La democracia representativa o la dictadura de los representantes

Desde que nacemos y comenzamos a tener conciencia se ponen en marcha todas las herramientas para interiorizar que el sistema que condiciona nuestra vida es democrático. Para empezar, nos enseñan que democracia es la dictadura de la mayoría (por supuesto, sin utilizar la palabra dictadura, para no ponernos alerta).

Así está estructurado cuando en nuestros colegios nos ordenan que se elijan delegados y subdelegados de clase totalmente prescindibles. Es ahí donde se inicia la mística del voto y las estructuras escolares utilizan el sistema inmejorablemente para condicionar los comportamientos grupales y comenzar a enseñar conducidos desde arriba. Si se pregunta a lxs profesorxs, nadie es capaz de explicar muy bien cuáles son las funciones de estxs delegadxs, mucho menos de confirmar si tienen competencias reales. ¿Cómo explicarían que el único objetivo de esxs delegadxs no es sino enterrar para siempre la forma de decisión asamblearia y horizontal, la verdadera democracia directa basada en el consenso e implantar en la conciencia del alumnado el sistema representativo? Precisamente, el tamaño reducido de los grupos de alumnxs sería un entorno perfecto para enseñar la fuerza del acuerdo, del consenso absoluto, un sistema que no excluye a las minorías, la democracia directa que legitima todas las opiniones, pero algo así no conviene y desde arriba, desde las instancias que diseñan la enseñanza, se nos ordena que el sistema representativo es obligatorio. Por supuesto, los delegados de clase no tienen ningún poder ni competencia real, pero son un paso imprescindible para comenzar a afianzar la conciencia “democrática” correcta (la que conviene al Estado).

Las principales televisiones y medios de comunicación también hacen una incesante propaganda a la “democracia participativa”, y así, la mayoría de los ciudadanos llegan a creer que ese sistema antidemocrático es la única forma posible y deseable de democracia. Todo ataque contra los partidos políticos, los parlamentos, el propio Estado se considerará un ataque contra la propia democracia, siguiendo esa enorme mentira interiorizada hasta los huesos.  Mentira, porque las palabras “democracia” y “representativa” se niegan una a la otra. Un sistema es democrático (es decir, es el propio pueblo quien tiene el mando) o es representativo (son los representantes quienes ostentan el mando, o los intereses que ellos representan), pero es imposible que sea las dos cosas a la vez. Mientras gobiernen los representantes el pueblo no tiene ningún mecanismo para elegir qué se decide en su nombre.

La «lógica» de las mayorías.

No voy a decir nada que otros no hayan dicho antes que yo y mejor, pero aún así nunca se repetirá suficientemente y cuanta más gente se quite la venda que nos han puesto (o lo que es peor, que nos hemos auto-impuesto) en los ojos, mejor. Veamos, por tanto, en qué medida son incompatibles la democracia y la representatividad.

Para empezar, en el sistema representativo manda la lógica de las mayorías. A la mayoría se le concede el poder de someter a la minoría, si tienes mayoría absoluta no necesitas negociar, la única opción de los opositores es obedecer. Empezando por eso, es de nacimiento un sistema opresor, y así se utiliza a menudo, además: como venganza, en cuanto cambia el equilibrio entre votos y quien era oposición toma el poder, si la relación de votos le da la oportunidad de hacerlo.

Por otro lado, para determinar las mayorías y las minorías en casi todos los países se utiliza un sistema para contabilizar votos que favorece a los principales grupos. Por medio de ese sistema, en aras de la “gobernabilidad”, se acallan para siempre voces que podrían tener mucho que decir y se engordan y hacen crecer artificialmente, año a año, a los partidos políticos que respaldan grandes intereses económicos. Una de las consecuencias es la tendencia cada vez mayor en muchos países hacia el bipartidismo.

Pero esa corrupta lógica de las mayorías esconde otra mentira aún más dura: la representatividad de los representantes electos o, dicho de otra manera, la legitimidad de sus decisiones.

Tal vez, después de las últimas elecciones en la CAV, muchos lo entiendan mejor que nunca, pero siempre ha sido así. Qué decir en Chile, con el sistema de inscripción que utilizan para poder votar. Utilizaré ese ejemplo, es decir, el de la CAV, para mostrar con claridad lo que quiero decir. en 2009 la participación en las elecciones de la CAV fue del 64,26%, la abstención del 35,74%, los votos nulos (incluidos los dados a la formación ilegalizada) el 5,38%, los blancos el 1,03% y los dados a los partidos (es decir, a los partidos legalizados) que se quedaron sin representación en el Parlamento el 2,60%.  Con las cosas así, el 44,75% de quienes tenían derecho a voto no están representados en el Parlamento Vasco, para empezar. Dicho de otro modo, el Parlamento Vasco representa a un 55,25% de todos los votantes posibles. Esa es su verdadera representatividad. De las “negociaciones” para formar de ahí un gobierno surgió una “mayoría” formada por dos partidos, por el PSE y PP. Entre ambos suman el 24,55% de los posibles votantes. Es decir, está  gobernando, creando leyes, decidiendo todas las políticas de educación, salud, infraestructuras, empleo, lingüísticas… una fuerza con el respaldo del 24,55% de los ciudadanos con derecho a voto para el 100% de quienes viven en la CAV. Además, ese 24,55% es un respaldo totalmente teórico, puesto que esos votantes decidieron su voto en base a diversas razones. Algunos en base a lo expresado en los programas, y muchos, sin más, según las siglas, sin fijarse nunca en los programas.

Y eso es todo lo que se le pide al pueblo en el sistema representativo: cada cuatro años (en nuestro caso) introducir un papelito en una urna. En adelante, callar y obedecer lo que “sus” representantes decidan, ya que desde el mismo instante que depositan el voto han legitimado toda decisión de esos representantes. Una vez formado el gobierno, si lo que se lleva a cabo fuera realmente lo expresado en los programas y si los votantes hubieran emitido su voto porque realmente están de acuerdo con todos los puntos que aparecen en esos programas (difícilmente podrían coincidir los programas de dos partidos que se suponen de ideologías opuestas, pero bueno), las leyes de ese gobierno representarían al 24,55% de los votantes. Eso en el mejor de los casos, en el ideal. Pero todos sabemos que rara vez se cumplen lo prometido en los programas, que los votantes pocas veces conocen esos programas y que hay que ser muy ingenuo para creer que en ningún país quienes realmente mandan son los políticos elegidos. Para empezar, son distintos tipos de intereses defendidos por los partidos, muy lejanos del pueblo (casi siempre, de los grandes grupos económicos, que sólo toman en consideración la voluntad y el bienestar de los ciudadanos si eso les reporta beneficios) los que condicionan las decisiones de los partidos. Por otro lado, los propios intereses de partido: algunas decisiones sólo se toman para “ganar” votantes, porque la última meta es el propio partido, la lógica de partido manda. De ahí el pavor que tienen los políticos a preguntar al pueblo directamente, el asco que sienten hacia la democracia, al poder popular, porque menosprecian al pueblo, aunque se sientan obligados a utilizar su nombre. ¿A quién se le hace extraño escuchar a los gobiernos que deberán tomar medidas impopulares? ¿Que deberán tomar medidas duras, que la gente necesitará paciencia, que al pueblo le costará entenderlas y otras frases similares? De modo que, habiendo en la mayoría de los gobiernos representativos (no democráticos) del mundo una representatividad similar (en torno al 25% de los votantes, en la mayoría de los casos), se toman incesantemente medidas que ni siquiera la “mayoría democrática” que el sistema nos hace asimilar en nombre de esa representatividad aceptaría, porque, al parecer, esos sabios políticos a quienes hemos entregado el poder saben mejor que nosotros qué es bueno para nosotros. ¿Para nosotros? ¿O para las grandes empresas que nos han vendido el cuento de ese sistema representativo? Claro, para no dejar al desnudo todo el sistema, los gobiernos aparentemente guardan un equilibrio y deben hacernos creer que también toman medidas que nosotros “queremos” (para empezar, por medio de los medios de comunicación y otros tipos de grupos, entre ellos algunas ONGs y sindicatos, nos enseñarán qué queremos, utilizando para ello las “encuestas” que ellos mismos diseñan, el bombardeo mediático, etc.) Así, se nos tendrán que auto-presentar como feministas, ecologistas, defensores de lxs trabajadorxs, garantes de la seguridad, defensores de los pobres…, creando en nosotrxs una visión del feminismo, el ecologismo, lxs trabajadorxs, la pobreza, la seguridad, la empresa… a su medida. Una visión restringida, que nunca ponga en duda los intereses de la gran empresa, el sistema patriarcal, las relaciones verticales, la esencia del propio sistema.

Todo lo que se dirija contra ese sistema será injusto, terrorista, desestabilizador, revolucionario, detestable, antidemocrático…

Los partidos que representan al 55% de los votantes continuamente darán legitimidad al sistema porque, después de todo, vencedores o vencidos, todos sacan un suculento pedazo de la tarta del poder. Y hablo de posibles votantes, porque fuera de ellxs quedan miles de ciudadanxs (para empezar, todxs lxs inmigrantes). Así que, si tomáramos a toda la población, los partidos que forman el parlamento difícilmente representarían al 40% de todas las personas que deben obligatoriamente cumplir sus leyes y, por tanto, los partidos que conforman el gobierno a duras penas representarían al 20% de todxs lxs ciudadanxs. Ésa es la fuerza que realmente tienen detrás en nombre de la democracia. Ésa es la legitimidad al desnudo del sistema representativo. Y a pesar de todo, muchxs lo considerarán democrático y defenderán que hay que cumplir las leyes impuestas en nombre del 20% de la ciudadanía.

Quizá, visto cuál es la verdadera legitimidad de las leyes que diariamente nos afectan y atacan (es decir, la legitimidad dada por el 20% de todxs nosotrxs) entenderemos qué imprescindible es el derecho a la desobediencia civil. Tal vez, empezaremos a ver por qué es tan dura la represión contra quienes hacen frente a ese sistema. Por qué es tan importante para el sistema acallar las voces que dejan al descubierto la dictadura en que vivimos. Porque la garantía para hacer perdurar ese sistema es nuestra docilidad, nuestro silencioso asentimiento.

Después de todo, la democracia representativa no es más que la dictadura bien planificada y disfrazada de los representantes. Y es más fácil considerar legítima la resistencia contra una dictadura que contra una supuesta democracia. Porque la democracia representativa es el disfraz de la dictadura de los intereses privados de los representantes. Ya es hora de quitar entre todos ese disfraz.

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