Escenarios de Municipalismo Libertario

Mijos Danos
Escenarios imaginarios

A menudo no se tienen ideas demasiado claras sobre lo que significa tener una orientación revolucionaria en un ámbito territorial. Se nos vienen a la cabeza mil ideas para nuestras prioridades de actuación, y nos perdemos en campañas anecdóticas y de carácter “activista” (llevar a cabo actividades sucesivas sin ninguna visión estratégica ni práctica) sin tener una visión global del territorio ni del equilibrio de poderes y fuerzas que se dan en él. Desde luego no es nada fácil tener en cuenta todos los factores que entran en juego en las relaciones humanas o entre las clases  sociales de un determinado territorio.

Hoy en día, gracias a los cada vez más numerosos libros sobre la Revolución Española a una escala local o municipal podemos perfilar mejor aquella experiencia y cómo adaptarla al momento en que vivimos. Hasta hace poco los relatos sobre la Revolución Española eran demasiado generalistas, y llenos de propaganda. Cuando hablaban de lo local, lo hacían de pasada (normalmente eran biografías) y centrándose en la economía y en algunos rasgos sociales novedosos (el divorcio, el amor libre, la educación, etc.). Necesitábamos unos estudios menos partidistas que nos permitieran hacernos unas ideas más claras de las dificultades y del equilibrio de poder que se vivía en cada territorio. También que se nos dejara ver cómo era la vida diaria en aquélla sociedad.

En los años 60 aparecieron algunos escritores libertarios como Colin Ward o Murray Bookchin, comunistas de izquierda como Cornelius Castoriadis y situacionistas como Guy Debord o Raoul Vaneigem con cuyo trabajo se intentó sentar las bases de una política a escala local que le sirviera al movimiento revolucionario. Sin embargo quien recogería el testigo en los años 80 sería el movimiento ecologista, que en algunos países adoptaría posturas municipalistas al entrar en relación con la Ecología Social de Bookchin. Actualmente su legado se encuentra extendido en otras corrientes y difundido a través de las obras de intelectuales como Takis Fotopoulos, James Fishkin, Manuel Castells, Naomi Klein, Raúl Zibechi, Mike Davis o David Graeber que dan soporte ideológico a numerosos movimientos actuales de democracia directa. La democracia directa, así, ya no es monopolio exclusivo del anarquismo, sino que otras tendencias de la izquierda también la defienden. A pesar del poco arraigo del municipalismo libertario y de sus derivados en el estado español, tenemos la experiencia actual de las asambleas de barrio que funcionan en las grandes ciudades, o las asambleas populares en algunos pueblos más pequeños. Son experiencias importantes, pero que carecen de un proyecto de conjunto y están desconectadas desde su origen de las corrientes libertarias (aunque cuenten con muchos participantes libertarios a título individual). Muchas nacieron al calor del movimiento 15M, pero se han dedicado a lo concreto, al activismo de los problemas cotidianos, y no parecen tener de momento aspiraciones de contrapoder. Sustituyen en la práctica,  de alguna manera, a las envejecidas y anquilosadas asociaciones vecinales de los años 60 y 70. Paralelamente en otros ámbitos (neorrurales o antidesarrollistas) se reivindica el pasado comunal de los concejos aldeanos, una especie de reivindicación de las tradiciones organizativas del pasado ibérico.

El objetivo de este artículo es poner un ejemplo clarificador sobre muchos aspectos de la vida de un municipio libertario y revolucionario. Pero para ello nos inventaremos de una ciudad pequeña-mediana, digamos de unos 100.000 habitantes. Para ponerlo “fácil”, por así decirlo, nos imaginaremos una situación de grave fractura política del Estado, como la que por ejemplo se produjo durante la Revolución Cantonalista de 1873 o la Revolución Social Española de 1936. Son situaciones extraordinarias, poco frecuentes, aunque por supuesto no imposibles ni irrepetibles. También se podrían dar durante largos bloqueos económicos o de graves crisis económicas o ecológicas que fracturen una sociedad.

¿Por qué la guerra? Pues porque son momentos en los que la estabilidad que legitima al poder se trastoca, cambiando las percepciones y prioridades de la sociedad. Ésta pasa en unos días de la pasividad al paroxismo y a una actividad social frenética.

Intentaremos hacer una descripción precisa del escenario, con la intención de que comencemos a trabajar ya para lograr unas metas intermedias desde mucho antes que comiencen estas situaciones. Se dice que el anarquismo no necesita de sociedades de transición puesto que la transición se hace desde ya mismo en esta sociedad. Se conoce a este fenómeno por el nombre de “sociedad paralela”. Se trata de ir edificando el nuevo mundo en el cascarón del antiguo.

Bookchin se planteaba escenarios pacíficos, en los que un pueblo organizado comenzaba a autogestionarse y a autogobernarse progresivamente hasta tomar el control total de su localidad. El pueblo tomaría el control mediante unas elecciones locales, suponiendo que su sistema democrático fuera limpio y pudieran darse este tipo de cambios de gobierno.

En nuestro caso nos imaginaremos una situación de guerra en la lejanía, como la que vivieron los municipios catalanes y valencianos en 1936-37 o la que viven algunas localidades kurdas en la guerra de Siria o los Municipios Autónomos Zapatistas desde hace 19 años.

Ya que creemos que una buena parte de la acción política de los grupos anarquistas  debiera orientarse hacia el espacio territorial en el que viven, necesitamos una imagen esclarecedora de cómo sería una sociedad municipalista y de cómo se puede llegar a construir este modelo de contrapoder. Necesitamos pistas sobre las acciones que debemos comenzar a tomar desde ya en nuestros entornos inmediatos.

El municipalismo en estas líneas sería entendido como una sociedad de transición; el paso del capitalismo al socialismo.

Como se puede intuir, no estamos hablando de una sociedad comunista libertaria, que bien podría ser sucesora de este escenario que describiremos. El municipalismo en estas líneas sería entendido como una sociedad de transición; el paso del capitalismo al socialismo. La pretensión de este artículo es promover una actividad de orientación municipal para los nuevos colectivos libertarios. Necesitamos tener una línea municipalista con un planteamiento propio hacia el lugar donde vivimos. No podemos dejar estos temas “para después de la Revolución” porque puede que sea entonces demasiado tarde. Partimos del supuesto de que en las localidades post-revolucionarias habrá capas de la población contrarias a cualquier tipo de socialismo. Así pues la sociedad revolucionaria, en lugar de someter por la fuerza a todas estas capas – que en ciertas poblaciones podrían ser incluso mayoritarias – al viejo estilo bolchevique, tendrá que hacer malabarismos para no convertirlas en enemigos declarados y activos de la revolución en curso, cosa que podría hacer peligrar a la propia revolución dado que desde el exterior (la OTAN, la UE, los cruzados, los 100.000 hijos de San Luís o la Santa Alianza) se buscará cualquier excusa para intervenir militarmente. Veremos además cómo desde los organismos revolucionarios el paso a un modelo económico proto-socialista es casi automático. Marx lo llamaba  el “comunismo de asedio”, que se daba en las ciudades rodeadas de enemigos, y que servía para racionalizar los recursos y resistir con más fuerza y eficacia.

El Día D

Nos encontramos ante un proceso revolucionario. Se da, igual que en otras ocasiones, en un momento en que el estado centralizado pierde fuerza y se viene abajo tanto su legitimidad a ojos del pueblo, como su capacidad represiva. En un momento de fuerza popular y a la vez de duda de las “fuerzas  del orden” del régimen, en algunas ciudades se constituyen consejos o asambleas populares que arrancan grandes procesos de poder popular y autogestión. Quizás estas asambleas ya existan desde mucho antes que el proceso revolucionario, y sea éste el momento en que ejercen verdaderamente el contrapoder. La reacción estatal mueve ficha y subleva una parte del ejército contra el pueblo recién organizado…

Este es el escenario que planteamos como comienzo de nuestro relato. Nos suena demasiado familiar, dado que es comparable a la Revolución Social Española de 1936. También podría equipararse a Chile en 1973, justo antes del golpe de Pinochet.

Igual que en 1936, las ciudades con un movimiento popular más amplio, mejor organizado y armado lograrán derrotar a las fuerzas reaccionarias. Si nuestra ciudad tiene un movimiento social masivo -que hoy en día tendría que combinar tanto a los sindicatos, a las organizaciones políticas revolucionarias, a las asambleas populares de barrio y a otras entidades sociales con vocación de contrapoder– podemos imaginar que habrá tenido la capacidad de organizar una milicia de revolucionarios que luchen contra la reacción.

Imaginemos que dentro de este movimiento popular el factor libertario tiene cierto peso, pero que  no es hegemónico. Por lo tanto tendrá que llegarse a una alianza para poder gestionar y mantener la ciudad. Vemos aquí un paralelismo con la Revolución Española, en la que la CNT tuvo que ponerse a gestionar municipios, mediante el control de los ayuntamientos, sin poder imponer de buenas a primeras el comunismo libertario. Los comités revolucionarios antifascistas del inicio de la guerra se reconvirtieron en ayuntamientos en octubre de 1936, manteniendo la misma composición política de los comités revolucionarios.

Pero  si  nuestros  libertarios  tuvieran  una  estrategia trazada para moverse con  eficacia en estos tiempos revueltos, y de paso instaurar una sociedad revolucionaria de forma paulatina, tendrían que seguir una fórmula mixta de anarcosindicalismo, (o también de comunismo libertario, o de consejismo; en definitiva una fórmula económica) y municipalismo (una fórmula política en lo local). Si “conquistaran el poder” a la fuerza posiblemente tendrían a una buena parte del pueblo en contra, así que no les queda otra que pactar una forma de gestión municipal a gusto de todos. Aquí empieza lo concreto.

Organización barrial y comunitaria

La creación de un contrapoder legítimo y viable, nace en los barrios. Cada uno de los barrios en todo proceso revolucionario tendría que dotarse de una entidad socio-política propia, es decir, autogobernarse. Desde el primer día se ha de impulsar unas asambleas populares de barrio que  tomen en sus manos su territorio. Tendrán que expropiar los edificios necesarios para su labor diaria, teniendo en cuenta que tendrán un aluvión de nueva militancia. Quizás esta nueva militancia no esté politizada. Habrá que saber tratar con esto.

La organización barrial tendrá que aunar y cohesionar a todas las organizaciones existentes en su barrio, y darles una visión de conjunto (un análisis de la situación y unos objetivos a corto y medio plazo) para autogestionar su territorio. La asamblea barrial tiene que asegurarse dos cosas en un primer momento: la seguridad y el abastecimiento de alimentos.

En el primer caso, para garantizar la seguridad se tendrán que instalar puestos de control (los llamados “checkpoints”) en los puntos claves del barrio; puede que se necesiten varios en cada barrio. Se trata de controlar los movimientos del barrio y serán el símbolo del nuevo orden revolucionario. Los puestos de control son el equivalente a las barricadas en el pasado. Las milicias también necesitarán edificios para concentrarse y entrenarse.

Garantizar el abastecimiento de alimentos es también una característica clave de los procesos revolucionarios. Nadie tiene que pasar hambre, y los restaurantes u otros lugares de gran capacidad (iglesias, centros cívicos, institutos o escuelas) tienen que abrirse al público como comedores populares gratuitos. Deben ser gratuitos al menos para las milicias y sus familias y también para la gente sin recursos del barrio o para los menores de edad. La gestión de los abastos necesitará de almacenes propios, cocinas, etc.

Una vez controladas estas dos funciones, el barrio puede ir extendiendo sus capacidades entrando en el juego un posible solapamiento de funciones con el Municipio. Entendemos que en este ámbito las organizaciones libertarias se moverán como pez en el agua. La asamblea de barrio será el punto contacto y difusión de nuestra política libertaria municipal hacia los habitantes a título individual.  Por esto mismo es importante tener una presencia fuerte en este ámbito. Una táctica rápida sería que las asambleas de barrio absorvieran a las AA.VV, para evitar posibles dobles poderes o una pugna de intereses en el barrio. Sería un peligro a largo plazo, si alguna fuera política decidiera utilizar las AA.VV. como representantes de sus políticas particulares.

El nuevo Municipio. Competencias

En tanto a la gestión municipal aquí entra en juego un factor diferente, la política local. Se entiende que cada partido o movimiento rival (partidos de izquierda, sindicatos, movimientos sociales, grupos revolucionarios, etc.) querrá tener mayores cuotas de poder en las nuevas instituciones. Desde el primer momento tendremos un doble poder: el de los barrios y el del municipio. En 1936 se vivió esta situación en las grandes ciudades. En tanto al poder municipal, los diferentes partidos antifascistas, se dividieron los cargos de los comités revolucionarios, sin llegar a disolver o absorver el ayuntamiento. En aquel caso se ninguneó a los barrios, negándoles poder a sus asambleas. Los partidos derrotaron a los barrios. Eventualmente los comités municipales fueron unificados con los ayuntamientos. La cuestión estriba en que esos ayuntamientos no eran entidades democráticas, sino que había una serie de cargos puestos a dedo por sus respectivos partidos y no estaban elegidos por  la población.

Una estrategia a impulsar es que, una vez ya están constituidas todas las asambleas de barrio, éstas se reúnan en una asamblea popular de ciudad. De esta asamblea saldrá una junta o consejo que tendrá funciones administrativas superiores. Así conseguiremos que un municipio no sea más que una federación de barrios.

Pero hasta que esta situación no ocurra –pueden pasar semanas o meses– el municipio estará en manos de una junta revolucionaria formada por las distintas fuerzas que han participado en la revolución. Es obvio que algunos partidos o movimientos beneficiados en el nuevo reparto (socialdemócratas, comunistas, nacionalistas, antifascistas, etc.) se negarán a perder más adelante su cuota de poder. Por ello es vital que los barrios comiencen rapidamente a ser entidades políticas autónomas, para que puedan jugar su papel en el proceso revolucionario.

Aquí el movimiento libertario tendría que ver qué tipo de tendencia predomina en los barrios, y si se comprueba que hay un ambiente autogestionario y de poder popular, apoyarlo sin reservas, incluso aunque ya se tenga una cuota de poder en el muncipio revolucionario (se supone que si participamos en la revolución, se nos concederá una plaza en el municipio cuando éste esté constituido). El modelo de sociedad que defendemos no es el monopolio de los partidos, si no las democracia de las asambleas, la democracia directa. Si estamos en el comité revolucionario es con el fin de gestionar la ciudad en estos momentos turbulentos, y con el objetivo de que este comité desaparezca sustituido por una entidad legítima, como podría ser una federación de barrios.

Desde un primer instante el nuevo poder municipal se centrará en que la vida del municipio siga un ritmo pacífico y estable. Por tanto será responsable de la seguridad general, mediante la instauración de una milicia que controle tanto la retaguardia y que envíe soldados al frente de guerra. La seguridad es básica, ya que en una situación en la que reine la violencia, el pueblo puede volverse en contra de los revolucionarios. El hambre y la violencia son las dos vías estratégicas por las que el pueblo apoya a un “partido de orden” (lección que supieron aplicar los estalinistas en 1936-37 para dinamitar la revolución social en curso). Nuestro papel es evitarlo a toda costa. Por tanto debemos eliminar a los saboteadores, y crear una especie de cuerpo policial autónomo del viejo orden.

En tanto a la gestion municipal de nuestra entidad municipal ésta deberá centrarse en garantizar los servicios básicos de la ciudad: salud, educación, obras públicas, limpieza, electricidad, agua, transporte, comunicaciones, bomberos… Todos estos servicios tendrían que estar municipalizados, es decir, que ninguna empresa privada tendrá que tener control sobre ellos. Es evidente que los barrios, tendrán que ir asumiendo competencias poco a poco, pero al cambiar la situación de un día para otro, hay que evitar que estos servicios se detengan, ya que la ciudad depende de ellos. Los sindicatos tienen un papel clave en esta circunstancia. Deben educar durante años a los trabajadores en la autogestión, de tal manera que en cuanto se dé la circunstancia propicia, éstos la apliquen automáticamente. Los sindicatos nombrarán comités de gestión de los servicios, y se asegurarán de que éstos funcionen. Entre municipio y sindicatos debería existir un comité de enlace.

A partir de la revolución los hospitales y clínicas deberán estar bajo el mandato oficial del municipio (expropiando a las clínicas privadas), pero gestionados por sus trabajadores mediante consejos, comités o asambleas de clínica. Con las escuelas e institutos o universidades lo mismo, salvo que el consejo rector debería ser mucho más democrático y proclive a la experimentación educativa.

En tanto a las obras públicas, el transporte, el servicio de agua y luz, estas empresas municipales (algunas hoy en día en manos privadas) tienen que tener una plantilla que se dedique a que la ciudad funcione. Son parte importante del municipio, y hacen que la vida diaria tenga visos de normalidad. Las comunicaciones tienen que estar al servicio del pueblo, sin pasar por las empresas. De todos los servicios públicos será el municipio quien se encargue de su salario y manutención.

Ya solo con estas medidas, la vida en los municipios tendrá un aspecto totalmente diferente al  actual, aunque la mayoría de la población siga en trabajos asalariados corrientes.

Extensión hacia la comarca

Uno de los primeros objetivos una vez dominado el propio pueblo, es el de evitar que se nos ataque desde la espalda. Se trata de liberar otros municipios con problemas, y de “contagiarlos” con el espíritu revolucionario. Muchos pueden ver esto como organizar una invasión en toda regla. Se cometen muchos abusos cuando milicianos foráneos imponen el nuevo orden a un pueblo. Esos abusos hay que evitarlos en la medida de lo posible, porque juegan en contra de la legitimidad de nuestra nueva sociedad.

A partir de la liberación de los municipios de los alrededores, se pueden ir trazando estrategias de desarrollo socio-económico de nivel comarcal, por ejemplo, ligando la producción de materias primas de un pueblo a la industria de otro, o mancomunando servicios como hospitales, insitutos, o incluso milicias de retaguardia. Se trata de comenzar a actuar como un conjunto homogéneo y cohesionado antes de pasar a relaciones superiores de nivel provincial o regional.

Entre los sindicatos y los municipios se tendrá que trazar una planificación económica de la comarca. Los trabajadores irán expropiando las empresas más grandes al principio y progresivamente tomando las medianas, hasta llegar a las más pequeñas. También habrá que tener en cuenta la necesidad financiera de las nuevas empresas autogestionarias a la hora de comprar materias primas, transporte, distribución, tecnología, etc.

Asegurando el régimen revolucionario

Como hemos dicho antes, hay que asegurar completamente la retaguardia, y hay que contribuir a  la guerra revolucionaria.

En el primer caso, los milicianos habrán asegurado la ciudad y después de unos días de tensión la ciudad podrá comenzar a tener una vida pacífica. En este caso para la labor policial se podría contar con algunos miembros de la policía anteriores, de perfil demócrata o legalista previamente escogidos por el municipio. Evidentemente éstos tendrían que verse rodeados de militantes de los movimientos revolucionarios, que serán quienes controlen políticamente la situación. Los policías que queden tienen que llevar a cabo labores técnicas (administración, tráfico, etc.)

Si los barrios controlan los checkpoints, la nueva “policía miliciana” se encargará de desarticular a los contrarrevolucionarios organizados y de mantener abiertas las comunicaciones con otros pueblos y ciudades. Tendrán que asegurarse que no haya sabotajes en las industrias clave, que no se sufra una oleada de robos y atracos, ajustes de cuentas, o de ataques contra ninguna minoría étnica, sexual, religiosa y demás. Una revolución que desata una oleada de crímenes será fácilmente derrotada por la contrarrevolución (que en estos casos hasta aparecerá incluso entre compañeros de la lucha de ayer mismo).

Aproximadamente en una ciudad como la descrita harían falta unos 20 checkpoints, con unas 7 personas de media. Esto hacen 140 personas. Además esta milicia ciudadana se completaría con un cuerpo policial municipal, que dada la población del municipio tendría que ser de otros 140 individuos que controlarían otros 15 o 20 checkpoints en las afueras de la ciudad y los accesos, y la actividad policial en el interior del pueblo. Los dos niveles policiales tendrían que combinarse en casos extremos. Son cifras orientativas.

En el caso militar, es posible enrolar a algunos policías o militares del antiguo régimen. Pero sólo si van disueltos entre la tropa y no actúan como una unidad compacta. En la Guerra civil española se tuvo que aprender esta lección, dadas las masivas deserciones de cientos de policías y guardias  civiles al otro bando cuando éstos estaban juntos. Los policías claramente fascistas deben estar encerrados y controlados, o bien estar en los cuerpos de choque del ejército revolucionario. Los que no son fascistas aunque tampoco se hayan definido nunca, deberán estar mayoritariamente en la milicia, también controlados por alguna especie de cuerpo de inteligencia miliciano. Y una minoría  de ellos, como hemos dicho, en los puestos de policía de la ciudad, apoyando con sus conocimientos técnicos a los nuevos milicianos de la retaguardia.

Es un error, como demostró la guerra civil, no desarmar desde el primer día a las fuerzas policiales. Si éstas han colaborado con la detención del golpe militar es muy difícil legitimar su desarme ante una población que los puede considerar “de los suyos” y ante unos partidos que seguramente los querrán controlar y poner a su servicio. La manera de desmontar el cuerpo policial burgués tiene que ser de  lo más sutil para evitar que se encierren en su cuartel esperando que cambie la coyuntura para  actuar en contra de la revolución. Si se los desarticula de una forma humillante, es posible que estemos creando enemigos peligrosos para unos meses después que sabotearán nuestro proceso revolucionario sin dudarlo. La manera propuesta sirve para tenerlos a nuestro cargo aunque vaya en contra de nuestra larga lucha anti-policial. De todas formas esto está por debatir.

La economía autogestionaria

Un municipio revolucionario poco a poco debe ir controlando su economía. Ya hemos visto que la clave en el proceso son los sindicatos y otros entes económicos pre-revolucionarios (cooperativas, redes de consumidores, etc.). Entre todos ellos tienen que tomar a su cargo la sección de economía del municipio y aplicar un programa de expropiaciones y de colectivización. En el caso de las industrias grandes éstas colectivizaciones serán rápidas, en las pequeñas posiblemente solo se lleven a cabo cuando se socialice la producción del ramo entero.

El papel de los anarquistas en las asambleas de barrio y en el consejo municipal transitorio (suponiendo que estemos representados los libertarios, y que los barrios estén todavía en proceso de inter-conexión entre sí) debería ser el de potenciar estas expropiaciones y el proceso de colectivización. Además hay que tener en cuenta factores no habituales como el de las finanzas. Por ejemplo hay que crear una especie de banca pública municipal que pueda financiar las empresas colectivizadas y los proyectos de los barrios. En 1936 la banca siguió en manos de la burguesía, y negaron sistemáticamente el crédito a los revolucionarios. En este caso se trata de ir expropiando bancos y entre todos ellos crear una banca o caja municipal o comarcal que esté al servicio de la comunidad.

Si en nuestra comarca hubiera una industria metalúrgica o minera de cierta importancia, quizás se podría comenzar a crear una industria de guerra. En esto también son clave los sindicatos. La colaboración de los diferentes consejos de economía de los municipios con los sindicatos que gestionen estas industrias dará origen a una nueva rama industrial dedicada a las necesidades de la guerra.

Otra de las prioridades será la de encontrar ocupación para la población desempleada. Una parte quizás vaya a las milicias, pero seguramente la mayoría sigan sin trabajo. En este caso se tendrán que estudiar las necesidades de la comarca o de los municipios y comenzar a contratar a este sector social, que por otro lado también tiene que estar protegido.

Decimos que las capas más desfavorecidas deben estar protegidas en cualquier proceso revolucionario. Protegidas en su seguridad física, pero también en su seguridad económica. Uno de los puntos potenciados por los barrios será la creación de comedores populares. Pero será  el municipio quien deba regular los precios de los productos de primera necesidad, para evitar la especulación y un encarecimiento excesivo que provoque problemas sociales.

Como vemos este municipio tendrá una mezcla de economía mutualista, cooperativista, colectivista y de economía individual (seguirá habiendo trabajadores “autónomos”, tiendas familiares, etc.). Nuestra apuesta es que la economía sea de proximidad, y que de alguna manera esté al servicio de la comunidad, ya sea mediante el control de las industrias por parte de los sindicatos, mediante la gestión municipal o barrial y autogestión de los servicios públicos, o mediante la potenciación de las empresas colectivas. Ante las expropiaciones es probable que nazca el resentimiento entre la clase expropiada, cosa que hay que desmontar antes que se transforme en otra cosa.

Por último hablar de la vivienda, que es un tema importante. Todos los habitantes del municipio deberán tener acceso a la vivienda. Ésta estará municipalizada. Se trata de una medida revolucionaria. Y puede comenzar mediante la expropiación del parque de viviendas de los bancos, y de las grandes corporaciones empresariales. También se le pueden ir juntando las viviendas que pertenezcan a empresas municipales. Y hacer extensiva la expropiación de las viviendas vacías. Estas viviendas vacías darían trabajo de rehabilitación a una serie de trabajadores municipales. El resto de viviendas, de los particulares, podrían seguir en sus manos con un límite en los alquileres. Es una medida extrema que solo se puede hacer rápidamente en situaciones extraordinarias. Si lo  hiciéramos en una situación de paz, sería visto como un claro ataque a la propiedad privada. Lo mismo que con las expropiaciones de empresas estaríamos ante un caso de creación de enemigos potenciales a medio plazo.

Ir a por el todo

Hemos descrito una especie de “soviet” como los que funcionaron en 1919 en Baviera o Budapest, o como los de la revolución rusa hasta que fueron controlados por los bolcheviques. También se dieron muchas de estas situaciones en la revolución francesa, en la Comuna de París, o en la España de 1936-37.

Esta especie de sociedad de transición, de transición al comunismo libertario, necesitará de un movimiento altamente articulado, capaz de congeniar vertientes políticas con las sindicales y hacer que todo funcione según un plan que vaya implantando progresivamente la sociedad colectiva. Llegará un momento en que los partidos menos revolucionarios se plantarán y se negarán a que el proceso revolucionario continúe más allá y plantarán batalla. No siempre será evidente el “campo de batalla”, puesto que no todo son las armas. A veces será mediante el control del pan, otras mediante la vivienda, la economía, las finanzas… la lucha entre la revolución y la contrarrevolución se produce en todos los campos a la vez.

La sociedad revolucionaria tiene que articular sus propias instituciones que son la asamblea de barrio y el municipio. El municipio tendrá que ser una especie de federación de asambleas. Pero hemos visto que no se dará de una manera rápida, y que es posible que tengamos que aceptar un gobierno municipal transitorio. En este caso es recomendable participar, sabiendo que estamos ahí para evitar la contrarrevolución y el sabotaje de la revolución desde una institución con poder. Estamos allí para asegurarnos que el muncipio termina a las órdenes de los barrios y que no es éste quien los aplasta.

La economía debe estar al servicio de la colaboración entre productores y consumidores, es decir, entre sindicatos, cooperativas y la sección de economía de los municipios. En este caso se podrán dar bastantes variantes. Pero la idea es hacer el proceso socializador irreversible, y que el municipio sin apenas darnos cuenta pase en unos meses del capitalismo al socialismo.

De este texto resalto la necesidad de que un colectivo libertario de hoy en día estudie la gestión de los recursos municipales, y comprenda los engranajes de la política municipal. Esto se puede hacer desde asambleas populares de barrio, que ya existen, así como desde grupos especializados de estudio de la ordenación territorial que pueda crear el movimiento libertario en el futuro. De hacer esto, y de estar en permanente relación con el anarcosindicalismo y las empresas en lucha, estaremos mucho mejor colocados ante un posible proceso revolucionario. La formación permanente es la clave. El municipalismo libertario no es ninguna entelequia y debería ser una de las actuaciones principales del anarquismo. Se requieren nuevos estudios sociológicos de nuestras ciudades y barrios para poder llevar a cabo un trabajo político correcto en estos ámbitos.

En los años futuros es posible que la crisis económica actual tenga un impacto definitivo en la transformación de la sociedad avanzada occidental en que vivimos. La crisis energética en ciernes puede llegar a converger con esta crisis económica haciendo que el sur de Europa viva décadas en crisis encadenadas. Por ello la actuación política diaria debe ser la de preparar los barrios obreros y populares para la autogestión a gran escala. La autogestión entendida tanto económica como políticamente, que es objetivo del anarquismo.

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