Hacia un anarquismo diferente

Andrej GRUBACIC

 

Andrej Grubacic es historiador y crítico social, y trabaja como profesor asistente en la Universidad de Belgrado. Es uno de los fundadores del Instituto para la Investigación del Movimiento Global de la Universidad de Ljubljana (Eslovenia), y miembro de la coalición de colectivos antiautoritarios Otro Mundo es Posible (Another World is Possible), así como del movimiento internacional Acción Global de los Pueblos (Peoples Global Action). El texto que presentamos aquí procede del libro Foro Social Mundial: Desafiando Imperios, de reciente publicación por El Viejo Topo.

[Se trata de la conferencia pronunciada por Andrej Grubacic en el seminario “Vida después del Capitalismo” (Foro Social de Porto Alegre, enero de 2003). El texto original está disponible en  formato pdf en http://www.choike.org/documentos/wsf_s107_grubacic.pdf).]


Un amigo escribió recientemente:

“Nadie necesita otro “ismo” del siglo XIX, otra palabra que encarcele y fije el significado; otra palabra que seduzca a un cierto número de personas hacia la claridad y la comodidad de una caja sectaria y lleve a otros al frente del pelotón de fusilamiento o a un juicio-farsa. Las etiquetas llevan fácilmente al fundamentalismo, las marcas producen inevitablemente intolerancia, la delineación de doctrinas, la definición de dogmas y la limitación de la posibilidad de cambio“.

Es difícil no estar de acuerdo. No obstante, quisiera presentar y debatir aquí un “ismo” que es la perspectiva dominante del movimiento social global post-marxista actual: el anarquismo. Empezaré con una breve historia del anarquismo para así poder plantear posteriormente un modelo de anarquismo moderno y las implicaciones estratégicas que se desprenden de la aceptación de tal modelo.

Planteo que esta idea del anarquismo ha influido en la sensibilidad del “movimiento de movimientos” del que participamos. Actualmente, el paradigma ético del anarquismo representa la inspiración básica de nuestro movimiento, que pretende menos tomar del poder que desenmascarar, deslegitimar y desmantelar los mecanismos de gobierno a la vez que ganar espacios cada vez más grandes de autonomía.

Tiendo a estar de acuerdo con los que ven el anarquismo como una tendencia dentro de la historia del pensamiento y la práctica humanas, y que no puede abarcarse en una teoría general de la ideología, una tendencia que —al plantear la cuestión de su legitimidad— identifica las estructuras sociales jerárquicas obligatorias y autoritarias. Si no puede responder a este desafío, que es lo que ocurre normalmente, entonces el anarquismo se convierte en el esfuerzo por limitar su poder y ampliar el alcance de la libertad.

El anarquismo es un fenómeno social, y sus contenidos, así como las manifestaciones en la actividad política, cambian con el tiempo. A diferencia del resto de ideologías importantes, el anarquismo jamás podrá tener una existencia estable y continuada sobre el terreno a través de su presencia en el gobierno o de formar parte de un sistema de partidos. Su historia y sus características contemporáneas están determinadas por otro factor —los ciclos de la lucha política—. Como resultado, el anarquismo tiene una tendencia “generacional”, en fases históricas bastante prudenciales, según el período de lucha en que toma forma y puede ser identificado. Como todos los intentos de conceptualización, esto es quizás una simplificación, pero espero que sea útil para la comprensión de este fenómeno social.

Historia

Históricamente, la primera fase del anarquismo tomó forma a través de las luchas de clases de Europa de finales del siglo XIX, ejemplificadas tanto teórica como prácticamente por la facción de Bakunin en la Primera Internacional. Empezó en la fase previa a 1848, llegó al apogeo con la Comuna de París (1871) y disminuyó durante los años 80 del siglo XIX. Esta fue una forma embrionaria de anarquismo, que mezclaba las tendencias anti-estatalistas, el anti-capitalismo y el ateísmo a la vez que mantenía una dependencia esencial del proletariado cualificado urbano como agente revolucionario. Bakunin, el gran soñador, el que era “dinamita, no hombre”, en 1848, gritó: “La Novena Sinfonía de Beethoven debería ser salvada de las llamas que vienen de la revolución mundial dando la vida”. Nos dejó una de las descripciones más bonitas y quizás la más precisa de una única idea de la tradición anarquista:

“Soy un amante fanático de la libertad, entendida como la única condición bajo la que la inteligencia, la dignidad y la felicidad humanas pueden desarrollarse y crecer; no la libertad puramente formal, concedida, medida y regulada por el Estado, una mentira eterna que en realidad no representa nada más que el privilegio de unos fundado sobre la esclavitud del resto; no la libertad individualista, egoísta, vil y ficticia alabada por la escuela de J. J. Rousseau y otras escuelas del liberalismo burgués, que tiene en cuenta los derechos a los que aspiran todos los hombres, representados por el Estado que limita los derechos de cada uno —una idea que lleva inevitablemente a la reducción de los derechos de cada uno a cero—. No, me refiero al único tipo de libertad que merece este nombre, la libertad que consiste en el pleno desarrollo de todas las capacidades materiales, intelectuales y morales que están latentes en cada persona; la libertad que no reconoce más restricciones que las determinadas por las leyes de nuestra propia naturaleza individual, que no pueden ser vistas propiamente como restricciones ya que estas leyes no son impuestas por ningún legislador externo que esté apartado de nosotros o por encima, sino que son inmanentes e inherentes, conformando la base misma de nuestro ser material, intelectual y moral —no nos limitan, sino que son las condiciones reales e inmediatas de nuestra libertad—”.

Mijaíl Bakunin

La segunda fase, de los años 90 del XIX hasta la Guerra Civil rusa, fue testigo de un cambio de orientación considerable hacia Europa del Este, y por eso tuvo una orientación más agraria. El anarcocomunismo de Kropotkin fue el rasgo más dominante a nivel teórico, llegó a su apogeo con el ejército de Makhno durante la Revolución Rusa y duró hasta la victoria bolchevique en un trasfondo centroeuropeo.

La tercera fase, desde los años 20 hasta finales de los 40 del siglo XX, se centró en la industrializada Europa Central y Occidental. Esta época vivió el auge del anarcosindicalismo en términos de teorización, y gran parte del trabajo lo realizaron exiliados de Rusia. En ese momento, la diferenciación entre dos tradiciones básicas en la historia del anarquismo se hizo claramente visible: el anarcocomunismo, con, se podría decir, Kropotkin como representante; y, por otra parte, el anarcosindicalismo, que entendía las ideas anarquistas nada más que como el modo adecuado de organización de las altamente complejas sociedades industriales avanzadas. Esta tendencia del anarquismo se junta, o interrelaciona, con diversas corrientes del marxismo de izquierdas —como el que encontramos, por ejemplo, en los Consejos Comunistas que surgieron a partir de la tradición de Rosa Luxemburg y que más tarde representaron, de forma apasionante, teóricos marxistas como Anton Pannekoek—.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el anarquismo sufrió un severo retroceso debido a la reconstrucción económica, y afloró sólo de forma marginal en luchas anti-imperialistas del Sur dominadas en gran medida por influencias pro-soviéticas.

La lucha de los ’60 y ’70 no supuso un gran renacimiento del anarquismo, que siguió cargando con el lastre de su historia y aún no podía adoptar un nuevo lenguaje político que no fuera de clase. Así pues, las tendencias anarquistas estuvieron presentes en grupos muy diversos, desde el movimiento anti-guerra, el feminismo, el situacionismo, el Black Power, etc., pero no existió nada que pudiera identificarse positivamente como anarquismo. Durante este periodo, los grupos explícitamente “anarquistas” eran más o menos el resultado reciclado de las dos fases previas (comunista y sindicalista revolucionaria), y bastante sectarios. En lugar de participar en las nuevas formas de expresión política se encerraron y a menudo adoptaron caracteres muy rígidos, como los anarquistas de la tradición llamada “plataformista” de Makhno. Esta fue una cuarta generación “fantasma”.

Momento actual

Actualmente, dentro del anarquismo coexisten dos generaciones: las personas cuya formación política se produjo en los años ’60 y ’70 (en realidad una reencarnación de la segunda y tercera generación), y los jóvenes que han sido influidos por, entre otros elementos, el pensamiento indígena, feminista, ecológico y culturalmente crítico. La primera subsiste en diferentes Federaciones Anarquistas, los Industrial Workers of the World, la International Workers Association, la Northeastern Federation of Anarcho-Commnunists y otros. La encarnación de la segunda es más evidente en las redes del nuevo movimiento social. Desde mi punto de vista, la Acción Global de los Pueblos es la principal expresión de la quinta generación del anarquismo actual.

Lo que a veces confunde como característica del anarquismo actual es que los individuos y grupos que lo constituyen generalmente no se refieren a sí mismos como “anarquistas”. Algunos se toman tan en serio los principios anarquistas del anti-sectarismo y la indefinición que a veces son reacios a llamarse a sí mismos anarquistas por esta misma razón. Pero no hay duda de que los elementos esenciales presentes en todas las manifestaciones de la ideología anarquista están ahí. El anti-estatismo, el anti-capitalismo y la política prefigurativa (es decir, las formas de organización que demuestran deliberadamente el mundo que se pretende crear, o, como lo planteó un historiador anarquista de la revolución española, “el esfuerzo por pensar no sólo las ideas, sino los hechos del futuro mismo”). Éstos están presentes en todo, desde los colectivos de jamming a Indymedia -que pueden llamarse anarquistas en el sentido en que hablamos de una nueva forma. La conexión entre las dos generaciones coexistentes es muy limitada, de forma que en general se sigue lo que hacen cada una de ellas, pero no más.

El dilema básico que impregna al anarquismo contemporáneo es entre las concepciones tradicionalista y moderna del anarquismo. En los dos casos somos testigos de un “alejamiento de la tradición”. Mi idea es que los “anarquistas tradcionales” no han entendido al 100% la tradición.

El término “tradición”, en la historia de las ideas, puede entenderse de dos formas. Una de las formas (probablemente la más común) es que cierto pasado sea aceptado como estructura completa que no puede o no debería ser cambiada sino que debería preservarse en su estado sólido y legado al futuro, sin cambios. Esta forma de entender la tradición está conectada con la parte de la naturaleza humana que describimos como conservadora, propensa al comportamiento esterotípico —Freud hablaría incluso de “la compulsión de la repetición”. Otra forma de entender la tradición, que es la que yo defiendo aquí, está relacionada con una forma innovadora y creativa de revivir la experiencia histórica. Esta forma positiva de expresar el pasado se relaciona con la otra parte de la naturaleza humana -provisonalmente considerada como revolucionaria— que sigue a una verdad paradójicamente expresada: el deseo de cambio y, a la vez, la sana necesidad de seguir igual.

Otro “alejamiento de la tradición” se refugia en las diversas interpretaciones “postmodernas” del anarquismo. Creo que ya ha llegado el momento de un cierto, para citar a Max Weber, “desencanto” del anarquismo, un despertar del sueño del nihilismo post moderno, el anti-racionalismo, el neo-primitivismo, el terrorismo cultural, los “simulacros”. Ha llegado el momento de devolver el anarquismo al contexto intelectual y político del proyecto ilustrado, que no es más que comprender que “el conocimiento objetivo es una herramienta a ser utilizada para que los individuos puedan tomar sus propias y fundadas decisiones”. La razón, como dice el famoso cuadro de Goya, no produce monstruos cuando sueña, sino cuando duerme.

Hoy, el diálogo entre las diferentes generaciones del anarquismo moderno es tan necesario como plagado está de innumerables contradicciones. No es suficiente rendirse al hábito de la mayoría de los pensadores anarquistas contemporáneos que insisten en las dicotomías. Estaría bien abandonar la exclusividad del pensamiento de este / el otro y entablar un debate, en búsqueda de la síntesis. ¿Es posible un modelo sintético de este tipo? Yo creo que sí.

“Un nuevo modelo de anarquismo moderno, que pueda distinguirse dentro del nuevo movimiento social, debe ser uno que insista en la ampliación de la preocupación antiautoritaria, así como en el abandono del reduccionismo de clase. Tal modelo debe intentar reconocer “la totalidad de la dominación”, es decir, destacar no sólo el Estado, sino también las relaciones de género; y no sólo la economía, sino también las relaciones culturales y la ecología, la sexualidad y la libertad en todas las formas en que puedan perseguirse, y cada uno de ellos no sólo a través del prisma único de las relaciones de autoridad, sino también a partir de conceptos más ricos y diversos. Este modelo no sólo no menosprecia a la tecnología per se, sino que se familiariza con, y utiliza, diferentes tipos de tecnología de la forma apropiada. No sólo no menosprecia a las instituciones per se, o a las formas políticas per se, sino que intenta concebir nuevas instituciones y nuevas formas políticas para el activismo y para una nueva sociedad, incluyendo nuevas formas de reunión, nuevas formas de tomar decisiones, nuevas formas de coordinación, etcétera, y más reciente unos grupos de afinidad recuperados y estructuras de comunicación. Y no sólo no menosprecia las reformas per se, sino que lucha por definir y ganar reformas no-reformistas, que respondan a las necesidades inmediatas de la gente y mejoren sus vidas ahora y a la vez que avancen hacia victorias mayores, y posteriormente hacia victorias transformadoras, en el futuro”.

Michael Albert (2002), Trajectory of Change, Boston. (También, Michael Albert (2003), “WSF: Where to Now?”)

El anarquismo puede ser efectivo sólo si contiene tres componentes esenciales: organizaciones obreras, activistas e investigadores. ¿Cómo se puede crear la base de un anarquismo moderno a nivel intelectual, sindical y popular? Existen diferentes ideas sobre otro tipo de anarquismo que podría promover los valores que he mencionado anteriormente.

En primer lugar, el anarquismo debe hacerse reflexivo, en el sentido de que la lucha intelectual debe reafirmar su lugar en el anarquismo moderno. Una de las debilidades básicas del movimiento anarquista actual, en comparación con al época de Kropotkin o Recluse, o la de Herbert Read, por ejemplo, es ecactamente el olvido de los simbólico y la marginación de la eficacia de la teoría.

Los anarquistas, en lugar de criticar el famoso cuento de hadas marxista postmoderno, Imperio, deberían escribir un Imperio anarquista. Durante mucho tiempo, el marxismo religioso ha utilizado la teoría y por este motivo se ha dotado a sí mismo de una apariencia científica y de la posibilidad de actuar como teoría. Actualmente, el anarquismo necesita superar los extremos del anti-intelectualismo y el intelectualismo. Igual que Noam Chomsky, yo tampoco siento simpatía ni tengo paciencia con ellos. Creo que la oposición entre la ciencia y el anarquismo no debería existir.

“Dentro de la tradición anarquista ha habido un cierto sentimiento de que la ciencia tiene algo de regimentada y opresora. No conozco ningún argumento a favor de la irracionalidad, creo que los métodos científicos son razonables, y no veo por qué los anarquistas no deberían ser razonables”.

Noam Chomsky

Igual que Chomsky, tengo aún menos paciencia para la extraña tendencia que se ha extendido, de diferentes formas, dentro del anarquismo:

“Me parece extraordinario que los intelectuales de izquierdas de hoy pretendan privar a los oprimidos no sólo de los placeres de la comprensión y la profundidad, sino también de las herramientas para la emancipación, diciéndonos que el proyecto de la ilustración está muerto, que debemos abandonar las ilusiones de la ciencia y la racionalidad —un mensaje que llenará de alegría el corazón de los poderosos—”.

Noam Chomsky

Nuestro futuro

Ante nosotros, además, tenemos la tarea de imaginar al/la investigador/a anarquista. ¿Cuál sería su papel? No cabe duda de que no daría lecciones, como los viejos intelectuales de la izquierda. No sería profesor/a, sino alguien con un papel nuevo y muy difícil: escuchar, explorar y descubrir. Su papel sería el de desenmascarar el interés de la elite dominante cuidadosamente escondido detrás de discursos supuestamente objetivos.

Tendría que ayudar a los activistas y proporcionarles datos. Hay que inventar una nueva forma de comunicación entre los activistas y los activistas expertos. Es necesario crear un instrumento colectivo que conecte a los científicos libertarios, los trabajadores y los activistas. Es necesario fundar institutos, revistas, comunidades científicas e internacionales anarquistas (como la red RAP [PAN Network]). Creo que el sectarismo, que desafortunadamente es un fenómeno muy extendido en el anarquismo moderno, perdería así su poder. Uno de los intentos organizados de resistir al sectarismo en el anarquismo moderno es este esbozo de una nueva internacional anarquista:

“La Internacional Anarquista [The Anarchist International] es una iniciativa diseñada para proporcionar un espacio para los anarquistas de todos los lugares del mundo que quieran expresar su solidaridad con los demás, facilitar la comunicación y la coordinación, aprender de los esfuerzos y experiencias de los demás y fomentar una voz y una perspectiva anarquista más poderosas en la política radical de todo el mundo. Pero que pretende hacerlo de una forma que rechaza todo rastro de sectarismo, vanguardismo y elitismo revolucionario.

Para nosotros, el anarquismo no es una filosofía inventada en la Europa del siglo XIX, sino la teoría y práctica misma de la Libertad —esa libertad genuina que no se constituye sobre las espaldas de los demás—, un ideal que ha sido redescubierto, soñado y defendido una y otra vez en todos los continentes y periodos de la historia humana. El anarquismo siempre tendrá mil ramas, porque la diversidad siempre formará parte de la esencia de la libertad, pero la creación de la libertad, pero la creación de telarañas de solidaridad puede hacerlas más poderosas a todas.

Características:

  1. Somos anarquistas porque creemos que la libertad y felicidad humanas estarían mejor garantizadas por una sociedad basada en los principios de la autoorganización, la asociación voluntaria y la ayuda mutua, y porque rechazamos todas las formas de relación social basadas en la violencia sistemática, como el Estado y el capitalismo.
  2. No obstante, somo profundamente anti-sectarios, lo que para nosotros significa dos cosas:
    • a) No intentamos imponer ninguna forma concreta de anarquismo sobre otra: plataformista, sindicalista, primitivista, insurreccionalista o cualquier otra. Tampoco queremos excluir a nadie en base a esto —valoramos la diversidad como principio en sí mismo, limitada sólo por nuestro rechazo común a estructuras de dominación como el racismo, el sexismo, el fundamentalismo, etc.—
    • b) Como vemos el anarquismo no como una doctrina sino como un proceso de movimiento hacia una sociedad libre, justa y sostenible, creemos que los anarquistas no deberían limitarse a cooperar con los que se auto identifican como anarquistas, sino que deberían buscar activamente la cooperación con cualquiera que trabaje para crear un mundo basado en esos mismos principios generales libertadores, y, de hecho, aprender de ellos. Uno de los objetivos de la internacional es facilitar esto: tanto hacer que para nosotros sea más fácil que todos esos millones de personas en todo el mundo que son, efectivamente, anarquistas sin saberlo entren en contacto con las ideas de otros que han trabajado en esa misma dirección como, a la vez, enriquecer la tradición anarquista a través del contacto con sus experiencias.
  3. Rechazamos todas las formas de vanguardismo y creemos que el papel propio del anarquista intelectual (un papel que debería estar abierto a todos) es el de formar parte de un diálogo permanente: aprender de la experiencia de la construcción comunitaria popular y de la lucha y ofrecer a su vez los frutos de la reflexión sobre esa experiencia, y no en el espíritu del dictado, sino del regalo.
  4. Cualquiera que acepte estos principios es miembro de la Internacional Anarquista y cualquera que sea miembro de la Internacional Anarquista puede hablar como su portavoz si así lo desea. Como valoramos la diversidad, no esperamos una uniformidad de puntos de vista que vaya más allá de la aceptación de los principios mismos (y, evidentemente, del reconocimiento de que tal diversidad existe).
  5. La organización no es ni un valor en sí mismo ni un demonio; el nivel de estructura organizativa apropiado para cada proyecto o tarea nunca podrá dictarse con anterioridad, sino que sólo podrán determinarlo los que participen realmente en ella. Así que, con los proyectos iniciados en el marco de la Internacional, dependerá de los que los lleven adelante determinar la forma y el nivel de organización apropiados para este proyecto. En este momento no hay ninguna necesidad de crear una estructura de toma de decisiones para la Internacional en sí, pero si los futuros miembros creen que debería existir, dependerá del grupo determinar cómo debería funcionar ese proceso, con la única condición de que entre dentro del espíritu general de descentralización y democracia directa”.

Red Anarquista Planetaria [Planetary Anarchist Network]

Además, el anarquismo debe recurrir a la experiencia de otros movimientos sociales. Debe ser incluido en los cursos progresistas de ciencias sociales. Debe estar en connivencia con las ideas provenientes de los círculos cercanos al anarquismo.

Tomemos por ejemplo la idea de la economía participativa, que representa una visión económica anarquista par excellence, y que complementa y rectifica la tradición económica anarquista. También sería inteligente escuchar a esas voces que alertan de la existencia de tres grandes clases de capitalismo avanzado, y no sólo dos. Existe otra clase, que estos teóricos han llamado clase coordinadora. Su papel es el de controlar el trabajo de la clase trabajadora. Esta es la clase que incluye a la jerarquía gestora y a los asesores profesionales que son claves en el sistema de control —como abogados, ingenieros, contables, etcétera—. Su posición de clase se debe a su relativa monopolización del conocimiento, sus habilidades y sus conexiones. Esto es lo que les permite tener a cceso a las posiciones que ocupan en las jerarquías empresariales y gubernamentales.

Otra cosa a destacar sobre la clase coordinadora es que es capaza de ser clase dirigente. Este, de hecho, es el verdadero significado histórico de la Unión Soviética y del resto de los llamados países comunistas. Son, en realidad, sistemas que empoderan a la clase coordinadora.

Finalmente, creo que el anarquismo moderno debe pasar a imaginar lo político. Esto no equivale a decir que las diferentes escuelas anarquistas no pudieran defender las formas concretas de la organización social, aunque a menudo estuvieran en marcado desacuerdo entre ellas. Pero, esencialmente, el anarquismo en general planteó lo que los liberales llaman “libertad negativa”, es decir, una libertad formal “de” algo, y no una libertad “para” algo.

De hecho, el anarquismo a menudo celebró su compromiso con la libertad negativa como prueba de su propio pluralismo, tolerancia ideológica y creatividad. Lo importante, no obstante, es que la incapacidad del anarquismo para articular las circunstancias históricas que posibilitarían una sociedad anárquica sin Estado planteó unos problemas al pensamiento anarquista que aún hoy siguen sin resolverse. No hace tanto, un amigo me dijo “vosotros los anarquistas siempre procuráis no ensuciaros las manos con el resultado de que al final os quedáis sin manos“. Creo que en este comentario aborda exactamente la falta de un pensamiento político más serio relacionado con la visión política.

Proudhon intentó formular una imagen concreta de la sociedad libertaria. Su intento fracasó, y fue, en mi opinión, totalmente insatisfactorio. Sin embargo, este fracaso no debería desanimarnos, sino apuntar hacia el camino seguido, por ejemplo, por los ecologistas sociales de Norteamérica —un camino que lleva a la formulación de una visión política anarquista seria—. Un modelo anarquista debería abarcar el intento de responder a la siguiente pregunta: ¿cuál es el conjunto de alternativas institucionales positivas del anarquismo a las asambleas legislativas, los tribunales, la policía y los diferentes organismos ejecutivos?

“Necesitamos:

Ofrecer una visión política que abarque la legislación, implementación, adjudicación y ejecución y que muestre cómo cada paso se realizaría efectivamente de forma no-autoritaria. La promoción de los resultados positivos no sólo proporcionaría a nuestro activismo contemporáneo una esperanza a largo plazo que es muy necesaria, sino que también informaría nuestras respuestas inmediatas al sistema electoral, legislativo y penal actual, y así muchas de nuestras decisiones estratégicas”.

Michael Albert

Finalmente, ¿cuáles serían las implicaciones estratégicas de la promoción de este modelo? A menudo he oído a los activistas anarquistas hablar de una propuesta estratégica que ni me agrada ni puedo explicar. Según ellos, deberíamos hacer un esfuerzo y vivir peor para que así las cosas mejoren. Al contrario de esta lógica extraordinaria, que afirma algo así como “cuanto peor, mejor”, yo creo que sería más inteligente, y mucho más sensato, escuchar los consejos de los anarquistas argentinos que defienden una estrategia de “expansión del suelo de la jaula“. Esta estrategia, a diferencia de la otra, entiende que es posible luchar y conseguir reformas que quedan muy alejadas de la Revolución pero que mejoran las condiciones y las opciones de la gente ahora y a la vez crean oportunidades para victorias mayores en el futuro.

Esta estrategia supone que estar en favor de una nueva sociedad no significa ignorar el dolor y el sufrimiento actual de las personas. Lo que significa es que cuando trabajamos para abordar los males actuales y para mejorar las cosas de forma inmediata, debemos hacerlo de formas que nos conciencien, empoderen a nuestros sectores y desarrollen nuestras organizaciones. Lo que, consecuentemente, lleva a una trayectoria de cambios continuos, que culminan en unas nuevas estructuras económicas y sociales básicas. Ampliar el suelo de la jaula no ignora las luchas a corto plazo de la gente exigiendo salarios más altos, el fin de la guerra, la discriminación positiva, mejores condiciones laborales, presupuestos participativos, impuestos progresistas o radicales, jornadas laborales más cortas sin reducciones salariales, la abolición del FMI —o de lo que sea— porque reconoce cómo la conciencia y las organizaciones de la gente se desarrollan a través de la lucha. Y evita de forma activa el desprecio de los activistas por los valientes esfuerzos de la gente por mejorar la calidad de sus vidas.

Para concluir, creo que este modelo de anarquismo moderno podría jugar un papel importante en la construcción, en medio de los horrores actuales del capitalismo, de un movimiento post-marxista que reclamara los valores de la Ilustración y llevara a cabo su pleno potencial.


El Viejo Topo, Nº202 (Enero 2005), pp. 51-57

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