Conferencia sobre economía participativa

Transcripción de un vídeo de O. Ressler, grabado en Woods Hole, EEUU, 37 min., 2003

Me llamo Michael Albert. Vivo en los Estados Unidos y trabajo como editor para las revistas Z Magazine y Znet, un sitio Web en línea. Además, soy coautor de libros y abogado defensor de una cierta visión económica, la economía participativa. Me han comentado que el tema de esta película trata sobre este tipo de economía.

La economía participativa es una alternativa al capitalismo. El interrogante “¿Qué queremos?” suele plantearse con frecuencia a los activistas. En el ámbito económico, este tipo de economía podría considerarse una posible respuesta. Se cimenta sobre unos valores e instituciones clave. Estos valores son la equidad, la solidaridad, la diversidad y la autogestión. La idea de equidad consiste en analizar lo que debemos obtener en relación al esfuerzo que realizamos por nuestro trabajo. Lo habitual sería percibir una remuneración que fuera acorde al esfuerzo y sacrificio realizados y no a la propiedad o al poder que tengamos.

Valores:

  • equidad
  • solidaridad
  • diversidad
  • autogestión

La solidaridad es una noción muy básica que se preocupa por el bienestar de los demás, en lugar de obstaculizar su desarrollo. Cuánto mayor sea el grado de solidaridad, más óptimo será nuestro bienestar.

La diversidad denota precisamente lo que la misma palabra expresa, un abanico de opciones. Disponer de un amplio abanico de opciones resulta mucho más acertado que homogeneizar y reducir esta gama de opciones que se encuentra a nuestro alcance.

La autogestión está íntimamente relacionada con el control que ejercemos sobre nuestras vidas. La autogestión encarna una opinión propia en lo que respecta a las decisiones que uno toma en relación al grado en que uno se ve afectado.

Podemos estar o no de acuerdo con todos estos valores; particularmente, yo abogo por ellos.

Instituciones

El desarrollo de una visión económica consiste esencialmente en entender las instituciones para, de este modo, obtener una producción, un consumo, una distribución y unas funciones económicas derivadas de esos valores que permitan una propuesta de los mismos en lugar de su aniquilación.

Las clases de instituciones que presento atendiendo a ese fin, son los consejos de trabajadores y consumidores, unos vehículos democráticos directos que permiten a los trabajadores y consumidores el desarrollo, organización y manifestación de sus preferencias, una especie de “complejos de trabajo equilibrados”.

El objetivo consiste en superar la tan conocida división del trabajo.

En lugar de que sean sólo un tipo de personas (aproximadamente el 20%), las que desempeñen las tareas de mayor responsabilidad y poder, y otro grupo de personas (aproximadamente el 80%), las que realicen las tareas más tediosas y rutinarias, nosotros dividimos las tareas y responsabilidades laborales de forma que todos desempeñemos tanto trabajos de responsabilidad como trabajos rutinarios y tediosos.

Como resultado, nuestro sistema abole esa división entre el 20 y el 80%, una división de clases, donde el primer grupo sería la “clase coordinadora” y el segundo, la clase trabajadora. Esto se consigue gracias a un “complejo de trabajo equilibrado”.

Este complejo dispone de un esquema de remuneración en función del esfuerzo y sacrificio realizados, que permite determinar la renta de todo el mundo.

Por último, es necesario analizar el problema de la distribución económica. ¿Cómo se decide qué cantidad se debe producir? ¿Quién debe decidirlo? ¿Dónde se decide? ¿A dónde se dirigen todas estas entradas? ¿Qué consecuencias generales tiene para la economía?

El procedimiento que existe en la actualidad en los Estados Unidos es el sistema de mercados. El procedimiento que solía existir no hace mucho tiempo en la Unión Soviética se denominaba planificación central. La economía participativa rechaza tanto el sistema de mercados como la planificación central y propone en cambio una “planificación participativa”.

En esta planificación, los elementos clave son los consejos de trabajadores y consumidores, la toma de decisión autogestionada, la remuneración acorde al esfuerzo y sacrificio realizados, los complejos de trabajo equilibrados y la “planificación participativa”, que constituye una alternativa tanto para el capitalismo como para las formas de socialismo previas, que en realidad encomendaban la máxima responsabilidad a aquellos grupos que tenían el monopolio sobre el trabajo dominante.

Remuneración

En cualquier economía de cualquier época, la gente desempeña sus actividades económicas, su trabajo. Ese trabajo genera un resultado, al que denominaremos pastel o producto social. Por consiguiente, la pregunta en este caso sería conocer el porcentaje que obtendríamos cada uno de nosotros de ese producto. A esto es a lo que denominamos remuneración.

¿Qué principios deberían establecerse en la economía para determinar el porcentaje que obtendríamos a cambio del trabajo que realizáramos? En algunas economías, uno de los principios a seguir sería la obtención de una remuneración en función de la propiedad y de los productos que se obtengan de la misma, lo que denominamos beneficio. Yo soy particularmente contrario a esa idea. No creo, por tanto, que Bill Gates, por el hecho de tener en su poder la escritura de Microsoft, fuera más valioso que toda la población de Guatemala, o que su valor fuera equivalente al de la población de Noruega. En lo que a mí respecta, esto no tendría ningún sentido. Dado que este tipo de sistema no nos beneficiaría en absoluto en un sentido económico y nos llevaría a todo tipo de injusticias y horrores, lo rechazo por completo.

Otra noción que comparte la Harvard Business School, consiste en obtener una remuneración por aquello que podemos conseguir. Éste es un enfoque relativamente impreciso en lo que respecta a la distribución económica, ya que siempre intentamos negociar y utilizar nuestra influencia para conseguir más. Por tanto, otro principio sería el de obtener una remuneración en función de la influencia que ejerciéramos. Obviamente, no estoy de acuerdo ni con el sistema utilizado por Al Capone ni con el que emplea la Harvard Business School, ya que no creo que ninguno de ellos sea el más acertado, tanto económica como moralmente.

El tercer principio, que defienden fervientemente algunos sujetos, sería obtener una remuneración a cambio de los beneficios obtenidos por el trabajo desempeñado. Según parece, esta alternativa podría ser un poco más deseable. Si realizo un trabajo y ese trabajo incrementa el tamaño del producto social o el tamaño del pastel, ¿no debería obtener la misma cantidad a cambio? Después de todo, si recibo una cantidad superior, estaría beneficiándome del producto que alguien más hubiera generado. Y si recibo una cantidad inferior, estaría percibiendo menos de lo que yo habría aportado y no sería justo. Por consiguiente, mucha gente aboga en realidad por este tercer principio.

Por supuesto, si nos basáramos en este principio, sería lógico pensar, por ejemplo, que Michael Jordan, una figura reconocida a escala internacional, cuando ganaba con los Chicago Bulls el campeonato anual de la NBA, debería obtener una remuneración anual de millones de dólares por el trabajo que realizaba jugando al baloncesto. ¿Por qué? Porque ése es el valor que se le había concedido. La sociedad le ha otorgado ese enorme valor. El objetivo de la sociedad era poder contemplar el partido y disfrutar de él. La cuestión de que esto sea o no razonable, algo con lo que estoy de acuerdo dada mi afición a los partidos, es completamente irrelevante. El objetivo se cumplió y, por tanto, la sociedad valora el trabajo que Michael Jordan ha producido.

Atendiendo a este principio, ¿deberían los individuos ser remunerados por la suerte que corrieran en la lotería genética? Michael Jordan nació con determinadas capacidades que yo no tengo. Aunque me entrenara a partir de ahora y hasta el año 4042, nunca podría jugar al baloncesto como lo hace Michael Jordan, ni podría componer como Mozart. Michael puede considerarse un ser afortunado ya que ha nacido con determinados talentos y atributos que el resto de los mortales admira, disfruta y de los que se beneficia. Sin embargo, la sociedad ante esto actúa justamente al contrario, al recompensar sus talentos con grandes sumas de dinero. Esta forma de actuar me parece completamente errónea. No veo por qué debemos ser remunerados por la suerte que tengamos en la lotería genética.

Tampoco creo que debamos disfrutar de una mayor remuneración por el hecho de que tengamos mejores herramientas que los demás. Si salgo al campo y corto caña de azúcar y otra persona hace exactamente lo mismo, ¿el hecho de que disponga de un mejor cuchillo implicaría que la cantidad de caña de azúcar que obtuviera debería ser superior a la de la otra persona? Si tuviera todo tipo de herramientas, ¿debería obtener más? Si soy más grande y más fuerte que otro, ¿debería obtener más?

El principio derivado de la economía participativa es que debemos percibir una remuneración acorde al esfuerzo y sacrificio realizados en nuestro trabajo. Cuanto más oneroso sea nuestro trabajo, mayor será la remuneración. Cuanto más intenso sea, mayor será la remuneración. Cuanto más tiempo trabajemos, mayor será la remuneración.

Debemos desarrollar nuestro trabajo de forma socialmente responsable y, por lo tanto, no debemos obtener más en virtud del talento, del equipo o del trabajo que realicemos con sujetos más productivos.

Toma de decisiones

Si atendiéramos a cómo sería la toma de decisión para un filósofo durante una entrevista, esta entrevista podría prolongarse durante cuatro semanas, convirtiéndola en algo totalmente incomprensible. En realidad, no creo que sea una cuestión tan complicada.

Supongamos, desde un punto de vista económico, que trabajo en una oficina y que deseo colocar una fotografía de la persona con la que vivo en mi escritorio. ¿Quién debería tomar esta decisión? Si le preguntáramos a alguien su opinión al respecto, es muy probable que mostrara su indiferencia ante este problema, ya que no lo consideraría como tal. Manifestaría su consentimiento sin lugar a dudas. A lo que le contestaría: “¿se refiere con ello a que debería tomar yo mismo esa decisión, del mismo modo que lo haría un dictador, y que nadie más podría alegar nada al respecto?” Probablemente, pensaría la respuesta durante un instante y contestaría afirmativamente. “¿Cómo Stalin?”, a lo que respondería: “sí, tomaría esa decisión”.

A continuación, proseguiría mi discurso diciendo: supongamos que decido colocar una “boom box” (término acuñado en los Estados Unidos para hacer alusión a una especie de reproductor musical portátil) en mi escritorio para reproducir música heavy metal a todo volumen. En este caso, su respuesta sería: “no, en ese caso no podría tomar esa decisión como lo haría un dictador”. A lo que le respondería: “¿quién más tendría que participar en esta decisión?” Y su respuesta sería: “la gente que escucha la música. La gente que vive en el barrio”. A lo que alegaría: “¿qué ocurriría entonces con la persona que se encuentra a dos manzanas de donde estoy y que no puede escuchar la música?” Y entonces me diría: “¿y qué ocurriría con la persona que se encuentra justo a su lado?”. A lo que tendría que responderle que lleva toda la razón.

Lo que hemos hecho en este caso es intentar desarrollar un principio. De forma implícita, un individuo debe desarrollar su propia opinión con respecto a las decisiones que se toman de modo proporcional al grado en que uno se ve afectado. Ésta es la clase de ideas por las que tenemos que luchar, de modo que podamos conseguir aquello que la democracia realmente desea lograr, es decir, la autogestión.

No quiero decir con esto que todos tengamos que tener un voto, o que deba existir un 50% que nos permita decidir si puedo o no colocar una fotografía de mi esposa en el escritorio. Eso sería ridículo. No debería tratarse de un consenso, sino más bien de una decisión propia. Sin embargo, cuando se trata de reproducir música a elevado volumen en mi escritorio, el individuo que se ve afectado por mi decisión, debe manifestarse al respecto y adoptar una decisión que sea proporcional al grado en que se ve afectado. Ello implicaría inmediatamente el rechazo de mi propuesta, dado que sería lo correcto en este caso. Todo esto constituiría un principio.

¿Cuál sería la mejor forma de lograrlo? No existe un único método. En el caso de la toma de algunas decisiones, se precisa únicamente la presencia de una persona, de un voto o del 50%. En el caso de otras, sería preciso contar con las tres cuartas partes. Algunas decisiones supondrían un consenso. Otras, por el contrario, serían literalmente dictatoriales. Algunas decisiones serían adoptadas por un grupo pequeño en el contexto de un marco mucho más amplio que lo hubiera definido un grupo mucho mayor. Los métodos pueden ser muy diversos. Los métodos son precisamente eso, métodos o tácticas para conseguir el verdadero objetivo. El verdadero objetivo no sería el consenso o el 50%, tampoco sería cualquier algoritmo ni cualquier método, sería la autogestión.
¿Experiencias históricas?

Los antiguos mecanismos para la toma de decisión existentes en Yugoslavia se encontraban muy lejos de todo esto, debido a motivos de gran peso relacionados con las instituciones. Es muy probable, y asumamos el hecho de que es cierto, que cuando la economía yugoslava se estableció en el sistema de mercados, el pueblo estaba ávido de autogestión. El pueblo quería que los trabajadores controlaran sus propios espacios de trabajo.

Al analizar la antigua constitución soviética, nos damos cuenta de lo mismo. La función de los trabajadores debía haber sido la de actuar como un último tribunal de apelación en el lugar de trabajo soviético. Éstos debían ejercer el poder sobre los mismos trabajadores en un lugar de trabajo. La situación, sin embargo, era bastante distinta. Los planificadores centrales eran los encargados de ejercer esa función.

En Yugoslavia, el sistema de mercado existente para la distribución, generaba una dinámica basada en la división del trabajo en el lugar de trabajo yugoslavo. Creaba una situación donde los gerentes e ingenieros, así como otro tipo de actores, ejercían un marcado monopolio sobre la toma diaria de decisiones y sobre las tareas que capacitaban, otorgaban conocimiento, generaban confianza y desarrollaban las habilidades necesarias para la toma de decisión y la planificación del orden del día. Además de esto, existía un 80% de la población yugoslava dedicada a la realización de trabajos tediosos y rutinarios durante todo el día. Ese porcentaje de individuos disfrutaba de una especie de poder formal, pero nunca de un poder real. Siempre que el consejo de trabajadores de Yugoslavia tenía la oportunidad de reunirse para la toma de decisión, el 20% que tenía el conocimiento, la confianza y las habilidades necesarias, ejercía un dominio completo sobre la situación. Esta situación resultaba insostenible y, por consiguiente, la tarea de creación de autogestión debía realizarse estructuralmente y mediante las instituciones que la hacían viable. Estas instituciones estructurales clave son los complejos de trabajo equilibrados y el modo de distribución.

Trabajo equilibrado

En primer lugar, analicemos esta noción de complejo de trabajo equilibrado. En cualquier lugar de trabajo, son miles las cosas y tareas que hay por hacer. Por tanto, la forma habitual de dividir el trabajo consiste en analizar todas estas tareas para crear trabajos. Un trabajo es una combinación de tareas que todos hacemos. Un trabajo es el conjunto de responsabilidades y tareas que tenemos.

El método utilizado en la combinación de todas estas tareas, consiste en crear una especie de jerarquía: distintos tipos de trabajo a lo largo de esta jerarquía. La parte superior de esta jerarquía se caracteriza por individuos que desempeñan tareas de gran responsabilidad. Las tareas que desempeñan estos individuos no requieren únicamente habilidades y conocimientos, sino también la transmisión de los mismos. Deben generar confianza y ejercer un control diario sobre cualquier fenómeno que ocurra en el lugar de trabajo.

Conforme descendemos por esta jerarquía, las tareas son cada vez más rutinarias y tediosas. Los individuos quedan privados de sus habilidades y talentos, al tener que dedicar todos sus esfuerzos a trabajos más onerosos, difíciles y exigentes que no requieren ningún tipo de habilidad o talento. Por consiguiente, en ese contexto, este grupo inferior queda relegado al dominio del grupo superior.

Este tipo de división de clases es lo que yo denomino “clase coordinadora” y clase trabajadora. Si consiguiéramos suprimir este tipo de sistemas e instaurar complejos de trabajo equilibrados, si pudiéramos dividir las tareas en el lugar de trabajo de modo que todo el mundo tuviera un trabajo, que sería distinto en función de las distintas inclinaciones de cada uno, pero igual de competente que el del resto de individuos, podríamos manifestar nuestras preocupaciones, nuestras opiniones sobre lo que debería o no hacerse, sobre cuál sería el orden del día, sobre qué decisión sería necesaria adoptar, cuando asistiéramos a los consejos de trabajadores o las reuniones de nuestros equipos de trabajo, ya que todos podríamos participar.

Nadie podría alegar algo en contra del trabajo de otro, ni atribuir su trabajo a otro, porque todos tendríamos un trabajo equiparable. El trabajo sería distinto pero equiparable en relación a la competencia que ejerciera. El hecho de que ahora todo el mundo tenga que seguir el mismo patrón en su lugar de trabajo, me parece absolutamente ridículo. Del mismo modo, si somos cuatro amigos, todos tendremos nuestro propio punto de vista sobre la película que vayamos a ver. Las cosas se solucionan. Aunque siempre a través de individuos que gozan de cierta influencia sobre la revolución y de modo proporcional al grado en que se ven afectados.

La reacción de algunos individuos al concepto de complejos de trabajo equilibrados es la siguiente: me parece una buena idea el hecho de que todos podamos desempeñar trabajos de responsabilidad que nos satisfagan y que nadie desempeñe trabajos onerosos y aburridos. Pero, ¿no supondría todo esto un problema grave? ¿No supondría (declara preguntándose acerca de la conveniencia de esta idea) una pérdida de tiempo para aquellos sujetos que fueran más productivos?

Supongamos que este sujeto fuera… Mozart, y que le dijéramos que no solamente compusiera música como parte del complejo de trabajo, sino que también realizara otro tipo de tareas, de forma que el complejo de trabajo estuviera equilibrado. Cada segundo que Mozart no compusiera música, constituiría una gran pérdida, no sólo para algunas personas, sino para toda la humanidad. Por lo tanto, no tendría sentido pedirle a Mozart que hiciera otra cosa que no fuera componer. ¿No debería Mozart dedicarse exclusivamente a componer música?

La respuesta a esta pregunta, incluso para Mozart, sería que si organizamos la sociedad de forma que los complejos de trabajo no estén equilibrados y se dividan, como de costumbre, en un 20% de trabajo monopolista y competente, lo que conseguiríamos sería un gran número de Mozarts, posiblemente uno cada cien años, o más bien un número “x” de excelentes compositores en un momento determinado. “X” representaría un número elevado, 1.000 ó 10.000, en función de cuál fuera el baremo aplicado en un país determinado.

Sin embargo, si organizáramos la sociedad de modo distinto, si dispusiéramos de complejos de trabajo equilibrados, ¿cuántas personas podrían componer de forma notable? El 80% de la sociedad no podía hacer uso de sus habilidades y talentos debido a la opresión sufrida por la socialización, la educación y la formación.

Con los complejos de trabajo equilibrados, todo esto desaparecería. No habría motivo alguno para eludir la formación, la socialización y todo aquello que estuviera orientado hacia una mejora del individuo, que permitiera ampliar su capacidad y mejorar su productividad. Ningún sistema debería mermar las capacidades del individuo, para que encajara en aquellos sectores en los que no se requiriera un tipo de habilidad especial. Esta idea estaría muy alejada de una economía participativa. Por consiguiente, la primera respuesta a esta pregunta sería la de tener un mayor número de Mozarts o de compositores menos aventajados.

Nos sorprendería descubrir la existencia de una gran número de individuos con esos mismos talentos. Además, en una economía organizada como la nuestra, el talento más creativo debería estar enfocado a la venta de productos. Con ello no me refiero a la producción de obras de arte que pudiera disfrutar la gente, sino más bien a la producción de imágenes o palabras que convencieran a la gente para el desempeño de tareas que no harían de otro modo. Al igual que ocurre en el sector de la publicidad o de otros medios de manipulación. Este tipo de sectores sería el que abarcara un mayor número de talentos artísticos. Éste es, por tanto, el primer asunto a tratar.

Pero abordemos la cuestión en su totalidad. Tomemos como ejemplo a un cirujano. Este cirujano pertenecería a un sector distinto de esta división del trabajo, el sector de la cirugía. El interlocutor hace un inciso para preguntar: “espere un momento. ¿Está diciendo que en una economía participativa, la persona que hubiera trabajado como cirujano en una sociedad capitalista, dedicaría ahora parte de su tiempo a limpiar o a otro tipo de actividad como parte del complejo de trabajo equilibrado?”. – “Sí, exactamente”. A lo que este interlocutor argumentaría: ” eso es totalmente imposible, no tendría ningún sentido”. Esta persona representa toda la formación y habilidades adquiridas para el desempeño de la cirugía. ¿Qué sentido tendría que invirtiera parte de su tiempo limpiando y sin poner en práctica sus conocimientos como cirujano?”

Bien, existen algunas respuestas a este respecto. La primera sería que en el capitalismo los cirujanos no realizan su trabajo 40 horas a la semana. Pasan mucha parte de su tiempo jugando al golf y otra gran parte dirigiendo y estableciendo jerarquías de poder en la administración de su lugar de trabajo. No obstante, supongamos que emplean 40, 50 ó 60 horas a la semana desempeñando únicamente su trabajo como cirujanos. Concedámosles el derecho a la crítica, un mundo que no existe, y veamos qué ocurre: ¿supondría una pérdida para la sociedad si ese cirujano no trabajara 40 horas a la semana como cirujano, y en su lugar trabajara 20 horas a la semana como cirujano y las otras 20 restantes haciendo algo distinto y favoreciendo un complejo de trabajo equilibrado? Sí, ya que habríamos perdido 20 horas de cirugía de ese cirujano.

¿Qué hemos ganado a cambio? Hemos ganado un lugar de trabajo aceptable y la abolición de este tipo de distinción de clase. Por consiguiente, lo que hemos ganado a cambio es que el 80% de la población sea ahora un pozo del que pueda emerger una enorme cantidad de personal quirúrgico capacitado y con talento. Por ejemplo, en los Estados Unidos, la Asociación Médica Americana es una institución de médicos, que incluye a los cirujanos. Esta asociación no nace como una alternativa de asistencia sanitaria adicional, sino para defender las ventajas y poder relativos de los médicos. Esta labor la consigue en parte impidiendo que otros individuos puedan desarrollar los talentos y habilidades necesarios para desempeñar la profesión médica. Por tanto, impide que las enfermeras hagan más de lo que esté estipulado, lo que las deja en una situación de poder de negociación limitado para que sean los médicos los que acumulen la riqueza.

De este modo, lo que obtenemos al cambiar a un sistema de complejos de trabajo equilibrados no es únicamente equidad, diversidad y solidaridad, o la eliminación de estos efectos enfermizos de nuestra sociedad, sino además, en lo que respecta a la productividad, conseguimos los potenciales y capacidades productivas de aquel 80% que se intenta anular.

Planificación participativa

Cualquier economía debe contemplar la distribución. Ésta es la parte más complicada. El resto solamente puede considerarse relativamente complicado en el sentido de que es muy distinto a lo que estamos acostumbrados. Pero no lo es en absoluto. La distribución puede ser en cierta medida compleja. Cada empresa precisa de material y de entradas con las que elaborar su producción.

¿Cómo se establece el porcentaje de entradas y de salidas que debe producir esa empresa? ¿Cómo se establece lo que yo voy a consumir? De todas estas distintas posibilidades, ¿cuáles son las que voy a consumir y en qué porcentaje? ¿Cómo se establecen los valores relativos de los distintos artículos que se encuentran disponibles? ¿Por qué el precio de una silla es igual al de 14 camisas y no al de 12 camisas? ¿Qué nos permite establecer este tipo de cosas? La respuesta a todas estas preguntas es el sistema de distribución.

Los dos sistemas de distribución más característicos que se emplean en economía son los mercados, donde compiten tanto los compradores como los vendedores.

Fundamentalmente, lo que intentan es estar a la cabeza para cuando el comprador se adelante al vendedor, éste experimente pérdidas y viceversa. Es una dinámica competitiva. La planificación central es una dinámica con un grupo de individuos, un aparato de planificadores centrales, que decide las entradas y salidas relativas de todas la unidades.

En el sistema de mercado, es precisamente esta dinámica competitiva entre compradores y vendedores la que triunfa progresivamente tanto en las entradas como en las salidas. La economía participativa contempla una clase distinta de sistema de distribución. El sistema de distribución se denomina “planificación participativa”.

No resulta fácil describirlo de forma rápida, pero la esencia de la idea no es nada complicada. Este sistema está constituido tanto por trabajadores (individuos, grupos, equipos e industrias) en los consejos de trabajadores, como por consumidores (consumidores individuales y grupos de consumidores), dado que la mayor parte del consumo se realiza de forma colectiva.

Por ejemplo, un parque, las carreteras, el aire, tanto si hay contaminación como si no, se consumen colectivamente. Este tipo de productos son mercancías de consumo colectivo que afectan a los grupos. Por consiguiente, existen individuos y grupos en los consejos de consumidores.

Asimismo, debe existir algún tipo de comunicación entre estos consumidores organizados en sus consejos y los trabajadores. La comunicación de la planificación central adopta esta forma: un planificador central envía instrucciones a los trabajadores y éstos le informan de si pueden o no llevarlas a cabo. El planificador envía instrucciones y ellos, a cambio, comunican su cumplimiento. Es un sistema autoritario.

En un sistema de mercado, la comunicación se basa esencialmente en la propuesta que cada uno de los actores efectúa con respecto a lo que desean hacer y a las estrategias que deben emplear para conseguir todo cuanto puedan. El propietario intenta obtener el máximo beneficio posible, los empleados unos sueldos más altos, los compradores intentan comprar todo lo que pueden al precio más bajo posible y así sucesivamente.

En la “planificación participativa”, tanto los consumidores como los trabajadores proponen aquello que desean hacer. Teniendo en cuenta el marco institucional, cada uno de ellos se encuentra en posición de juzgar, ver y comprender la propuesta del otro.

Existe una segunda etapa, donde cada uno de ellos modifica su propuesta en vista de la reacción obtenida de la economía global. Así como una tercera y cuarta etapas. Existe una planificación, es decir, un esfuerzo consciente por determinar cuáles serán las entradas y las salidas. No obstante, esto es una especie de planificación negociada, una planificación negociada de colaboración entre todos estos actores.

Y la dinámica consiste en… aunque no sé muy bien cómo describir todo esto: supongamos que trabaja para una empresa capitalista y que su objetivo principal consiste en vender todo lo que pueda para incrementar los ingresos de la misma; al trabajar de este modo, es probable que obtenga una pequeña parte de ese incremento como trabajador por parte del propietario, dado que su finalidad última es la obtención del máximo beneficio posible. Por consiguiente, poco importaría que vendiéramos libros y que consiguiéramos que la gente utilizara esos libros a modo de cuña para las puertas, en lugar de leerlos. Lo que vendemos es una lista de los libros más vendidos, no una lista de los libros más útiles o de mayor valor. Si ideamos anuncios para que la gente compre un libro que permita mejorar su vida sexual, y el libro trata de la pesca, ¡a quién le importa! Lo mismo ocurre con la ropa y con todo lo demás. Todo esto no tiene ningún sentido.

Esto no ocurriría en una economía cuya finalidad última no fuera únicamente la de satisfacer sus necesidades. Lo único que realmente nos preocupa es el incremento de la producción para satisfacer al individuo. Pero si nuestro trabajo no satisface al individuo, no hay motivo aparente alguno para emplear nuestro tiempo trabajando. Es un efecto parecido al de padecer una indigestión, o incluso peor, convierte a las personas en seres realmente miserables.

Por consiguiente, el sistema económico más óptimo sería aquel que explicara los verdaderos costes y beneficios sociales. ¿Cómo podría este sistema ayudar y satisfacer a la gente y cuáles serían los costes derivados de la utilización de recursos, o quizás de la contaminación y de otros efectos adversos?

La “planificación participativa” es un sistema que explica los verdaderos costes y beneficios sociales y que permite a los actores, los trabajadores y los consumidores, influir y facilitar las decisiones de modo proporcional al grado en que se ven afectados. El resultado final que se obtendría sería, por ejemplo, una fábrica x que produjera un número determinado de libros, bicicletas, camisas, y una persona, Miguel, que consumiera un determinado número de camisas, etcétera, y que trabajara en un complejo de trabajo equilibrado, de forma que el resultado de la planificación se encontrara en función de los deseos, gustos y preferencias de los individuos y respetara los efectos producidos en el entorno, grupos sociales, etcétera. Esto es lo que logra la “planificación participativa”. Consigue una cooperativa negociada, un intercambio de información y preferencias entre consejos.

Relaciones internacionales

¿Qué ocurriría si existiera una economía participativa en un país y una economía capitalista en otro? La respuesta es muy relativa. Si existe una economía participativa en un país relativamente pequeño y una economía capitalista en los Estados Unidos, éste último lo abatiría. Los Estados Unidos optarían por abatirlo, impidiendo a toda costa que mostrara al mundo la posibilidad de una organización económica que fuera humana y provechosa, que satisficiera las necesidades y el potencial desarrollado, así como los valores a los que quisieran aspirar los individuos. Los Estados Unidos estarían completamente en contra.

Si se iniciara un movimiento que se acercara al modelo de economía participativa en Brasil, Argentina o en cualquiera de los cientos de países que existen en el mundo, se produciría una tremenda presión internacional que opondría resistencia a ese proceso, especialmente por parte de los Estados Unidos, Europa y otros países.

Incluso si dicho movimiento tuviera lugar en Francia o Italia, y aunque no ocurriese simultáneamente en otras partes del mundo, la presión internacional por parte de los Estados Unidos sería enorme. Ésta podría ser una buena definición de lo que es un imperio. La posibilidad de que esta lucha pudiera tener algún tipo de efecto se encuentra en manos de la población estadounidense, alemana, europea, y un largo etcétera. Los movimientos en estos países deben salvaguardar de nuestra influencia a los movimientos procedentes de otras partes de mundo.

La economía participativa no se logrará en los Estados Unidos, Cuba, Sudáfrica o en cualquier otra parte del mundo la semana próxima, el mes próximo o incluso el año próximo. Va a llevar mucho tiempo. Más bien, la cuestión sería entonces plantearnos la repercusión que tendría esta visión en todos nosotros. En mi opinión, la repercusión sería enorme.

Qué, cómo y por qué.

A continuación, voy a exponer dos formas principales que expresan claramente esta diferencia. Una de las preguntas que suele plantearnos la gente con frecuencia es: “¿qué queremos conseguir?” Creo que detrás de este interrogante, existe un trasfondo muy verdadero. Lo que realmente implican con esa pregunta es algo parecido a este ejemplo: si alguien intentara convencerme de que participara en un movimiento que fuera en contra de la gravedad y yo le respondiera diciendo: “¡estás loco!, ¡anda, piérdete!. No me entiendes”, esta persona respondería a la visión. Y yo lo entendería.

Si presentara un discurso emotivo sobre cómo la gravedad nos limita, o cómo el envejecimiento nos mata y, a continuación, dijera: “participa en un movimiento en contra de la gravedad” o “participa en un movimiento en contra del envejecimiento”, la gente empezaría a reírse y diría: “¡anda, piérdete, crece un poco y enfréntate a los hechos!”. En ese caso, tendría que admitir que llevan toda la razón.

Eso es precisamente lo que la gente diría si dijéramos: “ven y participa en un movimiento en contra de la explotación”, “participa en un movimiento en contra de la pobreza”, “participa en un movimiento en contra de la guerra”, “participa en un movimiento en contra del racismo”. Mucha gente respondería diciendo: “¡crece y enfréntate a los hechos!”. Nunca responderían diciendo que la guerra o la pobreza no existen. Todo el mundo sabe que hay guerra y pobreza en el mundo. Al igual que todo el mundo sabe que existe el envejecimiento y la gravedad. Todo el mundo conoce cuáles son sus efectos. Conocen perfectamente cuáles son los efectos devastadores del envejecimiento, pero no participan en un movimiento que vaya en contra del envejecimiento. Uno de los motivos por los que no participan en este tipo de movimientos, es porque saben que tanto la gravedad como el envejecimiento son inevitables.

No hay alternativa. Todavía no se ha inventado un mundo en el que no exista la pobreza o el racismo. “No lo podemos cambiar. Y, por consiguiente, debemos crecer observando la realidad a la que debemos enfrentamos”. La visión puede aplacar ese cinismo. Margaret Thatcher declaró una vez en el argumento TINA: no hay alternativa. No se puede aplacar ese cinismo. Sin embargo, no podemos afirmar simplemente que sí existe una alternativa. Esta afirmación no sería suficiente. No es convincente.

Es posible que me convenza a mí o a usted, pero no va a convencer a 150 millones de personas ni a 3 billones de personas. La gente necesita argumentos más sólidos. Necesita algo más. Por consiguiente, necesitamos acomodar esta visión que ellos plantean, que les da esperanza y les otorga la sensación de que algo mucho mejor es posible. Entonces, ¿por qué es tan importante? Si trabajo intensamente y tengo poco tiempo libre y alguien viene y me dice: “únete a mi movimiento. Ven y ofrece el poco tiempo que tienes, o al menos una pequeña parte del mismo, por una causa justa. Participa en una lucha que implica cierto riesgo”. Mi respuesta sería: “¿por qué debería hacerlo?”, cuando la causa por la que lucho es bastante improbable que la gane, e incluso aunque la ganase, tendría un impacto mínimo, porque conozco perfectamente todo lo que el movimiento ha intentado inculcarme durante treinta años, que el capitalismo es poderoso, que emana este tipo de presiones que controla y lo moldea todo.

De este modo, si consigues un incremento salarial, el capitalismo tenderá a mermarlo. Si tus condiciones mejoran, el capitalismo las hará retroceder. Si consigues más democracia, el capitalismo la limitará, y así sucesivamente. ¿Por qué debería entonces ofrecer mi tiempo? El razonamiento de algunas personas sería el de luchar por una buena causa. Ésta es una expresión bastante utilizada en los Estados Unidos. Es como si le dijéramos a un boxeador: ¡vamos, pelea a ver si te dan una buena paliza! ¡Lucha por una buena causa! Vas a perder, pero no importa. La mayoría de la gente no quiere luchar por una buena causa, sólo por el hecho de luchar.

Prefieren destinar su tiempo al cuidado de sus familias. Optan por no sacrificar sus familias y su tiempo en pos de una lucha por una causa justa que les dejaría destrozados. Parte del motivo por el que necesitamos acomodar este tipo de visión radica en el hecho de que esta lucha no es sólo una lucha por una causa justa, sino más bien una lucha por algo verdadero.

Necesitamos también una estrategia. Deberíamos ser capaces de proyectar una imagen que permitiera mostrar a la gente cómo su participación reportaría beneficios inmediatos que perdurarían en el tiempo y que se implantarían en un mundo completamente nuevo. Una gran parte de este razonamiento estaría fundamentado en una causa emocional o psicológica.

Otro de los motivos por los que necesitamos acomodar esta visión, sería el de encontrar un cauce para todo lo que hacemos. La búsqueda de un nuevo mundo podría llevarnos a situaciones no deseadas en un principio. No sería la primera vez que ocurriera. Por lo tanto, es importante analizar de antemano todo aquello que queremos obtener realmente. Debemos conseguir que el proceso, la lucha y la estrategia que empleemos nos conduzca a donde queremos llegar, y no a una especie de escenario terrorífico. Es muy importante tener esto en cuenta.

En una economía participativa, es esencial conocer las repercusiones que puede tener tanto el modo de organización como el desarrollo de nuestros movimientos. Esta economía debería ser capaz de reflejar la división interna del trabajo en nuestros movimientos, como los complejos de trabajo equilibrados. Debería guiarnos hacia el tipo de economía que deseamos alcanzar.

Esta economía no debería reproducir las jerarquías ya existentes, ni las jerarquías de clase actuales, no debería implantar los mismos modelos de remuneración ni considerar la forma de pago como un hecho arraigado en la sociedad; deberíamos entender esta economía conforme a los nuevos principios que comprendemos, de los que aprendemos y que nos permiten alcanzar el tipo de sociedad que deseamos.

En el ámbito de las relaciones internacionales, deberíamos ser capaces de afirmar que las exigencias relativas al FMI, al Banco Mundial, etcétera, no son justas, en el sentido de que no benefician al pueblo, para poder conseguir aquello que deseamos. En otras palabras, considero que esta visión, aparte de orientar, ofrece motivación, esperanza y un compromiso menor. Puede ser un buen indicador que nos permita saber dónde queremos llegar y qué queremos hacer.

Es como si fuéramos al aeropuerto y la única cosa que supiéramos fuera que queremos viajar a alguna parte, sin conocer nuestro destino final. Pediríamos un billete, pagaríamos por él, alguien nos lo vendería y nos subiríamos a un avión, que muy probablemente nos llevaría a un sitio mucho peor del que partimos en un principio. Ésta no es una forma inteligente de actuar. Nuestro objetivo no sería únicamente el de viajar a otro sitio distinto, sino el de saber cuál es nuestro destino final, o al menos conocer la zona a la que nos dirigimos.

Traducción: MediaLabMadrid, Centro Cultural Conde Duque, Madrid

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