Chomsky • EE.UU. y Haití, repaso a la historia reciente.

Texto extraído de “El beneficio es lo que cuenta. Neoliberalismo y orden global”. Noam Chomsky.

«…[Haití] ha sido el blanco preferente de la intervención y la violencia estadounidenses durante un siglo. En Haití, EEUU había prestado un amplio apoyo a la violencia estatal durante la década de 1980 (como también anteriormente) pero en 1990 surgieron problemas nuevos cuando, para sorpresa de todo el mundo, un sacerdote populista se alzó con una abrumadora victoria en los primeros comicios democráticos celebrados en Haití, merced a una movilización a gran escala en los suburbios y las zonas rurales que habían sido olvidadas.

El gobierno democrático fue pronto derrocado por un golpe militar.

La junta recurrió inmediatamente a un terrorismo atroz para destruir las organizaciones populares, con el apoyo tácito de Bush (1º) y Clinton. Finalmente se restituyó al presidente electo, pero con la condición de que cumpliera las rigurosas políticas neoliberales del candidato respaldado por Estados Unidos, que había obtenido el 14% de los votos en los comicios de 1990.

Haití se sumió en la miseria, mientras que Washington recibió nuevas alabanzas por su dedicación a la libertad, la justicia y la democracia.»

(Piratas y emperadores. Terrorismo internacional en el mundo de hoy” Noam Chomsky).

Se permitió el regreso del presidente haitiano electo, pero solo después de que las organizaciones populares fueran sometidas a tres años de terror por fuerzas que mantuvieron estrechas conexiones con Washington en todo momento.

La administración Clinton siguió rechazando la devolución a Haití de 160.000 páginas de documentos sobre el terrorismo de las que se habían apoderado los militares estadounidenses: «para evitar revelaciones comprometedoras» sobre la implicación de Estados Unidos con el régimen golpista, según Human Rights Watch.

(Kenneth Roth, director ejecutivo, HRW, Human Rights Watch, carta al New York Times, 12 de abril de 1997).

También fue necesario imponer al presidente Aristide «un cursillo de choque sobre democracia y capitalismo», según describió su principal defensor en Washington el proceso de civilizar al acongojado clérigo.

El procedimiento no es desconocido en otros lugares cuando se trata de transiciones no deseadas a la democracia formal.

Como condición para su regreso se obligo a Aristide a aceptar un programa económico que orientara la política del gobierno de Haití a favor de las necesidades del sector privado, lo mismo nacional que extranjero»: los inversores estadounidenses han sido nombrados el meollo de la sociedad civil haitiana, junto con los haitianos acaudalados que respaldaron el golpe militar, pero no los campesinos ni los que viven en los barrios de chabolas de Haití que organizaron una sociedad civil tan viva y vibrante que fueron capaces de elegir a su propio presidente freante a fuerzas muy superiores, lo que provocó la inmediata hostilidad de Estados Unidos y sus tentativas de subvertir el primer régimen democrático del país. (Véase Paul Farmer, The Uses of Haiti, Common Courage, 1994; Chomsky, World Orders, pp. 62 y ss.; Noam Chomsky «Democracy Restored», Z, noviembre de 1994; North American Congress on Latin America (NACLA), Haiti: Dangerous Crossroads, South End, 1995).

Las acciones inaceptables de los «intrusos ignorantes e impertinentes» de Haití fueron revocadas mediante la violencia, con la directa complicidad de Estados Unidos, no únicamente en forma de contactos con los terroristas de estado que la ejercieron.  La organización de Estados Americanos declaró el embargo. Las administraciones de Bush y Clinton lo boicotearon desde un principio al eximir a las empresas norteamericanas y, también, al autorizar en secreto que la Texaco Oil Company abasteciera al régimen militar y a sus acaudalados partidarios, violando las sanciones oficiales, hecho crucial que se difundió conspícuamente la vispera de que las tropas norteamericanas desembarcaran para «restaurar la democracia» (Noam Chomsky, «Democracy Restored», citando a John Solomon, AP, 18 de septiembre de 1994 (artículo de fondo), pero que sigue sin ser conocido por el público y que constituye otro improbable candidato al archivo histórico.

Ahora se ha restaurado la democracia, el nuevo gobierno ha sido forzado a abandonar los programas democráticos y reformistas, que escandalizaron a Washingto, y a seguir la política del candidato de Washington en las elecciones de 1990, en las que obtuvo el 14% de los votos.

El transfondo de este triunfo proporciona no poca luz sobre los «principios políticos y económicos» que van a conducirnos hacia el glorioso futuro. Haití fue uno de los botines coloniales más ricos del mundo (junto con Bengala) y el origen de gran parte de la riqueza de Francia. Ha estado en buena medida bajo el dominio y tutelaje de Estados Unidos desde que lo invadieron los marines de Wilson hace 80 años. Ahora el país es tal catástrofe que apenas será habitable en un futuro no lejano. En 1981 se emprendió una estrategia desarrollista patrocinada por la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID, siglas en inglés) y el Banco Mundial, basada en las plantas de montaje y en las exportaciones agrícolas, utilizando tierras que antes produían alimentos para el consumo local. La Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos pronostica «un cambio histórico hacia una mayor interdependencia mercantil con Estados Unidos» de lo que será «el Taiwan del Caribe». El Banco Mundial concurrió ofreciendo sus habituales prescripciones sobre «expansión de las empresas privadas» y minimización de los «objetivos sociales», acrecentando de este modo la desigualdad y la pobreza, y reduciendo los niveles de la sanidad y la enseñanza. Mencionaremos, para lo que valga, que estas prescripciones habituales se ofrecen emparejadas con sermones sobre la necesidad de reducir la desigualdad y la pobreza así como la de mejorar los niveles educativos. En el caso haitiano, las consecuencias fueron las usuales: beneficios para los empresarios estadounidenses y los haitianos muy ricos, y pérdidas salariales del 56% durante la década de 1980; en suma, un «milagro económico». Haití siguió siendo Haití, no Taiwan, que había seguido un decurso totalmente distinto, como seguramente sabrán los consejeros.

Los esfuerzos del primer gobierno democrático de Haití por aliviar el creciente desastre fue lo que le valió la hostilidad de Washington y el golpe militar y el terror que siguieron. Con la «democracia restaurada», la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos está rehusando la ayuda para asegurarse de que se privaticen el cemento y las fábricas de harina en beneficio de los haitianos acaudalados y de los inversores extranjeros (la «sociedad civil» haitiana, según las instrucciones que acompañaron la restauración de la democracia), a la vez que se vetan los gastos en sanidad y educación. El agrobusiness recibió cuantiosos fondos, pero no se dispuso de recursos para la agricultura campesina ni para las artesanías, que procuran los ingresos a la inmensa mayoría de la población. Las plantas de montaje de propiedad extranjera que emplean trabajadores (mayoritariamente femeninos) con salarios bien por debajo de los niveles de subsistencia y en espantosas condiciones laborales, se benefician de electricidad barata, subvencionada por el generoso supervisor. Para los haitianos pobres —la mayoría de la población— no puede haber subvenciones para electricidad, combustibles, agua ni alimentos; las prohiben las normas del FMI, por las bien fundadas razones de que supondrían un «control de los precios».

Antes de que se instituyeran las «reformas», la producción local de arroz abastecía prácticamente las necesidades nacionales, con importantes vinculaciones a la economía interior. Gracias a la «liberalización» unilateral, ahora sólo abastece el 50%, con los previsibles efectos en la economía. Haití debe «hacer la reforma», eliminando los aranceles aduaneros de acuerdo con los rígidos principios de la ciencia económica; de los cuales, por una especie de milagro lógico, está exento el agrobusiness estadounidense, que sigue recibiendo enormes subvenciones públicas, acrecentadas por la administración Reagan hasta el extremo de que supusieron el 40% de los ingresos brutos anuales de los cultivadores en 1987. Las consecuencias naturales son comprensibles: el informe de la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos de 1995 observa que «la política inversionista y el comercio orientado hacia la exportación» que impone Washington irán «exprimiendo inexorablemente al cultivador nacional de arroz», que se verá obligado a la actividad más racional de producir para la exportación, para beneficio de los inversores estadounidenses, según los principios de la teoría racional de las espectativas (Véase mi “Year 501”, South End, 1993, capítulo 8, y las fuentes que se citan; Farmer, op. cit., “Labor Rights in Haiti», International Labor Rights Education and Research Fund, abril de 1989. “Haiti After the Coup”, National Labor Committee Educational Fund (Nueva York), abril de 1993. Lisa McGowan, “Democracy Undermined, Economic Justice Denied: Structural Adjustment and the AID Juggernaut in Haiti”, Development Gap, enero de 1997.

Con tales métodos, el país más empobrecido del emisferio ha pasado a ser uno de los principales compradores de arroz estadounidense, enriqueciendo a las empresas subvencionadas con fondos públicos. Los afortunados que han recibido una buena educación occidental sin duda sabrán explicar que los beneficios se irán filtrando gota a gota hasta alcanzar a los campesinos y los barrios pobres de Haití, en último término.

Este excelente ejemplo nos explica algo más sobre el significado y las utilidades de la victoria de «la democracia y los mercados abiertos».

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