Pensar la organización desde la autonomía. Quince años después.

Las ideas recogidas en este texto tienen su origen en diferentes reflexiones surgidas a raíz de participar durante estos últimos quince años en diferentes prácticas militantes (movimiento de las okupaciones, movimiento global, May Day, Espai Social Magdalenes…) dentro de lo que podríamos llamar área autónoma barcelonesa.

I’m guided by the beauty of our weapons

Ésta ha constituido para muchos de nosotros un espacio de aprendizaje mutuo, así como la oportunidad de formación de una cantera de militancia, pero al mismo tiempo hay que reconocer que ha resultado también un espacio de desencuentro y desencanto que ha llevado al abandono de la acción política por parte de no pocas personas de significativa valía militante.

Al emprender la redacción de este escrito, no he pretendido elaborar un balance crítico de este periodo, ni ofrecer un recetario sobre como organizarnos, sino extraer algunos aprendizajes de las experiencias pasadas en torno a la teoría de la organización, que pienso que pueden ser todavía útiles, ni que sólo sea para abrir el debate. Por descontado, se trata de una lectura personal y crítica, y como tal cuestionable por parte de muchas de las personas con quienes he compartido espacios de trabajo, anhelos, deseos, victorias, derrotas y frustraciones a lo largo de todo este tiempo. Ahora bien, aunque la reflexión parta de uno mismo, estas ideas no tienen su origen en la elucubración privada, sino en incontables debates colectivos celebrados en espacios formales e informales; aunque la mayoría de éstos no llegaran nunca a trasladarse por escrito, de acuerdo con la tradición ágrafa de los movimientos sociales autónomos barceloneses. Por este motivo me ha parecido relevante elaborarlas en formato texto partiendo, en tanto considero que todavía pueden servirnos para reemprender una conversación irresuelta: cómo nos organizamos y por qué, ya sea dentro de o fuera del área.

¿Autonomía en Barcelona?

La primera cuestión a responder es si realmente existió desde 1995 un espacio que pueda denominarse área autónoma barcelonesa, aunque la mayoría de los y las que participamos no tengamos dudas. Y es que a diferencia de otros lugares como Italia, Alemania o incluso Madrid, donde la autonomía se organizó como movimiento, con identidad política propia, en Barcelona nunca llegamos a disponer de una estructura organizativa similar, subsistiendo más bien como una tendencia o familia dentro de los movimientos sociales radicales. El debate sobre la organización del área permaneció siempre en el ámbito del deseo, sin que nunca llegara a materializarse de forma tangible; ya fuera por incapacidad nuestra o por miedo a acabar generando una nueva estructura burocrática.

Posiblemente, uno de los factores explicativos de este miedo, que en diferentes grados todxs compartíamos, tenga que ver con nuestras biografías militantes. Hay que recordar que una parte de nosotros provenía del fracaso y desencanto hacia modelos organizativos jerárquicos y fuertemente burocratizados de la extrema izquierda, así como del ocaso de la escena libertaria barcelonesa de los ’80: los Colectivos de Jóvenes Comunistas, las diferentes organizaciones de la izquierda independentista, los Ateneos Libertarios, Rauxa o los Movimientos Sociales satelizados alrededor de Revolta (Mili KK, Eix Violeta, Solidaritat Jove …).

Las malas prácticas que habíamos vivido dentro de estos colectivos nos generaban una desconfianza instintiva hacia cualquier estructura formalizada (sindicatos, partidos…) así como ante las luchas fratricidas que habíamos heredado y nunca llegábamos a entender.

Otra fuente de militancia del área autónoma provenía del movimiento estudiantil, especialmente de las asambleas de facultades y de la coordinadora de estudiantes de enseñanza media, donde la defensa de la organización horizontal y asamblearia había constituido nuestro sello de identidad alternativo enfrente a los modelos representativos del sindicalismo estudiantil burocrático. La articulación de este movimiento en la UAB, y en menor medida en la UB, abría nuevos espacios de acción política fuera de las identidades ideológicas y las tendencias grupusculares de la extrema izquierda.

Finalmente pero no menos importante, el movimiento de insumisión nos aportó la estrategia de la desobediencia civil, un modelo de coordinación descentralizada y el hecho de descubrir la potencialidad de convertir nuestros cuerpos y nuestras vidas en herramientas de acción política.

Fue pues la confluencia de estos sectores la que posibilitó el surgimiento del área en torno al movimiento de las okupaciones durante los años 1995-1996. Sin embargo, hay que remarcar que éste siempre se articuló más como un espacio informal donde lxs que participábamos nos reconocemos por semblanzas de familia (lecturas, referentes internacionales, análisis, prácticas y posiciones compartidas), que por adherirnos a una identidad política o un modelo organizativo definido.

Otro elemento a menudo despreciado al analizar el surgimiento del área, es que ésta representaba una clara discontinuidad con respecto a las experiencias autónomas anteriores desarrolladas dentro del estado español y que partían de una tradición basada en el consejismo sesentayochista. Las relaciones con los espacios políticos herederos de la antigua autonomía que habían evolucionado hacia planteamientos teóricos más innovadores (A/Parte con sus sucesivas recombinaciones y Etcétera) serían siempre respetuosas y abiertas a la colaboración, lo que se materializa en fructíferos intercambios y aprendizajes mutuos, a pesar de las dificultades derivadas de las diferencias en lenguaje y proyecto político.

En este sentido, éramos conscientes de compartir muchas más similitudes con procesos políticos desarrollados en otras áreas geográficas que con la tradición autónoma peninsular, aunque los procesos de coordinación internacional fueran en aquel momento casi inexistentes. Ejemplo de estas prácticas compartidas serían: la creación de los centros sociales como dispositivos de intervención territorial; la emergencia de colectivos feministas autónomos que alcanzaron un cierto grado de coordinación metropolitana y desarrollaron una importante tarea de empoderamiento y crítica hacia las dinámicas patriarcales dentro del movimiento; la potenciación de espacios de creación cultural en el ámbito musical y de las nuevas tecnologías; la apertura de nuevas formas de gestión y organización de la presencia pública que combinaban creatividad y radicalidad; la centralidad de la lucha contra la precariedad con el impulso en las plataformas para el trabajo digno, la lucha contra las ETTs durante los años 97-98 y la defensa de los derechos de las personas migrantes a partir de la colaboración en la lucha de los encierros.

Sin embargo, a buen seguro uno de los principales elementos inspiradores de nuestra acción política fue la Rebelión Zapatista iniciada el año 1994, en tanto que sus propuestas suponían un cambio radical de las categorías clásicas de la izquierda antagonista: la priorización de la autonomía por encima la estrategia de enfrentamiento en campo abierto, elcaminar preguntando como práctica de aprendizaje y el uso estratégico de la comunicación. La simpatía que levantó el EZLN en Barcelona durante aquel periodo cristalizó con el surgimiento del Colectiu de Solidaritat amb la Rebel·lió Zapatista, así como la celebración del Segundo Encuentro Intercontinental por la humanidad y contra el neoliberalismo (1997).

Entre 1996 y 1999 el movimiento de las okupaciones y el área autónoma experimentarán un fuerte crecimiento y despliegue territorial a partir de la experiencia y capacidad de irradiación de centros sociales como el Cine Princesa en el centro, la Vaqueria en el Hospitalet, la Hamsaen Sants, Les Nausa Gràcia, el Palomaren Sant Andreu y Vallparadísen Terrassa. Éstos y otros espacios que surgieron a su alrededor (La Plomaen Sarrià, el Pati Blau en Cornellà, Can Vies…) marcaron nuestra cartografía antagonista metropolitana.

Durante este periodo, las iniciativas políticas que se articularon consiguieron una fuerte resonancia mediática y política, siendo vistas con simpatía por diferentes sectores de la población hasta el punto que la protesta social se llegaba a identificar con el movimiento de las okupaciones.

Sin embargo, esta espiral ascendente se verá truncada a partir del progresivo incremento de la represión policial y la criminalización mediática que llegará a su clímax el 12 de octubre de 1999 a raíz del encarcelamiento de 14 activistas después de una manifestación antifascista, agravada por las dificultades que tuvimos como espacio para gestionar una respuesta adecuada y creativa para salir de la tenaza, incluyendo los errores en la planificación y comunicación, de los cuales algunos, donde me incluyo, somos más responsables que otros. Aunque en los años posteriores haya habido algunos pequeños episodios de avivamiento, el impulso inicial que animaba la crecida del movimiento hasta 1999 se verá fuertemente restañado, descendiendo el apoyo social en nuestras acciones lo que culminará con la crisis política y de identidad militante que supuso la detención de personas con quienes habíamos colaborado anteriormente y que serían acusadas de colaborar con la organización vasca ETA en el año 2001.

Es relevante señalar que este ciclo de experiencias de creatividad social y política surgidas en torno al área difusa de la autonomía tienen muy poco que ver con la reciente reapropiación del término autónomo por parte de algunos colectivos maximalistas de tendencia libertaria, con el fin de diferenciarse del anarcosindicalismo clásico. La autonomía que profesábamos no tenía nada que ver con el deseo de clandestinidad, los imperativos de la pureza revolucionaria ni la excomunión de la diferencia y lo cierto es que nos interesaba bien poco el redescubrimiento editorial de las “hazañas bélicas” de los grupos autónomos en el estado español.

Desgraciadamente, el hecho de no haber sido capaces de construir un relato en torno a nuestra experiencia militante en el ámbito de la autonomía, dado su carácter difuso, sectorial y territorialmente fragmentado ha comportado no sólo un vacío en los procesos de transmisión generacional, sino su sustitución por otras voces. Esta incapacidad nuestra para explicar y explicarnos contrasta con la capacidad del movimiento libertario, el independentismo o las organizaciones supervivientes de la extrema izquierda para construir relatos sobre sus propias experiencias, y también, todo sea dicho, sobre las de los otros.

Así, la ausencia de un relato compartido sobre el área ha contribuido a invisibilizar las aportaciones realizadas desde el área de la autonomía al ciclo de protesta de 1996-99 (momento álgido del movimiento de las okupaciones); del 2000-2003 (momento álgido del ciclo de resistencias global que se inicia con Praga y que finalizaría con las movilizaciones contra la guerra de Irak) y al ciclo de luchas por los derechos sociales (May Day, campaña contra la ordenanza cívica y movimiento por el derecho a la vivienda…) En este sentido, más que hablar de discontinuidades, sería interesante un día analizar aquellos elementos (políticos, humanos, lingüísticos) de continuidad que unen los tres ciclos.

La incapacidad de generar estructuras organizativas estables a escala metropolitana que no fueran la campaña concreta, a excepción del Movimiento de Resistencia Global y algún periodo de la Asamblea de Okupas, comportó un vacío de espacios de reflexión y planificación estratégica desde donde desarrollar un análisis profundizado de las tendencias de cambio existentes.

A este hecho, hay que añadir la presencia de una fuerte deriva anti-teórica dentro del movimiento, de manera que la formación política no se valoraba como recurso colectivo a mantener, sino como asignatura ’voluntaria’ a completar vía trabajo individual o del grupo de afinidad; sin que este trabajo tuviera traducción directa en material publicado y espacios de discusión colectiva.

Así, mientras la izquierda autónoma europea iniciaba un proceso de transformación a partir de la incorporación al movimiento global desde la revuelta de Seattle el año 1999, en Barcelona éramos incapaces de articular un debate sobre la emergencia de un nuevo ciclo de protesta, lo que se reflejó en la ruptura de la unidad de acción alcanzada en Praga el año 2000. Esta ruptura motivó que mientras una parte del área apostara por la dinamización del movimiento global a partir de la convocatoria de las manifestaciones contra el Banco Mundial de 2001 y Contra la Europa del Capital del año 2002, la otra optara por una estrategia de repliegue territorial y de desconfianza hacia estas iniciativas, tildadas despectivamente de ciudadanistas. A pesar de todo, hay que destacar la existencia de instituciones puente como L’Espai Obert, la publicación Està tot Fatal y la okupación de Can Masdeu, que hicieron de enlace entre ambos sectores, o la aparición de Indymedia, que en su inicio gracias al modelo de publicación abierta, sirvió de espacio de información y debate a los colectivos, antes de convertirse en un tablón de anuncios aliñado con comentarios y polémicas cíclicas absolutamente irrelevantes.

Esta situación de desencuentro se repetirá en el año 2004, cuando experiencias que habrían tenido que ser espacios de articulación de movimiento y relanzamiento de un nuevo ciclo de luchas en torno al eje de la precariedad (los dos primeros May Days) acaban en una sucesión de debates estériles en torno al formato de la manifestación. Desde entonces, los diferentes caminos emprendidos y la falta de espacios de encuentro han evaporado el espíritu de pertenencia a una mismo espacio político, ya de por si erosionado por rencores ’familiares’. Habrá que esperar si los efectos de las movilizaciones estudiantiles que culminaron en la manifestación del 6 de marzo contra el Plan Bolonia, así como los debates y experiencias que la han seguido, serán capaces de dar un nuevo aliento o bien seguirán rutas divergentes hacia nuevos horizontes.

El miedo a organizarnos

Es paradójico que haya sido precisamente el área de la autonomía, aquélla que ha mostrado una mayor dificultad al organizarse, cuando la teoría de la organización tendría que formar parte de nuestro ADN político. Uno de los problemas recurrentes es que cuando desde el área se ha teorizado sobre la organización siempre se ha hecho referencia al otro, ya sea a aquel sujeto político soñado o al territorio pensado como espacio de contrapoder, pero mucho pocas veces hemos abordado el debate sobre cómo nos organizábamos. Excepciones serían los encuentros sobre autonomía realizados el año 1999 en la Kasa de la Muntanyay posteriormente las jornadas «de la autonomía obrera al antagonismo difuso» organizadas por la Oficina 2004 en el CSO Lokeria el año 2000; los debates en el CSO El Tajo de Santsen el 2001; o el intento de articular un espacio de afinidad política partir de los encuentros realizados en el CSO Can Vies de Santsy también en el CSO Lokeria de l’Hospitaletel año 2003. Aunque no estrictamente dentro del área, pero con participación de sectores de la misma, habría que mencionar también la experiencia de coordinación de Soles no Podem de 2007. Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones expresadas en cada ocasión, siempre fuimos incapaces de construir un proyecto político común.

Ahora bien, si queremos evitar que cada nueva generación militante tenga que volver a inventar la sopa de ajo, considero que hay que volver a poner sobre la mesa el debate sobre la organización, sin necesidad de recomenzar siempre desde cero. No se trata de dar recetas ni una guía para la acción, más todavía si tenemos en cuenta que hemos fracasado una y otra vez en nuestros intentos de estructurarnos, pero sí puede ser útil disponer de un esquema de aquellas cuestiones candentes que han ido repitiéndose una y otra vez. Con este objetivo paso a señalar aquellos factores que a mi entender paralizan la creación de organización.

La tendencia antiorganizativa

Una de las primeras cuestiones a afrontar es la deriva antiorganizativa presente dentro de las dinámicas de muchos movimientos sociales, especialmente en aquéllos provenientes del área de la autonomía en Barcelona. Tal como ya he indicado, existe una aversión a emprender cualquier debate sobre la necesidad de la organización que vaya más allá de la coordinación coyuntural, la forma de campaña o a la creación de estructuras de ámbito barrial.

La inexistencia de espacios organizativos formales, conduce a una atomización de las iniciativas del movimiento y al hecho de que los espacios de decisión estratégica se articulen informal e invisiblemente, de manera que “los males” que se pretenden conjurar, se multiplican al generar una elitización y una personalización de los espacios de decisión política que se ubican fuera del control democrático de los colectivos.

Es decir, por miedo a generar una estructura que puede burocratizarse, acabamos desarrollando estructuras invisibles mucho menos transparentes e inaccesibles. Este proceso fue brillantemente denunciado por la feminista Jo Freeman en un texto sobradamente debatido La tiranía de la falta de estructuras, donde se denunciaba cómo la ausencia de ámbitos formales de decisión comportaba que ésta se trasladara a espacios informales en detrimento de la democracia interna de los movimientos.

Esta deriva antiorganizativa ha sido a menudo acompañada de una interpretación espontaneísta de la acción política, a menudo revestida de un envoltorio retórico post-situacionista, donde la protesta social surgiría por generación espontánea a partir de las frustraciones de la sociedad actual. Esta postura, en sus versiones caricaturizadas, ha comportado la aparición de diferentes tipologías de free-riders dentro de los movimientos sociales, aquéllos que sin haber participado del trabajo de organización de la protesta social, se apropian de sus frutos sin reconocer el trabajo de los grupos promotores que lo han hecho posible.

El falso horizontalismo

El miedo a reproducir jerarquías ha comportado también que muchos colectivos opten acríticamente por un horizontalismo consensualista al mismo tiempo de tomar decisiones, sin tener en cuenta que éste puede ser no sólo un factor paralizador de la acción y la reflexión, sino que pueda acabar favoreciendo prácticas antidemocráticas como el obstruccionismo o su reverso, el bullying grupal con el fin de imponer el consenso.

Este falso horizontalismo se basa en la creencia del alma bella que toda persona que participa en un colectivo político actúa siempre motivada por las mejores intenciones, que toda opinión formulada por un miembro del colectivo es igualmente válida y que ninguna acción puede ser emprendida en un colectivo o estructura si no cuenta con el consenso de todas las personas que lo componen.

El problema de este horizontalismo es que ignora el hecho que todo colectivo humano por muy loables que sean sus intenciones, se basa en relaciones de desigualdad y se encuentra atravesado por relaciones de poder, de manera que si no somos capaces de reconocerlas, acabamos fácilmente reproduciéndolas. Así por ejemplo, en los espacios mixtos acostumbra a suceder que muchas mujeres participan menos en los debates de cariz organizativo y estratégico que los hombres, y que a sus opiniones se les otorgue un peso inferior, lo que constituye un reflejo de cómo la sociedad patriarcal atraviesa nuestros espacios políticos. En este sentido, es importante recordar que las palabras no están dotadas de magia y que por el solo hecho de que un colectivo se declare feminista o antipatriarcal, sus prácticas no dejan de serlo. Es más, el hecho de creer que ya hemos superado esta condición nos lleva a rebajar los mecanismos de defensa haciéndonos vulnerables no sólo a la reproducción de comportamientos sexistas, sino a la aparición de agresiones sexuales y otras manifestaciones de violencia de género.

De manera parecida, sucede con lxs invitadxs de piedra en las reuniones, es decir aquellas personas que ya sea por timidez, por falta de facilidad expresiva o por las dinámicas que determinan el debate, tienden a no intervenir; mientras en cambio encontramos a otras personas con más estrategias retóricas o más ansia de protagonismo que acostumbran a monopolizar los debates. Una vez más, la creencia del alma bella que un colectivo alternativo puede situarse fuera de las relaciones de poder, provoca procesos de monopolización del tiempo de palabra, de abuso emocional y de violencia psicológica en los debates.

Ante estos hechos, hay que ser capaces de generar espacios y momentos (a partir de la gestión del reparto desde turnos y el tiempo de palabra, el control del estilo de enunciación y la incorporación de dinámicas que faciliten la participación) con el fin de crear un buen clima para el debate donde las diferentes voces minorizadas puedan ser escuchadas y sus opiniones tenidas en cuenta, en caso contrario difícilmente podremos construir una horizontalidad inclusiva.

Ahora bien, esta necesidad de inclusividad, no tiene que ser confundida con el principio que todas las opiniones tengan el mismo peso. El trabajo de inclusividad en la discusión tiene que servir para que las opiniones puedan ser valoradas con independencia del sexo o de las estrategias discursivas de quien las defiende, para posteriormente pasar a valorar las diferentes posiciones y razonamientos. La participación en un proceso de toma de decisiones, implica así una doble corresponsabilización: del colectivo respceto a lxs participantes, pero también de lxs participantes con respecto al colectivo.

Por ejemplo, la línea política de un colectivo o espacio de coordinación no tiene por qué ser rediscutida a raíz de cada nueva incorporación y es fuertemente injusto para un colectivo que una persona se escude en la defensa de un debate horizontal, si ésta no mantiene una implicación real en las tareas que hay que desarrollar. Un debate horizontal tiene que ser consecuencia de un trabajo horizontal. Así pues, la horizontalidad no puede darse por asumida, sino que se construye día a día a partir del compromiso, la implicación y el respeto al trabajo que se desarrolla.

Conectado a este fenómeno, hay que situar también el consensualismo, de lo contrario nombrado dictadura del consenso. Si bien es cierto, que una característica de la democracia defendida desde las tesis autónomas valora el consenso como mecanismo de toma de decisiones, este principio no puede ser utilizado para obstruir los procesos de tomade decisión en función de un interés particular. El consenso tiene que actuar como un principio rector, de manera que en los debates donde se generen controversias las diferentes posiciones puedan ser escuchadas, sobradamente debatidas y se busquen elementos para conjugarlas; pero sería ilusorio pensar que en todos estos debates se llegará a una posición que sea de agrado para las diferentes opciones. De lo contrario, abrimos la puerta al obstruccionismo, el hecho que se impida llegar a una decisión arguyendo que ésta no se encuentra totalmente consensuada; o el bullyng grupal, la presión y violencia psicológica que un grupo ejerce sobre la minoría discordante para que ésta acabe adhiriéndose a la posición mayoritaria. Para evitar estos casos, la decisión a tomar tendría que ser aquélla que obtenga un mayor consenso en el grupo, lo que puede implicar en determinados casos el uso de mecanismos de votación.

Ahora bien, una vez alcanzada una decisión, y a diferencia de las tesis libertarias donde aquellas posiciones que no se sienten representadas por los acuerdos no se sienten obligadas a seguirlas, desde una posición autónoma los acuerdos adoptados responsabilizan e implican a todxs lxs integrantes del colectivo. Eso no quita  que los acuerdos puedan ser revisados con posterioridad, siempre y cuando esta revisión no se convierta en una táctica obstruccionista.

La hiperespecialización

En todo colectivo es normal que por razones de eficiencia se produzca un cierto grado de división del trabajo. No todo el mundo tiene la misma maña para diseñar la producción gráfica, para expresarse por escrito, para hablar en público o tiene los conocimientos necesarios para gestionar un portal web. Ahora bien, cuando esta división del trabajo conlleva una hiperespecialización, es decir, cuando las tareas siempre recaen en las mismas personas, o bien éstas acaban rutinarizándose generando monotonía, o bien estas personas se acaban convirtiendo en imprescindibles para el funcionamiento del colectivo, de manera que su marcha acarrea un serio problema.

Con el fin de reducir esta tendencia a la hiperespecialización, y teniendo en cuenta que una rotación completa es inviable; es necesario que como colectivos nos responsabilicemos de la autoformación, de manera que nadie sea imprescindible, si bien somos conscientes de que no todo el mundo puede saber de todo. Es decir, tan importante como la planificación de la acción política externa tendría que ser la planificación organizativa interna: la organización y reparto de tareas y la formación en las mismas por parte de los y las integrantes.

Actualmente, las personas que participamos en la acción política provenimos de backgrounds formativos muy diferentes, lo que se expresa con diferentes capacidades y destrezas que pueden incorporarse como activos en nuestra práctica política. Hace falta pues analizarlas, valorarlas y poner en común estos conocimientos mediante la dotación de espacios formativos con el fin de favorecer sino una rotación total, como mínimo una rotación parcial de las tareas necesarias para la reproducción política del colectivo. En este sentido, no deja de ser triste como la mayoría de actividades que todavía se desarrollan en muchos espacios sociales sean cursos de guitarra, clases de malabares, flamenco y diferentes paraciencias, que si bien pueden tener cierto interés cultural y de crecimiento personal, representan, una nula aplicabilidad política.

Por otra parte, y teniendo en cuenta que todas las tareas son necesarias, hace falta evitar sobrevalorar unas con respecto a las otras. Tanto necesario para un colectivo es mantener acondicionada la sala de reuniones, gestionar el espacio web, facilitar una reunión/asamblea, diseñar el material gráfico, organizar un acontecimiento, mediar en un conflicto o producir un texto de análisis político. La jerarquización de tareas se convierte a menudo en el primer paso hacia la creación de jerarquías personales dentro de los colectivos.

La estilización de la política

Una de las principales aportaciones del feminismo a la acción política de los movimientos sociales ha sido señalar que lo personal es también político, y que no podemos pensar nuestra acción política al margen de nuestros afectos, nuestra experiencia personal y nuestras formas de relacionarnos e interactuar con lxs otrxs.

Eso sí, hay que diferenciar esta crítica hacia las viejas formas de hacer política de la tendencia creciente a reducir la acción política a una experiencia privada y convertirla en un estilo de vida. En primer lugar hay que diferenciar lo que puede ser un grupo de autoayuda, una comunidad de interés y un colectivo orientado a la intervención política. Un grupo de autoayuda, puede tener sentido político, especialmente si éste articula una singularidad minorizada, como los grupos de autoayuda de mujeres al inicio del movimiento feminista o los colectivos migrantes; pero su objetivo difiere de un grupo orientado específicamente a la intervención política, como fue por ejemplo las uniones de mujeres sufragistas. Así, el grupo de autoayuda tiene como principal función empoderar a lxs participantes, pero su acción no se orienta a la intervención en el entorno.

La comunidad de interés, por ejemplo un grupo de estudios o un local social, puede también tener sentido político como espacio de creación cultural y experimentación alternativa tal como fue la experiencia ateneísta, las experiencias de vida en comunidad o los grupos de autoformación actual. Sin embargo, su intervención se orienta principalmente a las personas que lo frecuentan. De igual manera que el grupo de interés, su capacidad de intervención política en el campo social está diferida, pero no constituyente de su práctica política.

En cambio, el colectivo orientado a la intervención política es aquél que dirige su actividad a producir cambios en el entorno, más allá de las personas que lo componen o lo frecuentan. No se trata de generar una jerarquía entre los tres modelos, que pueden ser plenamente válidos en función de los intereses y objetivos que nos fijemos, pero hay que saber en todo momento qué tipo de colectivo estamos formando.

Una de las articulaciones más interesantes, es aquélla que sabe conjuntar los tres modelos. Tal es el caso de la experiencia de ocupaciones de casas por inmigrantes desarrolladas en Roma, dónde se conjuga el grupo de ayuda como espacio de empoderamiento de los diferentes colectivos migrantes en las casas ocupadas para alojarlos; la creación de socialidad alternativa en centros sociales como Corto Circuito, La Strada, Spartaco, SansPapiers, Trenta Due y que actúan como espacios de agregación cultural y dispositivos de intervención territorial, y finalmente el espacio de coordinación Action Diritti in Movimento como herramienta de intervención política en el ámbito metropolitano.

El problema reside cuando se confunden los tres niveles y pensamos que estamos desarrollando intervención política, y en cambio funcionamos más como un grupo de autoayuda o una comunidad de interés sin ser conscientes. Esta confusión se encuentra en la base de muchas disfunciones presentes, ya sea los grupos que empiezan una espiral de autoanálisis interminable que paraliza su acción o los espacios sociales que actúan al margen del territorio donde se encuentran actuando únicamente como lugares de agregación social y/o festiva.

La confusión de los tres niveles nos ha conducido hacia una privatización de la política que se convierte en uno de los principales obstáculos para alcanzar un cierto grado de incidencia social: ya sea territorial, mediática o en la producción de cambios en las políticas públicas. Esta tendencia llega al paroxismo cuando ocurre una guetización de estilos de vida que se puede convertir en especialmente atractiva en las nuevas generaciones de militantes ansiosas de buscar espacios de ’vida auténtica’, sin ser lo bastante conscientes de que estos espacios responden más a unos criterios estéticos y culturales excluyentes, en tanto son difícilmente compartibles por otros sectores poblacionales, de modo que acaban convirtiendo la política alternativa en una experiencia post-adolescencial.

El solipsismo político

Una de las consecuencias de esta privatización de la política es el repliegue identitario donde nuestra práctica se convierte en mero solipsismo, un diálogo privado e ininterrumpido con nosotrxs mismxs con escasa capacidad de incidencia social. Este repliegue puede presentar diferentes manifestaciones que tienen en común la adhesión a clichés identitarios, ya sean aquéllos de la vieja política o la adhesión incondicional a las teorías más cool.

Así, dentro del área se ha entendido a veces la autonomía como un machihembrado ideológico de anarquismo, comunismo e independentismo que mantenía como únicos elementos articuladores el rechazo a la forma partido y la consigna de la autoorganización. Aunque esta lectura puede ejercer una fuerte capacidad seductora para las nuevas generaciones militantes, pronto muestra sus límites convirtiéndose en un freno a la reflexión y el análisis político. En el otro extremo, hay quien ha optado por una hipercodificación del lenguaje, llegando al paroxismo que la adscripción en el área vendía marcada por el número de prefijos post- obio- que éramos capaces de añadir. Ambas tendencias, a menudo infantilmente enfrentadas, nos han hecho olvidar que la clave de vuelta de la autonomía es la apertura y la repolitización del campo social.

Así pues, ni podemos despreciar la potencia de determinadas categorías analíticas como han hecho determinadas corrientes anti-teoricistas ancladas en la propuesta del machihembrado; ni podemos adherirnos ciegamente a ellas convirtiéndonos en fashion victims de la última moda editorial ya sea ésta representada por Virginie Despentes, Beatriz Preciado, Tiqqun,Slavoj Zizek o Toni Negri, para nombrar sólo algunas de las lecturas más candentes dentro del área post-autónoma barcelonesa. Por descontado, el problema no está en el trabajo de autoformación teórica ni en la elección de las autorxs que pueden servirnos de inspiración, sino en nuestra capacidad de traducir y articular estos conceptos teóricos en análisis y práctica política. En este sentido, nos es útil recobrar una de las hipótesis fundacionales de la autonomía: la verificación en la práctica de las categorías teóricas que utilizamos.

Organizarnos

Una vez expuestas algunas de las deficiencias que han dificultado la creación de organización desde la autonomía, nos toca pensar en positivo qué pasos podemos dar. No obstante, dado que la teoría autónoma no se basa en ningún recetario preconcebido, sino continuas pruebas ensayo-error, me limitaré a exponerlas como una enumeración de verbos en infinitivo con el fin de indicar líneas de acción, con la condición que éstas pueden ser siempre combinadas, modificadas, aumentadas o reducidas en función de las necesidades del colectivo o espacio de coordinación:

Analizar

El análisis de coyuntura y la planificación estratégica han sido demasiado a menudo olvidados dentro de nuestras prácticas de acción política. Por una parte, nos hemos movido en la inmediatez incapaces de generar una agenda política propia y optando por posiciones reactivas, y de la otra, cuando hemos desarrollado análisis teóricos, éstas han adquirido a menudo un carácter libresco, sin tener en cuenta los hechos empíricos ni las tendencias observables. Esta falta de perspectiva analítica ha comportado como corolario la inexistencia de un programa de ideas fuerza que sea comunicable y sistematizable.

Ante este hecho, hay que impulsar la creación de espacios de reflexión y comunicación propios, ya sea mediante jornadas, seminarios, talleres de debate y redes de autoformación; a la vez que el material producido en estos espacios sea de libre acceso para el conjunto del movimiento mediante su publicación en licencias libres que permitan su reproducción.

Por otra parte, el análisis político no puede confundirse con autoanálisis, el cual sería sólo un primer peldaño. El autoanálisis en el cual somos especialmente propensas, no tendría que derivar en una pseudo-psicologización grupal, sino que hace falta dotarnos de una metodología y fijar un momento de terminación, a fin de que éste no se convierta en un bucle sin fin que conduce directamente a la parálisis y posterior defunción del colectivo. Por contra, el análisis político del cual estamos más faltos tiene que intentar abarcar diferentes campos de la realidad social y articular las diferentes escalas, de la local a la global.

Aunque ésta es una tarea compleja, contamos con el activo del mayor grado de formación de los y las militantes, en relación a épocas pasadas. Nunca antes hemos contado con tal grueso de personas con formación de segundo y tercer ciclo dentro de los movimientos sociales, lo que supone un recurso cognitivo del que hace falta saber valorar, de manera que seamos capaces de articular lecturas multidisciplinares de la realidad social combinando backgrounds tan diversos como la pedagogía, la psicología, la sociología, la antropología, el psicoanálisis, la economía, la filosofía, bellas artes, la educación social, la geografía, la historia, la lingüística, el derecho o la ciencia política, para mencionar sólo algunos de los campos formativos de personas próximas. En un contexto social donde “todas somos ya expertxs”, esta combinación disciplinaria puede ofrecernos herramientas y conceptos útiles para potenciar y afinar nuestros análisis; eso sí, de forma situada y evitando incurrir en querellas academicistas, en tanto el objetivo es saber conjugar y traducir estas herramientas y conceptos en acción política concreta.

Comunicar

Actualmente, no podemos entender la acción política fuera del paradigma de la comunicación. Toda acción política es comunicativa, y hay que saber gestionar estratégicamente como ésta se produce. No tiene sentido convocar un acontecimiento que pretenda incidir sobre la realidad social, sin plantearnos como éste llegará a los receptores: ya sea el resto de movimientos sociales, los vecinos y vecinas, la opinión pública que consume los medios de comunicación de demasiado o la administración pública. Las formas clásicas de comunicación política antagonista (la octavilla, el grafito, el cartel, la manifestación…) tienen hoy en día un impacto limitado dado la sobrecarga de estímulos de la sociedad de consumo. De igual manera, el paradigma clásico de la contrainformación, entendido como la producción de información alternativa a los medios convencionales, tiene que replantearse a raíz de la explosión de la sociedad informacional, y el hecho de que a través de las nuevas tecnologías actualmente podemos disponer de mil y una versiones diferentes sobre un mismo hecho.

La cuestión de la comunicación es demasiado amplia y relevante como para poder abordarla en este apartado; sin embargo, me ha parecido relevante señalar algunos elementos:

  1. La comunicación no puede reducirse sólo a la opinión publicada a los medios de comunicación, sino que incluye el conjunto de elementos que conforman nuestra práctica política: el material gráfico, la organización de acontecimientos desde una charla a la gestión de una manifestación, el uso de la web 2.0…
  2. La gestión de la comunicación tiene dos vertientes, de una lado interna dentro del espacio de movimiento, para la que disponemos de medios cómo Enfocant, Directa o Diagonal, como la comunicación fuera del espacio del movimiento, lo que supone saber gestionar la relación (no siempre fácil, pero siempre necesaria) con los medios convencionales de prensa, radio y televisión.
  3. La comunicación se ha convertido actualmente en una actividad bastante compleja que precisa diferentes habilidades: la redacción de una nota de prensa o de un artículo; la convocatoria de una rueda de prensa, realizar declaraciones o responder a una entrevista, la producción de material gráfico, la edición de un vídeo, gestionar un CMS, sacar partido de las herramientas de la web 2.0… Dada la importancia de la comunicación hoy, el aprendizaje de estas habilidades tendría que tener una centralidad estratégica en los procesos de autoformación que seamos capaces de desplegar.

Jordi Bonet i Martí

Fuente: Alasbarricadas.org

Texto completo en catalán: Enfocant.net

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