su tumores, para que aceptemos la utilización en ellos del bisturí, es más, para que agradezcamos y aplaudamos el trabajo del bisturí. Por ejemplo, la última anestesia que he visto en las televisiones de Chile: recientemente un malnacido violó y asesinó a una niña, y aprovechando que la sensibilidad de la gente estaba preparada, los medios de comunicación nos han anunciado que se tomarán y guardarán las huellas dactilares y muestras genéticas de todas las niñas y niños de Chile, todo por la seguridad de las criaturas, para identificarlos fácilmente en el caso de que alguien les secuestrase y apareciesen muertos. Ahí está la anestesia, para que las madres, padres, hijas e hijos acepten locos de alegría estar todos bien archivados en los ficheros de la policía. Detrás de esa anestesia, claro, el bisturí bailando: toda una generación fichada antes de hacer nada, si en el futuro hiciesen algo que no sea de agrado del sistema…

La anestesia la tenemos en cualquier sitio, creando alarmas (“¡que viene la gripe, que viene la gripe!”), tras ofrecer “soluciones” para calmar a la población ante esas alarmas (“¡toma tamiflu!, ¡vacúnate!”), y preparando el camino al bisturí (“para bien de tod@s son necesarias medidas más estrictas en los aeropuertos”, “no os juntéis demasiado, no vayais a actos multitudinarios”). Utilizan frecuentemente la palabra sensibilización para nombrar a la anestesia. Tragamos la anestesia y tenemos preparados el cuerpo y la mente para dejar hacer al bisturí.

Y el bisturí no descansa. Corta nuestros derechos por cualquier sitio, limitando nuestra libertad por cualquier sitio. Limpiamente, sin dejar sangre al descubierto, sin dolor. Quizás algún día nos daremos cuenta de que nos pueden dejar sin hígado y sin riñón en la operación, cuando despertemos de la anestesia, pero entonces tranquilidad, los medios de comunicación nos harán creer que vivimos mejor sin hígado o riñón.

El bisturí, en cambio, es de cultura extranjera. No hay más que reparar en la palabra. El hacha, al menos, la conocíamos, porque veíamos su trabajo claramente. Siendo una herramienta de trabajo que viene de la roca, de la Edad de Piedra, también sabíamos que debíamos defendernos ante ella. Pero el bisturí ni lo olemos. Naturalmente, no tiene olor, tan límpia es esa afilada y ligera herramienta.

Pero todavía tenemos la herramienta que es verdaderamente nuestra, aquella también conocida desde la Edad de Piedra: las tijeras, tanto hechas de piedra como de hierro, herramienta de trabajo humilde y surgida del pueblo. Podemos utilizar las tijeras para cortar las cuerdas de estas máscaras asépticas. Para dejar al descubierto a quien se esconde tras esas caras higiénicas blancas de plástico. Empecemos, ante los tiempos de bisturí, reivindicando los tiempos de tijeras. Para cortar sin anestesia las máscaras y los disfraces no necesitamos más.

Editado por Left-Traru Cesar de Violencia y Control Social.


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