Espacio geográfico y ciberespacio en el Movimiento 15M

El movimiento 15M ha desarrollado una intensa actividad tomando su lugar en ciudades y pueblos de la geografía española, pero buena parte de sus actividades se han desempeñado en el espacio virtual de Internet en el que surge la movilización. Espacio geográfico y ciberespacio han sido, en primer término, espacios de socialización donde los activistas debatieron la situación de injusticia, formaron una identidad propia y llamaron a la acción. La toma de las calles, las acampadas en las plazas y la descentralización a los barrios cumplen funciones geoestratégica pero también simbólicas que se manifiesta como un desafío a los poderes dominantes y a la consideración hegemónica de la ciudad. En este texto se explora la dimensión estratégica del espacio geográfico y el ciberespacio en las prácticas y representaciones del movimiento 15M.

Introducción

Justificación y antecedentes

El Movimiento 15M es el último ejemplo de una serie de experiencias de movilización surgidas a partir de protestas convocadas mediante el uso de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) o que han destacado por el uso intensivo de las mismas. Con antecedentes en las protestas antinucleares de la década de los ochenta (corrección de La Idea: en realidad es la década de los ’70) o el neozapatismo en la década de los noventa del siglo XX, el uso de las TIC como instrumento de movilización se difunde especialmente a raíz de “la batalla de Seattle”, que en 1999 protagonizó el movimiento altermundista, y de ejemplos como el derrocamiento en 2001 del presidente Estrada en Filipinas, lo ocurrido durante el golpe de estado en Venezuela en abril del mismo año, el noviembre francés de 2000 o, más recientemente, la llamada “primavera árabe” de 2011. En el Estado español las protestas que siguieron a los atentados del 11 de marzo de 2004 y el ciclo de movilizaciones por una vivienda digna en 2006 son ejemplos claros del creciente protagonismo de las TIC en los procesos de movilización social.

En contraposición al clásico movimiento obrero, predominante durante la mayor parte del siglo XX, algunas de estas movilizaciones coinciden en su carácter posobrerista con una línea de pensamiento cuyos orígenes podríamos rastrear hasta los movimientos occidentales de la década de los sesenta. En este sentido, el 15M podría encuadrarse en la noción de los “novísimos movimientos sociales” (NsMS) que para algunos autores serían una evolución de los “nuevos movimientos sociales” (NMS) de los sesenta y setenta[1].

Aun tomando como referencia de partida al movimiento obrero, los NMS se caracterizaban por no articularse exclusivamente en base a la clase social y por sus fines no estrictamente económicos o políticos (en el sentido de la toma del poder del Estado). Por el contrario, cuestiones como la identidad, la cultura o los roles sociales ganarían notable peso, coincidiendo con el giro culturalista posmoderno. Así, movimientos como el feminismo, el pacifismo, el ecologismo, el antinuclear, la solidaridad internacional, la lucha contra la segregación racial, el movimiento estudiantil, el movimiento hippy, mayo del 68 o los movimientos gay y de liberación sexual se caracterizan por la emergencia de nuevos actores que no se identifican exclusivamente por su clase social sino, en mayor o menor medida, por aspectos culturales como el género, la edad, la sexualidad o la etnia. Además, estos nuevos movimientos apelan a la sociedad civil y tienden a desconfiar de partidos, sindicatos y cualquier forma de organización jerárquica.

Los NMS propios de los sesenta y setenta entran en decadencia durante la década de los ochenta y los noventa cuando se produce la contraofensiva conservadora y neoliberal a escala global lo que, unido a la decadencia aparentemente irreversible del movimiento obrero con el que convivían, inicia un periodo especialmente vacío en cuanto a contestación social. El resurgir de las luchas podemos situarlo a partir del ciclo de protesta altermundista que se desarrolla entre los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI. Surgirían entonces los NsMS que entroncan con algunas de las características de los movimientos de los sesenta y setenta pero que al mismo tiempo recuperan la centralidad de las relaciones económicas en el contexto del dominio neoliberal y de la crisis del estado del bienestar.

Los NsMS, en línea con la innovación de los movimientos de los sesenta y setenta, suponen una renovación de las prácticas, los discursos y las formas de organización y acción colectiva. Estos movimientos encontrarán en las TIC y especialmente en Internet una herramienta idónea para satisfacer sus preferencias, en parte debido a la influencia de los NMS entre los inventores y primeros usuarios de la Red[2]. Las TIC serán así una de las infraestructuras de organización de las resistencias, permitiendo la coordinación global de la protesta, facilitando la organización horizontal y la participación directa y ofreciendo oportunidades para la construcción y reconstrucción de las comunidades y por tanto de la solidaridad y la acción colectiva en red. Los factores espaciales o territoriales resultan relevantes en la complejidad de estos nuevos fenómenos de movilización y serán el centro de interés de esta investigación. Entendiendo el espacio no solo en su dimensión física sino también simbólica, podemos advertir la cantidad de fenómenos que pueden ser analizados desde esta perspectiva. En concreto, el 15M resulta idóneo para explorar esta cuestión.

La ocupación simbólica del espacio público, incluidos los cuatro días de agosto de lucha con la policía por recuperar la plaza del Sol de Madrid, la interrelación conflictiva entre el espacio mediático tradicional y el nuevo espacio interactivo en una intensa batalla por el favor de la opinión pública, la descentralización organizativa hacia los barrios de las ciudades y los pueblos por parte del movimiento, el vuelco sobre las campañas contra los desahucios, las críticas a la influencia sobre la política local de las instituciones internacionales tanto económicas (FMI, Banco Mundial) como políticas (UE) que minan la soberanía y el control democrático de la toma de decisiones, etc., plantean una serie de preguntas interesantes para comprender los cambios que se están produciendo en la coyuntura actual, así como las oportunidades que ofrecen las TIC para la acción política.

Por ello es pertinente un análisis de la forma en que diferentes tipos de espacios y a diferentes escalas se están relacionando en el actual contexto tecnológico. ¿Qué cambios supone el contexto actual respecto de las realidades organizativas comunitarias y sus estrategias? ¿Cómo se ven afectadas estas realidades por la evolución de las telecomunicaciones? ¿Qué cambios se están produciendo en las formas de activismo político respecto a estas cuestiones? ¿El espacio virtual suplanta, desplaza o complementa al espacio geográfico a este respecto? ¿Cómo se resuelve la interacción entre el nivel local y el virtual? Estas y otras preguntas que irán surgiendo a lo largo del estudio de caso componen la problemática de esta investigación.

Proposiciones y metodología

La hipótesis de partida es que en la actualidad, para cierto tipo de movimientos sociales, es fundamental la complementariedad del espacio geográfico con el espacio virtual. Aunque aparentemente gana peso el segundo, ante la decadencia de los territorios clásicos del movimiento obrero, se mantiene la necesidad del espacio geográfico para la generación de identidades colectivas[3] y como instrumento fundamental de la acción política[4]. Las particularidades militantes[5], desarrolladas en torno a espacios concretos, en las que se genera el reconocimiento colectivo y el ejercicio de la solidaridad que caracterizan la sociabilidad humana y que permiten la acción política de base, siguen siendo un elemento central que produce con su acción nuevas territorialidades.

Por otro lado, el 15m ejemplifica una movilización hasta cierto punto desclasada y apoyada sobre el espacio de las redes virtuales, pero que busca la forma de materializarse en el espacio geográfico y de vincular su acción a las preocupaciones materiales de las clases populares. El espacio virtual no ha demostrado la capacidad de generación de comunidades estables que sí ha mostrado el espacio geográfico. Sin el tipo de comunidades generadas en torno al espacio geográfico, el desarrollo de estructuras organizativas masivas y estables o proyectos políticos asumidos masivamente es por el momento incierto. Se propone que, en la coyuntura actual, ambos tipos de espacios se complementan, buscando el movimiento nacido del espacio virtual espacios geográficos donde territorializarse, de igual forma que los movimientos surgidos en lo local buscan alianzas y apoyos en el ciberespacio.

Para la comprobación de esta proposición inicial el presente trabajo se sirve del estudio de caso que ofrece el desarrollo de los primeros meses del 15M iniciado en el Estado español en mayo de 2011. Este estudio requiere un análisis de los dos tipos de espacios a los que se ha hecho referencia aquí: En primer lugar, un espacio virtual de donde se incuba el movimiento y en el que se coordina a escala local, estatal e incluso global. En segundo lugar, el espacio geográfico, tratando esencialmente los casos de Madrid, por ser el símbolo más destacado y epicentro del movimiento, y Sevilla, por ser el espacio que los autores de este texto conocen mejor, aunque teniendo en cuenta también otros nodos locales representativos y la coordinación estatal de los mismos.

El enfoque de este trabajo es fruto de la colaboración de los autores partiendo de sus correspondientes disciplinas: por una parte, la geografía humana, que aportará el conocimiento sobre el espacio urbano y el territorio; por otra, la sociología de la comunicación y el uso de Internet para la movilización social. Ambos bagajes personales se complementan adecuadamente para abordar este objeto de estudio multidisciplinar. La colaboración y participación común en movimientos sociales y vecinales de los autores enriquece el presente trabajo que asume la metodología de la observación participante y se encuadra en la tradición de la investigación activista.

Espacio, movimientos sociales y postfordismo

Espacio y estrategia política

Lefebvre[6] distingue tres dimensiones del espacio: las “prácticas espaciales” como la forma en la que se percibe el espacio en la cotidianeidad; las “representaciones del espacio” que se identifican con lo concebido por los saberes técnicos e institucionales, ligado siempre con el poder dominante que construye el espacio para satisfacer sus fines hegemónicos; y los “espacios de representación”, identificados con lo vivido y atravesados por significados creados y modificados históricamente por las personas que lo habitan, espacios de resistencia que desafían a las “representaciones del espacio”. Esta conceptualización tendría su influencia en algunos de los más importantes teóricos contemporáneos del espacio[7]. Harvey[8], por ejemplo, señala las diferentes conceptualizaciones posibles del espacio y como el enfoque elegido depende de los intereses perseguidos. Lefebvre[9], en primer lugar, descarta la perspectiva idealista del espacio vacío, neutral, mero contenedor de acontecimientos. Una concepción positivista que limita el espacio a una suma de lugares, dejando poco para la totalidad. Seguidamente critica la visión estructuralista, típica del primer Castells[10], de un espacio material como mero resultado de los procesos de producción, que deja fuera la propia práctica que la generó y que desdeña los espacios particulares y las diferencias como accesorias o anecdóticas en su tendencia homogeneizante. Desde este punto de vista, el espacio sería un mero epifenómeno de la estructura económica. Por el contrario, Lefebvre[11] propone un espacio, no como concepción ni como resultado de una práctica, sino como mediador entre ambos, instrumento de la política que articula prácticas y saberes. El espacio sería sería el orden de un conjunto de fuerzas productivas, incluyendo en estas la producción y reproducción de las relaciones sociales, en una sociedad urbana progresivamente compleja en la que la reproducción implica la cultura, el ocio, la universidad, etcétera. Así el espacio sería el más importante de todos los instrumentos, como mediación insoslayable de toda práctica social, siempre susceptible a ser manipulada y puesta al servicio de un proyecto político, de un interés particular de clase, grupo o individuo. Si la política es la capacidad de fundar, modificar, refundir, actualizar, intervenir en el conjunto de factores que rigen la sociabilidad, el espacio es el instrumento político por excelencia.

Ahora bien ¿qué capacidad tienen los sujetos para modificar este orden espacial? La práctica de la ordenación del territorio y el urbanismo era vista por los los sociólogos urbanos y primeros urbanistas críticos como la implementación de las demandas de la clase dominante a través de los aparatos del Estado[12]. La capacidad de este para acondicionar el espacio está en el propio significado de su existencia y su relación con los intereses de las clases dirigentes es casi un axioma de cualquier perspectiva crítica. La geografía es un arma para la guerra, pero no solo de los Estados. En su mítico libro, ya Lacoste[13] incluía el planeamiento urbano y la cartografía prácticamente como una herramienta de la geopolítica que podría responder a la acción de diversos sujetos a escala local.

Decía Bolivar Echeverria[14] que uno de los mayores errores que se cometían en el pensamiento contemporáneo, y que atribuía en parte a Hegel, era confundir la política exclusivamente con la acción de los estados, y esta en su forma más pobre, como la política profesional, la política de los profesionales de la política. No obstante, más allá de la política pura existiría siempre un “ejercicio periférico de la actividad política” que no se deja integrar en la política pura, una política espuria y desautorizada que puede, sin embargo, obligar a la política pura a entrar en “concertación”[15]. Si esto sigue siendo verdad, no es menos cierto que uno de los mayores errores que ha podido cometer la izquierda en las últimas décadas ha sido el opuesto, precisamente ignorar la dimensión de la política “pura”. En este sentido, la geopolítica crítica habría anunciado la superación del “fetiche estatal”[16], de lo que hay que rescatar la necesidad de pensar el ejercicio de lo geopolítico fuera de la esfera de las instituciones estatales, pero también puede criticarse la visión estrecha respecto a la relación entre Estado y sociedad. La separación y antagonismo artificial, como si el Estado no fuera una manifestación de la capacidad política de la sociedad y un reflejo de la estructura en clases, habría limitado la capacidad de racionalidad estratégica y actividad práctica de la izquierda.

Lo anterior invita a pensar la geopolítica como un saber espacial estratégico al mismo tiempo que una práctica espacial que puede responder una variedad de sujetos y que puede desarrollarse a diferentes escalas. En esta línea, Mançano[17] defiende territorio como concepto eminentemente político frente al esencialismo de la región. El territorio más común sería el territorio organizado por el Estado. No obstante, también las multinacionales o las comunidades campesinas, tienen capacidad para ordenar sus propios territorios. Por su parte, Harvey se centra en las estrategias espaciales del capital y cómo estas construyen el espacio. El espacio de la propiedad privada sería un espacio con características absolutas y propiedades monopolísticas que permitiría el desarrollo de estrategias concretas por parte de los detentadores del capital[18]. Al mismo tiempo, las fuerzas contrahegemónicas desarrollarían también sus estrategias espaciales, a menudo orientadas a la autonomía y la descentralización, como ejemplifica el caso de los neozapatistas. Así, en su obra reciente este autor señala la necesidad de pensar espacialmente la utopía creando “alternativas espacio-temporales” concretas enraizadas en las posibilidades del presente pero que apunten a su vez a las alternativas posibles en el futuro[19]. Así, el espacio puede ser concebido como un instrumento político de poder para diferentes sujetos. Gobierno, empresas y delincuencia organizada, comunidades organizadas y movimientos reivindicativos intentan adecuar la espacialidad social a sus propios fines. Proyectos políticos territoriales que a su vez contienen estrategias políticas. La política comunitaria y los movimientos sociales se hacen valer en esta geopolítica: impidiendo proyectos de otros agentes, instrumentalizándolos y produciendo desde sus necesidades nuevas territorialidades[20]. Ahora bien, reconocer procesos geopolíticos a escalas menores demanda también no perder de vista que estos se encuentran interconectados a estructuras espaciales complejas de escala superior[21].

En resumen estos autores comparten la consideración del espacio como construcción social e instrumento político por el que se enfrenta las territorialidades de los poderes dominantes y de los intereses de acumulación de capital y representación y la acción estratégica de los movimientos sociales, las comunidades o los pueblos. En este sentido, el 15M ilustra la tensión entre la dimensión hegemónica y antagónica del espacio que se manifestará en la creación de nuevas territorialidades mediante la ocupación y resignificación del espacio de la ciudad.
Espacio, identidad colectiva y particularismos militantes

Como instrumento por excelencia de la reproducción social, el espacio es también elemento fundamental de la construcción de identidades colectivas y de generación de comunidad. Tradicionalmente, la socialización en el seno de comunidades geográficas, en las que se producen las relaciones interpersonales que dan lugar a un sentimiento compartido, es el requisito indispensable para el surgimiento de una identidad colectiva, de los marcos comunes de interpretación de la realidad y de la decisión de emprender la acción colectiva. La industrialización de la época fordista produjo la socialización de los obreros en las fábricas o en las tabernas que permitió la configuración de una conciencia compartida –la conciencia de clase–. Los Cultural Studies han señalado la importancia de esos procesos de negociación de significados en el seno de las comunidades que comparten un mismo contexto social y generan por tanto una cultura propia que interpreta su propia realidad, impulsando la acción colectiva[22]. De hecho los Cultural Studies analizarán la formación cultural de la clase obrera y el papel de las organizaciones y movimientos en la interpretación de los contenidos mediáticos de la cultura hegemónica, que serían mediados en el contexto social y cultural en el que se inscriben los individuos. Así Hall[23] hablará de la descodificación del discurso hegemónico desde una cultura de oposición, Jensen[24] de la existencia de comunidades interpretativas, mientras que Fiske[25], en línea con las teorías de los nuevos movimientos sociales, tratará de esos procesos de interpretación más allá de la identificación con las clases sociales, incluyendo las perspectivas étnicas o de género.

Gamson[26], Melucci[27] y los teóricos de los nuevos movimientos sociales definen la identidad colectiva como el reconocimiento de los individuos como grupo agraviado, primer paso para emprender la acción colectiva. Asumiendo el constructivismo social, Melucci afirma que la identidad es socialmente construida. Con este enfoque critica el dualismo entre las explicaciones de la acción colectiva que enfatizan la importancia de factores estructurales y las que enfatizan el poder de las intenciones situando a los movimientos entre los enfoques objetivistas y subjetivistas. De esta forma, los actores individuales deben organizarse entre sí para formar la acción colectiva y sus creencias y motivaciones no son productos meramente subjetivos, sino que se forman en el interior de un sistema de relaciones sociales, de una estructura social y por tanto de una comunidad geográficamente localizada. La identidad colectiva sería el proceso por el cual los actores producen estructuras cognoscitivas comunes que son fruto del reconocimiento emocional y que les impulsan a la acción, un nivel intermedio en el que los individuos evalúan y reconocen lo que tienen en común y deciden actuar de forma conjunta. Melucci afirma que el estudio de los movimientos sociales suele caer en la “miopía de lo visible” con lo que pretende atender a la fase previa de “formación del consenso”[28] que se produce en el “nivel de latencia” del movimiento[29]. En esta primera fase se genera el descontento y los marcos simbólicos[30] que impulsan a la acción. La definición de la situación compartida depende de la interrelación y la socialización en el seno de las comunidades físicas, aunque en el contexto posfordista y la era de la información las comunidades virtuales adquieren relevancia como lugares de construcción de identidades colectivas y agendas públicas periféricas[31] para la negociación de códigos y discursos alternativos. Así el espacio social en común no basta pero es imprescindible para la constitución de la identidad colectiva ya que esta se establece en un proceso dialéctico y es socialmente construido a través de la interacción social.

Harvey trabaja sobre el concepto de “particularismo militante” de Raymond Williams reflexionando sobre las posibilidades de la política centrada en la comunidad, ligada a un espacio geográfico definido, ante el debilitamiento de las solidaridades construidas en torno a la fábrica como base del movimiento social contestatario en occidente. Fábrica o barrio, el concepto permite reflexionar sobre la fuerza y poder colectivos fundamentados en la existencia de un espacio en común. Harvey atribuye a Williams el pensamiento de que “los seres sociales nunca pueden escapar a su imbricación en el mundo de la naturaleza y que ninguna concepción de la acción política, en último término, podría permitirse abstracciones que no abarcasen este hecho”[32]. En este sentido, la tesis del particularismo militante sostiene que toda acción o estrategia política parte de grupos sociales que desarrollan su visión política en contextos históricos y geográficos determinados[33]. El lugar es un elemento fundamental a partir del cual se establecen lazos humanos. Dentro de estos lazos, la solidaridad entre individuos que se reconocen entre sí y en un espacio común sería un elemento fundamental para el surgimiento de comunidades políticas militantes. Aquí juegan un papel muy importante los procesos de creación y reproducción de identidad colectiva asociada a un espacio concreto. Por ejemplo, para Massey la forma en la que se construye el espacio y la identidad están íntimamente ligadas, en la medida en que las identidades comunales se construyen al tiempo que se construyen espacios como el hogar, el barrio, etcétera[34]. La identidad y el espacio común se construyen de forma simultánea y potencialmente contienen la actividad militante de la comunidad.

No hay que obviar aquí las críticas que exponen que una política basada en la comunidad y en la cultura propia pueden resultar en un tipo de opresión para los pertenecientes a la comunidad y en exclusión para los ajenos a ella. Putnam advierte de que los efectos externos del “capital social”, definido como los vínculos entre individuos “las redes sociales y las normas de reciprocidad y confianza derivadas de ellas”, no siempre tienen por qué ser beneficiosos. Distingue así entre el capital social inclusivo, que tiende puentes, y el exclusivo o vinculante que, al crear una fuerte lealtad de grupo, puede derivar en un fuerte antagonismo hacia el exterior, limitando la comprensión mutua al restringir la posibilidad de confrontar opiniones diferentes, dando lugar a una polarización o “balcanización” de las opiniones potencialmente peligrosa[35]. En este sentido, un elemento fundamental de la conformación de la identidad común es la construcción de un otro. Esta “otredad” actúa a diferentes escalas –igual que los procesos de conformación de identidad– desde elevados niveles de abstracción como la nación o la etnia hasta niveles locales como en las comunidades cerradas y homogéneas social y étnicamente[36]. Así, podemos encontrar formas de comunitarismo profundamente conservadoras y reacias a cualquier tipo de transformación social. En determinados tipos de comunidades de propietarios la política de base tiene por objetivo la conservación de los privilegios, como las famosas estrategias políticas de “no en mi vecindario” o el “a mí qué” con el resto de la ciudad, que se ha preocupado por denunciar Mike Davis[37]. Respecto a la comunidad como espacio político y la cuestión de la descentralización, siguiendo a Harvey, para los privilegiados “la comunidad significa a menudo garantizar y aumentar los privilegios ya obtenidos. Para los marginados, significa demasiado a menudo controlar su propio barrio pobre. Las desigualdades se multiplican en lugar de disminuir. Lo que parece un procedimiento justo, produce consecuencias injustas”[38]. De forma similar, Hardt y Negri[39] rechazan la política en torno a la identificación territorial, relacionándola fundamentalmente con una política excluyente o incluso reaccionaria, teniendo en mente sin duda los nacionalismos occidentales. Por el contrario, Massey[40] si que ve el potencial de estas identidades que demandarían la construcción de otros lugares, de nuevas territorialidades. La comunidad sería precisamente un prerequisito para cualquier planteamiento de democracia directa (aun cuando Massey no descarta la democracia representativa tal como la conocemos), siendo así la identificación con el lugar la base desde la que desarrollar una política radical. Por lo tanto, la cuestión de la descentralización y el comunitarismo resultan una cuestión problemática, pues mientras Harvey o Davis advierten sobre sus peligros, sin duda esta ha sido una estrategia espacial transformadora y un elemento fundamental de la utopía socialista. Así Lefebvre afirmaba que mientras no existiese intervención directa de la población en la construcción de sus propios espacios y en su autogestión “a la escala de comunidades urbanas locales, mientras no se den tendencias a la autogestión (…) faltará siempre un dato esencial para la resolución del problema urbano”[41]. Otro autor que concede una importancia fundamental a la autogestión del espacio en el surgimiento de la acción política de base es el primer Castells[42], que afirmaba como elementos esenciales de los “movimientos sociales urbanos” sus objetivos de consumo colectivo y autogestión basada en el territorio.

El problema fundamental aquí sería el paso de lo particular a lo universal, que Harvey presenta como una relación dialéctica. La concepción de Harvey interpreta este salto como un proceso en el que conceptos como la justicia social se concretan en las situaciones particulares y adquieren su rango universal a partir de la abstracción de estos casos[43]. La comunidad traduce la problemática general en problemáticas concretos, interiorizando impulsos generados desde el exterior. A su vez, el movimiento se nutre de los distintos particularismos militantes. Para que el particularismo militante se convierta en parte de una fuerza transformadora necesita extenderse en el espacio y en el tiempo, formando parte de procesos políticos más amplios. El 15M parece haber creado ese espacio más amplio, sirviendo a las luchas locales en tanto inflexión simbólica y referencial, impulsadas por el nuevo marco reivindicativo del movimiento y que a la vez alimentan un proceso de movilización más general.
Las transformaciones del espacio contemporáneo: Posfordismo y crisis del espacio público

Durante los últimos cuatro decenios el mundo ha sufrido enormes transformaciones económicas, políticas y culturales íntimamente relacionadas. El término posfordismo es un concepto útil para entender la dimensión socioeconómica y política de esta transformación que, a su vez, habría tenido una fuerte relación con el giro cultural posmoderno. Estas transformaciones son producto del largo periodo de reajuste del sistema económico capitalista, que daría lugar a un fuerte cambio de los marcos políticos e ideológicos en los que se desenvuelve la vida social ante la obsolescencia del modo de regulación fordista-keynesiano. Este habría estado caracterizado por la negociación colectiva y las políticas sociales típicas del estado plan o estado del bienestar (salarios indirectos, control de sectores productivos estratégicos, etcétera). Medidas institucionales vinculadas a un sistema de producción de series de mercancías estandarizadas, estructurado por la línea de ensamblaje y que tomaba ventaja de las economías de escala, modelo hegemónico durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial[44].

Es común ubicar la fecha del fin de este modelo en la década de los setenta, como consecuencia de las crisis consecutivas que acontecieron durante dicho periodo[45]. La solución para el impacto estanflacionario del estado del bienestar keynesiano y su creciente crisis fiscal se habría dirigido a la creación de un estado de trabajo (workfare state) de corte schumpeteriano, lo que habría supuesto, entre otras cuestiones, la subordinación de la política social a las necesidades de un mercado de trabajo flexible[46]. Este modo de regulación posfordista habría encontrado su principal pieza ideológica en el ascenso del neoliberalismo como pensamiento político hegemónico[47] y habría dado lugar a un intenso proceso de acumulación por desposesión en favor de las élites económicas[48]. Las consecuencias de los cambios introducidos sobre los espacios comunes pueden observarse en la disgregación de las comunidades obreras fordistas basadas en la fábrica y el barrio, el declive del espacio público y su creciente mercantilización o incluso el proceso globalizador que mina la soberanía política basada en el control efectivo de un territorio claramente delimitado, tal como era ejercido por el estado-nación[49].

Si bien la industrialización y la modernidad rompieron los lazos sociales y las comunidades rurales tradicionales, la gran fábrica fordista crea de hecho nuevas comunidades en las que se harán fuertes las incipientes organizaciones obreras. Estos espacios, donde conviven y se reconocen individuos con una situación estructural común –la condición de clase–, permiten la creación de subjetividades compartidas –la conciencia de clase–, de las organizaciones para la acción colectiva –el partido y/o el sindicato– y de las formas de movilización características del movimiento obrero –la huelga o la manifestación–. En este sentido Bloch afirma que la revuelta agraria parece ser tan inseparable del régimen señorial como la huelga lo es de la gran empresa capitalista[50]. Sin embargo, los cambios del capitalismo posfordista han destruido o debilitado en gran medida este tipo de territorialidades. Este proceso disgrega la fuerza de trabajo en una estructura productiva que ya no se fundamenta en las grandes cadenas de montaje[51]. Los cambios en la organización del trabajo industrial, y su aplicación al sector terciario, han dado lugar a una mano de obra cada vez más heterogénea y segmentada[52]. El cambio en el tamaño de las empresas disgrega la mano de obra, limitando el tamaño de la comunidad en los centros de trabajo; la precarización, la temporalidad y la constante rotación de los trabajadores dificulta la identificación del obrero con un grupo estable de referencia; las políticas de incentivos individuales, el ascenso por méritos o las escalas salariales diferenciadas limitan la solidaridad grupal y promueven el individualismo encarnado en la imagen mítica y exitosa construida en torno a la figura del emprendedor. Todas estas tendencias disgregan, estratifican y limitan el sentimiento de pertenencia al grupo y de solidaridad característico de las comunidades obreras, un proceso que, indudablemente, también afecta a los espacios de reproducción, el barrio obrero, cuya crisis en determinados casos puede ser tan profunda como la de la fábrica. Así, a finales de los sesenta, Lefebvre ya anunciaba cómo el automóvil, la movilidad geográfica y social o los medios de masas estaban “desgajando” a la gente del espacio y el territorio: “Las relaciones de vecindad se atrofian, el barrio se desmorona”[53]. Estos procesos habrían conducido en gran medida al abandono de las estrategias de clase como política antagónica en occidente. Los grupos sociales solo se transforman en clases políticas cuando toman consciencia de su lugar en las estructuras sociales y deciden actuar consecuentemente y afirmarse políticamente de acuerdo a un objetivo común. No obstante, León[54], respecto del sujeto de la geopolítica contemporánea, aboga por un sujeto colectivo flexible, en constante mutación y de configuración múltiple que no está establecido en sí mismo de manera permanente. Así, el sujeto histórico de la lucha de clases podría estar presente hoy día en la práctica de los movimientos sociales, frentes amplios o masas sociales.

Harvey[55] relaciona las profundas transformaciones en el marco económico del tránsito del fordismo al posfordismo con el cambio cultural hacia la posmodernidad. Una flexibilidad posmoderna dominada por la ficción, el capital financiero, los mercados laborales precarios y los nichos de consumo. Una cultura progresivamente individualista que fomenta una diferencia que es expresada principalmente a través del consumo. En este sentido, el capital ficticio habría ido ganando peso dentro de la estructuración de la ciudad y de distintos sectores urbanos, la compra y consumo de mercancías se habría convertido en una actividad crecientemente mediada por imágenes culturales difusas y se habría podido apreciar una tendencia a la estilización de la vida por parte de las clases medias[56]. En la medida en que en el contexto posfordista la economía de mercado se impone sobre la política, el ciudadano es cada vez más considerado fundamentalmente como consumidor. También la política se convierte en la práctica de seleccionar entre una serie de bienes simbólicos, sin cuestionamiento ni compromiso en la creación de dicho bien, una concepción consumista de la misma que supone la eliminación de la idea de bien público. La redefinición de la ciudadanía como una actividad de consumo supone un cambio en la percepción de los valores y de las instituciones sociales, de forma que también en los servicios públicos se impone gradualmente el privilegio del consumidor sobre el bienestar común[57].

El nuevo espacio construido resulta un instrumento fundamental que media entre la ideología política dominante y la nueva cultura urbana, por un lado, y la configuración de los medios de reproducción, por otro. El ataque hacia lo colectivo y la separación de los ciudadanos convierte los espacios públicos en espacios de consumo, cuya principal función deja de ser el encuentro y se aleja cada vez más del ágora como espacio de debate y expresión de la soberanía. El nuevo espacio público pasa a ser controlado por intereses privados y gestionado para el propósito más elevado de la nueva sociedad: el consumo individual y conspicuo[58]. La propia diversidad urbana desaparece, el centro comercial global, idéntico en cualquier metrópolis contemporánea, sustituye a la plaza históricamente construida de cada ciudad y la calle deja de ser un lugar de encuentro para limitarse a constituir un lugar de tránsito entre espacios públicos privatizados y fuertemente controlados. Estas cuestiones dificultan notablemente la construcción política progresista y transformadora, en la medida en que pierde importancia la comunidad y las solidaridades desarrolladas en el espacio común frente a las relaciones mediadas por mercancías. Así, la política basada en la comunidad de base en occidente tendería a volverse cada vez más conformista, cuando no conservadora[59]. Estas han sido tendencias notable en los países occidentales en el periodo denominado como fordista, no obstante, es necesario tener en cuenta que el lapso de los últimos cinco años ha venido protagonizado por una crisis del postfordismo, que permite poner en cuestión las certezas de los años de prosperidad económica.
Ciberespacio y comunidades virtuales

De forma similar al espacio geográfico, en Internet se crean comunidades en base a intereses compartidos, estableciéndose nuevos tipos de relaciones a través del espacio virtual y surgiendo nuevas formas de socialización. Las comunidades virtuales o cibercomunidades se construyen sobre afinidades, intereses comunes e identificaciones mutuas de forma independiente a las proximidades geográficas y suponen una reconstrucción de la comunidad en el ciberespacio.

El concepto de ciberespacio remite a la metáfora del espacio público mediático descrito por Habermas[60] como continuación del espacio geográfico de los salones y los cafés en los que, desde el siglo XVII en Inglaterra, se configuró la opinión pública, expandida gracias a la publicidad de los debates en los medios de comunicación. Así, el espacio público, como lugar de debate de los asuntos comunes, se ha trasformado desde el paradigma del ágora griega hasta las nuevas posibilidades de comunicación colectiva que representan la imprenta y los periódicos que surgen en el siglo XVIII (la galaxia Gutenberg) y que tendrá continuidad con la radio, la televisión (la galaxia McLuhan) e Internet.

Algunos autores[61] prefieren el concepto de ciberlugar para subrayar la corporeidad y la continuidad entre espacios físicos y virtuales. El ciberlugar, como el ciberespacio, estaría definido por la interacción, pero una interacción explícitamente corpórea y percibida como tal en el espacio y en el tiempo. Una interacción que no se limita al uso compartido de un mismo medio sino a una verdadera relación mantenida entre un cierto grupo de personas que se comunican asiduamente. El ciberespacio o ciberlugar, con las posibilidades de interacción, la horizontalidad o la bidireccionalidad de las TIC, se configura como un verdadero espacio de comunidad, una comunidad sin proximidad según Webber[62], en contraste con los medios masivos tradicionales en los que la unidireccionalidad establece relaciones mediadas y no directas entre los individuos que conforman un público atomizado y masivo. Así mientas que la televisión ha sido identificada por Putnam como el agente que más ha influido en la pérdida de lazos comunitarios en forma de capital social, tras descartar en gran parte otros factores como la residencia en barrios periféricos, la globalización, el cambio de estructuras familiares o las presiones financieras y temporales, Internet es señalado como un factor facilitador ya que el capital social es cosa de redes, e Internet es la red que culmina todas las redes. En este sentido, la interactividad de la Red la hace más similar a medios como el teléfono, el cual, aunque trasladó la comunicación de los espacios públicos a los hogares, pudo aumentar, en vez de disminuir, los lazos sociales de sus usuarios[63]. Asimismo, aunque ciertos autores[64] han alertado de un posible aislamiento de los usuarios de la Red y de su influencia negativa en la sociabilidad (reducción de los lazos sociales, del tiempo dedicado a establecer relaciones sociales o del bienestar psicológico de los usuarios)[65], otros constatan que los usuarios de Internet aumentaron el tamaño de sus redes sociales, se relacionaron más con su entorno afectivo y se implicaron más en causas comunitarias[66]. Estos estudios serían coincidentes con las conclusiones de Fischer[67] sobre el teléfono que junto con la Red constituirían medios de comunicación interpersonal e interactivos, en contraposición a los medios masivos y unidireccionales como la televisión, si bien internet puede actuar también como medio de masas o lo que Castells[68] denomina “medio de autocomunicación de masas”.

Internet permite por tanto establecer fuertes relaciones sociales entre personas que no comparten el mismo espacio geográfico pero sí un espacio virtual o ciberespacio. Howard Rheingold[69] difunde el término de comunidad virtual como agregaciones sociales que emergen de la Red cuando un número suficiente de personas entablan discusiones públicas durante un tiempo lo suficientemente largo, con suficiente sentimiento humano para formar redes de relaciones personales en el ciberespacio. En este sentido, Colle[70] distingue dos tipos de comunidades virtuales: la pseudocomunidad formada por todas las personas que usan con cierta frecuencia un mismo canal, comparable con la comunidad de los suscriptores de una revista en su nivel mínimo de interacción; y la comunidad digital formal con muchos de los componentes que caracterizan una verdadera comunidad social: objetivos, valores, lenguaje y experiencias comunes, así como un cierto espacio, aunque éste es la red y no un espacio geográfico limitado. Este tipo de comunidades formales cumpliría la necesidad de que la interrelación sea mantenida y genere la confianza y empatia propias de los espacios realmente comunitarios.

Internet tiene dos propiedades con una importante implicación para los movimientos sociales: el desenclave temporal y la deslocalización[71]. Ambos facilitan la participación de los individuos en la acción colectiva en movimientos en los que el tiempo disponible para la participación es un recurso escaso[72]. El desenclave temporal permite la implicación de los activistas adaptándose a su disposición de tiempo en colectivos no profesionalizados en los que no existe una élite remunerada con dedicación a tiempo completo que se encargue de la gestión y de la organización. A través de la comunicación asincrónica se flexibiliza la necesidad de participar en un momento concreto ampliando la posibilidad de involucrarse en la organización y el diseño de la acción colectiva. La deslocalización permite crear comunidades de interés constituidas por criterios de afinidad e independientes de la situación geográfica. Comunidades en las que individuos dispersos o aislados físicamente tienen la oportunidad de encontrarse y trabajar en común, generando la masa crítica suficiente de personas para impulsar y animar a la acción colectiva. Las comunidades en Internet constituyen en este sentido “esferas públicas periféricas” que contrastarían y cuestionarían la “agenda pública central” dominada por los medios convencionales[73]. En las redes sociales se daría una deliberación popular directa[74] en la que el público, gracias a las TIC, se expresa sin la mediación o al margen de los comunicadores profesionales. Una deliberación de enclave en palabras de Sunstein[75] que constituiría el núcleo duro capaz de romper la espiral del silencio[76]. La constitución de comunidades en Internet facilitaría así la construcción de identidades colectivas alternativas que, gracias a la agregación de intereses entre personas geográficamente distantes, alcanzarían la masa crítica suficiente para llegar al umbral crítico de rebeldía[77]. Así, las comunidades virtuales actuarían como clústeres de una red capaces de generar focos de innovación influyentes.

La socialización de los nuevos movimientos se produce por tanto en nuevos espacios, tanto geográficos como virtuales. En las comunidades virtuales de Internet se da esa socialización que no sustituye los encuentros físicos pero que complementa y amplía las relaciones de comunidad más allá de un ámbito geográfico determinado. Si la agregación de intereses ya no pudieran basarse en una situación estructural común debido a la transformación del sistema productivo, las comunidades en Internet en torno a códigos culturales e intereses compartidos podría ser un complemento de esos espacios de socialización en crisis. A través del flujo de informaciones en Internet la identidad como grupo perjudicado puede construirse socialmente. A partir de ese reconocimiento colectivo el movimiento se autoconcibe a sí mismo como actor social (marco de identidad) y puede por tanto definir el problema y a los adversarios (marco de diagnóstico o de injusticia) y la estrategia para solucionarlo (marco de pronóstico) a través de la acción colectiva[78].

Espacio virtual y territorialidad en el movimiento 15M

Dentro de las primeras fases del Movimiento 15M se constata, como en casos precedentes, la pujanza del espacio virtual como herramienta organizativa para los movimientos sociales. No obstante, desde un principio juega un papel igual de importante la toma simbólica de los espacios geográficos, donde el movimiento toma una dimensión material y visible. Más adelante, el 15M ha desarrollado toda una serie de estrategias espaciales más o menos acordes con el discurso que ha abanderado desde sus inicios (democracia radical, relación público-privado), como sería la descentralización en asambleas de barrio o la toma de instalaciones y su transformación en centros sociales, la mismo tiempo que ha mantenido una fuerte presencia en las redes virtuales.
Los indignados: Precedentes y gestación del movimiento

De acuerdo con Melucci, es necesario atender a las fases previas de formación del movimiento, en nuestro caso a analizar el Movimiento 15M antes del 15 de mayo de 2011[79]. En relación al uso activista de Internet conviene centrarse no solo en el proceso previo de organización y coordinación de la primera manifestación, ya que en ese proceso el movimiento ya estaba activo aunque no fuera públicamente visible, sino al largo proceso de “formación del consenso” que se produce en el “nivel de latencia” del movimiento.

En esta primera fase se genera el descontento y los marcos simbólicos que impulsan a la acción. La definición de la situación compartida depende de la interrelación y la socialización en el seno de las comunidades físicas o virtuales. En el contexto posfordista y la era de la información, las segundas adquieren relevancia como lugares de construcción de identidades colectivas, particularismos militantes y agendas públicas periféricas para la negociación de códigos y discursos alternativos.

En el Movimiento 15M o de los “Indignados”, la generación de esa indignación y el papel de Internet en el proceso es el primer aspecto a tener en cuenta para analizar los usos activistas de las nuevas tecnologías. El papel de la Red se basa en que muchos de los temas causantes de la indignación se debaten a través de ella. La ley Sinde, ampliamente contestada en Internet, es el mejor ejemplo de ello. Tras la aprobación de la misma surge la iniciativa #nolesvotes[80] a partir de la etiqueta (hashtag) promovida en Twitter por conocidos blogueros y usuarios de la red, antecedente directo del Movimiento 15M. Así, el debate y la información que circula en la Red, genera un consenso de forma independiente a los medios tradicionales que acaba imponiéndose, como demuestra el hecho de que la Ministra Sinde llegue a ser la peor valorada del ejecutivo en su momento. Otro ejemplo es la campaña #eurodiputadoscaraduras. El 6 de abril los principales medios de comunicación se hacen eco de la noticia del rechazo a una propuesta en el Parlamento Europeo para que los eurodiputados viajen en clase turista en los trayectos cortos. La noticia, en un contexto de crisis y fuertes recortes sociales, causa revuelo en la Red y es a través de esta que llega a los medios tradicionales. El periódico El País titula “Los eurodiputados quieren seguir volando en primera” y subtitula “La medida causa indignación en la red y el PSOE rectifica su voto”[81]. El telediario de TVE abrirá con la noticia haciendo también referencia a las redes sociales[82] y lo mismo harán otros noticieros nacionales como el de Antena 3[83]. En el tratamiento de los medios sobre el tema se evidencia cómo la noticia adquiere relevancia en los medios tradicionales por el fuerte revuelo causado en la Red. La agenda periférica[84] de Internet influye así en la agenda mediática central. Una noticia que en principio pasa desapercibida para los medios tradicionales es priorizada por los ciudadanos en las redes sociales y ejemplificará la crítica a la clase política como parte fundamental del discurso del 15M.

Otra iniciativa a destacar, anterior en el tiempo, es la reacción a la campaña publicitaria con el lema “Esto solo lo arreglamos entre todos” impulsada por la Fundación Confianza que agrupa a los mayores bancos y empresas españolas[85]. Esta campaña de márketing pretende recuperar la confianza de los consumidores y hace un uso intensivo de las redes sociales junto con la publicidad convencional. El mensaje de la misma llama a la responsabilidad compartida por la crisis económica lo que enciende los ánimos de muchos internautas que entienden que los bancos y empresas que promueven la campaña son los verdaderos responsables de la situación, mientras que el coste de la crisis es asumido por las clases trabajadoras. En respuesta surgen multitud de páginas, grupos y eventos en la misma red Facebook utilizada por la campaña oficial, pero con un mensaje crítico. Los medios tradicionales como El País[86] y ABC[87] se hacen eco de la noticia. El resultado es una enorme difusión de las contracampañas críticas con la campaña oficial y el debate entre múltiples grupos que comparten información y se sumarán posteriormente a la iniciativa del 15 de mayo.

Estos tres ejemplos ilustran cómo desde Internet y las redes sociales se reinterpretan las informaciones de la agenda mediática tradicional con un sentido crítico que influye en estas mismas agendas. En la red se configuran socialmente los marcos de injusticia que señalan los problemas (la ley Sinde, la crisis, la postura inicial de los eurodiputados) y a los culpables (PSOE, PP y CIU como votantes de la ley Sinde, las grandes empresas y bancos de la Fundación Confianza, los eurodiputados y la clase política en general), así como los marcos de acción para hacerles frente[88].

Estos ejemplos muestran el papel destacado de Internet y las redes sociales para generar interpretaciones alternativas de la realidad, marcos comunes de significados, sentimientos de pertenencia al grupo e identidades colectivas como paso previo para el llamamiento a la movilización que surgirá de las propias redes virtuales y pondrá de manifiesto la existencia de un actor colectivo –Los Indignados– construido, en parte, en base a la interacción en la Red y especialmente a través de la propia movilización. Sin embargo, no hay que olvidar la importancia de los espacios geográficos de socialización y los colectivos a ellos ligados como Juventud Sin Futuro, colectivo que surge de las asociaciones de estudiantes, especialmente en la Universidad Complutense de Madrid, o el colectivo Estado de Malestar, organizado en la Red pero que desde hacía meses venía convocando concentraciones ante los ayuntamientos de las principales ciudades.

Otros espacios organizativos y movimientos con fuerte arraigo geográfico no juegan un rol tan importante como detonante o en los primeros momentos de la movilización, pero van ganando peso conforme el tiempo pasa y el movimiento comienza a adoptar algunas configuraciones más estables, ancladas en el espacio geográfico. Un ejemplo destacado es el de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca que surge de hecho como organización heredera del movimiento por la vivienda digna de 2006, convocado a través de Internet por un e-mail anónimo. El movimiento, igual que el 15M, había tomado la calle dando lugar en Barcelona y otras ciudades a las asambleas de VdeVivienda o, simplemente, Vivienda Digna, de las cuales, en parte, surgiría posteriormente la PAH. Aunque los perfiles predominantes del movimiento de 2006 eran jóvenes y en muchos casos activistas, el grueso de los componentes de la PAH vendrán a ser afectados por la crisis y los desahucios, desconocedores de los procesos asamblearios que se dieron de 2006 a 2008. Otros movimientos que ganarían importancia con el tiempo serían el movimiento okupa, con un peso notable en el estado desde finales de la década de los ochenta, enmarcado dentro de los nuevos movimientos sociales españoles posteriores al proceso de Transición política. Asimismo, es relevante la importancia de la preexistencia de redes de asambleas de barrios que, en las principales ciudades del país, que generan evidentes sinergias con el movimiento, casos de Madrid, Barcelona y Servilla.

Movimientos típicamente virtuales como Anonymous o #nolesvotes y grupos más “reales” como Juventud sin Futuro o ATTAC se coordinarán en la Plataforma que lanza la convocatoria para el 15 de mayo, en la cual confluyen personas con activismos diversos y campañas originadas por sus diversos colectivos o ámbitos de la red mostrando el carácter híbrido del movimiento. La creación en la Red de colectivos e iniciativas y del discurso de la indignación es un paso previo a la movilización, pero esta construcción está lejos de ser algo acabado, al contrario, cambia radicalmente durante la propia movilización y con posterioridad a la misma. Tras la primera manifestación, la identidad colectiva del 15M sufre una doble transición, de la etapa de latencia a la de actividad y del entorno virtual de las redes de Internet al geográfico de las plazas y barrios de la ciudad (sin abandonar el primero), al mismo tiempo que la masa movilizada y su actividad desborda por completo a los colectivos convocantes. A partir de esta transición, la identidad y los marcos simbólicos construidos previamente se transforman incorporando al debate en las redes el diálogo directo en las calles y plazas. Se incorporan también formas de acción directa que ya estaban siendo llevadas a cabo por otros colectivos, como la paralización de desahucios que en principio organizaba la PAH o las ocupaciones con destino a centros sociales, típicas del movimiento okupa. Con la territorialización del movimiento y su primera demostración de fuerza se incorporan nuevos perfiles de activistas, que incluye tanto a una mayoría no politizada previamente como a activistas de la izquierda clásica, en conjunto con una notable heterogeneidad social y demográfica, que dan lugar en la práctica a la emergencia del movimiento como tal, y a la vez se abren nuevos escenarios para el diálogo en las plazas y barrios.
La toma de las plazas

La tensión entre las dimensiones hegemónicas y antagónicas del espacio se refleja claramente en el 15M, que se apropia del espacio público no solo con fines funcionales y operativos, como la celebración de asambleas, sino también como desafío simbólico a los poderes dominantes[89]. El llamamiento a tomar el espacio público es constantemente reflejado en los lemas del movimiento, desde el “toma la calle” del 15 de mayo hasta el “toma la plaza” tras la primera manifestación y el “toma los barrios” cuando el movimiento abandona las acampadas y se descentraliza geográficamente. Pero podemos observar esta tensión entre consideraciones contrapuestas del espacio especialmente en la etapa de las acampadas.

Así, la plaza del Sol de Madrid, con una carga simbólica evidente como espacio central por excelencia, como una mercancía-lugar, espacio turístico, comercial y de ocio, pero también como espacio de ejercicio del poder político, albergando la sede de la Comunidad de Madrid, se convierte pronto en el centro simbólico del movimiento y es tomado por la multitud. La oposición entre representaciones hegemónicas del espacio y la plaza, como espacio de representación del movimiento, se pone de manifiesto en el enfrentamiento entre su función esencialmente comercial y la resignificación que el 15M pretende darle, como ágora y centro de operaciones de las movilizaciones. Esta contradicción se expresa en el supuesto perjuicio a los comerciantes, que se esgrime como argumento de denuncia y estigmatización contra el movimiento. Así, la oposición desde la política hegemónica al movimiento señala el daño generado a la mercancía-lugar, la supuesta mala imagen para el turismo de una plaza tomada por los manifestantes y el supuesto perjuicio económico a los comercios de la zona (dando cifras claramente inconcebibles de pérdidas de puestos de trabajo). El discurso en torno a los intereses comerciales y turísticos, más que un detalle menor, refleja con profundidad la dinámica de los valores hegemónicos del beneficio privado frente a los intereses colectivos. Igualmente la masiva desobediencia ante la prohibición de la Junta Electoral Central, que supone mantener la acampada en la jornada de reflexión, manifestará simbólicamente el cuestionamiento de la ley como valor supremo del sistema, establecido por encima de la justicia como ideal universal. Con la ocupación de la plaza, una estrategia con mucho bagaje antes y después en el plano internacional, no solo se desafían las normas legales y los intereses particulares sino el discurso y los valores hegemónicos.

El poder simbólico de Sol se reflejó cuando, el 2 de agosto, la policía desalojó el punto de información instalado por el movimiento. Durante unos días, policía y manifestantes se persiguieron en torno a la plaza hasta que la policía llegó a cerrarla completamente, incluyendo las paradas de metro. Tras toda una jornada con la plaza desierta tras un cordón policial, el 5 de agosto este se disolvió, lo que desembocó en la toma de la misma por los manifestantes, que celebraron allí su victoria simbólica para luego disolverse de nuevo. Esto muestra que más que un fin operativo la recuperación de Sol era un reto simbólico. En esos términos actuó la policía, por orden del poder político, al intervenir contra un punto de información que no suponía ningún obstáculo para la actividad cotidiana de la plaza, llegando con su propia actuación a bloquear efectivamente la actividad comercial y de ocio. Una acción que puede entenderse como desquite tras la imposibilidad de desalojar la concentración ilegal de la acampada. Y en esos términos actuaron también los manifestantes al empeñarse en recuperar un lugar, que ya habían abandonado voluntariamente en el proceso de descentralización de las asambleas.

En Sevilla la acampada tendrá lugar en otra mercancía-lugar que representa como ningún otro espacio la explicitación de la alianza del poder político y el poder económico en su necesidad de representarse en espacios simbólicos de la ciudad. La plaza Mayor de Sevilla, localizada en el centro geográfico del enorme recinto amurallado de la ciudad, forma parte del conjunto denominado Metropol Parasol. Es esta una construcción espectacular y con desdén por la funcionalidad y que la ciudadanía acabaría renombrando como “las setas”. A ras de suelo, un centro comercial donde prima el comercio hostelero y las franquicias, mientras que en altura, sobre los parasoles, los miradores se convierten en restaurante de lujo con veladores. La gestión de toda la instalación fue cedida a la empresa constructora Sacyr, incluyendo la propia plaza Mayor, ubicada en altura sobre los comerciales y que cuenta con seguridad y mantenimientos privados, siendo privatizable y privatizada para la realización de eventos de distinto tipo, un ejemplo inmejorable del urbanismo postfordista antes mencionado[90]. El proyecto, y la urgencia por ser inaugurado justo antes de las elecciones municipales, estando todavía en obras, expresa la urgencia del gobierno municipal por dejar su sello en la ciudad a costa de 86 millones de euros a través de una obra indiscutiblemente faraónica. Sin embargo, inesperadamente, la verdadera inauguración social del espacio tendrá lugar a partir de la toma de la plaza por la ciudadanía en los días posteriores al 15 de mayo de 2011, fecha a partir de la cual el lugar se convierte en punto de llegada de las manifestaciones y lugar diario de concentración, otorgándole al espacio un sentido opuesto al inicialmente previsto. La creatividad desbordante de esos días dio lugar a la modificación estética y funcional del espacio, una reordenación popular del territorio. Convertido en campamento, junto a las setas crecieron bibliotecas, puntos de información, tiendas de campaña y salas de Internet (un ejemplo de punto de conexión entre los espacios geográficos y virtuales del movimiento). La propiedad privada y el orden público desaparecieron sin dejar rastro dejando al pueblo solo con sus propios dilemas, sus propias dudas y con una clara intención de reivindicar la ciudad como espacio de la gente y de la vida y no como espacio de consumo y control. Se da la paradoja de que las espectaculares imágenes de las concentraciones en un escenario tan peculiar, ampliamente difundidas por los medios de comunicación, darían a conocer la obra de forma más efectiva que las campañas de promoción oficiales, al mismo tiempo que las propias protestas se beneficiaron a nivel propagandístico de la particular estructura de la obra. El nuevo escenario abierto por el 15M tuvo su colofón cuando el exalcalde de Sevilla e impulsor del proyecto tuvo que entrar por la puerta de atrás a su propio homenaje de despedida, organizado por su partido en el restaurante de lujo de la plaza, ante la concentración de indignados del 15M que le esperaban para increparle. El espacio controlado por dispositivos de seguridad privada y perfectamente regulado en su función de extraer beneficios, acabó siendo tomado por una multitud espontánea que lo modificó y lo recreó llegando a cambiar el nombre de la plaza por “Plaza del 15M” de forma similar al nombramiento de la plaza del Sol como “Plaza de la Sol-ución”. Nombrándolas, el movimiento se apropió simbólicamente de ellas.

Así, las plazas se convirtieron en el “espacio de representación” del movimiento que cuestionaba las “representaciones del espacio” por parte del poder. Pero las acampadas supusieron también un desafío temporal. En línea con la idea de la necesidad de crear alternativas espacio-temporales, no solo el espacio fue subvertido sino también los tiempos. Esto se manifestó en la preocupación de los poderes públicos y privados por la indefinición del periodo de ocupación de las plazas. Desde la restringida visión del fenómeno por parte de estos poderes, se pensará primero que la toma de la plaza consistiría en un acto puntual, luego que sería disuelta por la prohibición de la Junta Electoral y posteriormente que se disolvería tras las elecciones que equivocadamente se consideraban el objetivo del movimiento. La permanencia tras el 22 de mayo desbarató todos los pronósticos y expresó el alcance de la crítica del 15M, que no se limita a un partido ni a la labor de un gobierno concreto, lo que se solucionaría tras la alternancia provocada por el resultado electoral, sino que se dirige a la raíz del sistema y cuestiona la democracia parlamentaria en su conjunto, como expresa el lema “democracia real ya”. De esta manera, la incertidumbre sobre la fecha de desmantelamiento de las acampadas desafía no solo a los poderes dominantes sino también a las formas y los tiempos de la política institucional. Frente al supuesto pragmatismo y la eficiencia en la toma de decisiones rápidas por parte de los gobiernos y partidos organizados jerárquicamente, el movimiento asambleario del 15M reivindica sus propios tiempos, los del debate pausado que exige la profundidad de las cuestiones planteadas. Así, el 15M responderá al nerviosismo expresado por las instancias de poder con el lema “vamos despacio porque vamos lejos”, que refleja tajantemente tanto las formas de acción como los objetivos escogidos por el movimiento, es decir el debate asambleario y la crítica radical. Sin acatar la urgencia informativa sino profundizando en el mismo, con el objetivo de contagiar ese debate a la sociedad.
La toma de la red

Teniendo en cuenta la intención de analizar en este texto los espacios geográficos y virtuales del 15M, es hora de prestar atención a los segundos, en los que también podemos encontrar las dinámicas conflictivas entre poder y resistencia. También el espacio virtual o ciberespacio es un espacio de conflicto en el que se desarrolla de forma paralela una lucha por los espacios de representación. Utilizando la terminología anterior podríamos hablar de “representaciones del ciberespacio” y “ciberespacios de representación”.

Podemos detectar, de acuerdo con Ogden[91], tres visiones de la Red representadas por los gobiernos, las empresas y la comunidad de usuarios. La retórica gubernamental primaría la visión de la Red como un espacio amenazante lleno de peligros como el terrorismo y la pederastia utilizados como excusa para el discurso securitario que tratará de justificar los intentos de controlar Internet. Un intento que se presenta siempre como el necesario sacrificio de libertades en pos de la seguridad pero que, como ejemplifica el caso de Wikileaks, buscará ante todo proteger al poder de la crítica y el cuestionamiento de sus acciones. La retórica de las empresas destaca la provisión de servicios de consumo, presentando a la Red como un gran supermercado mundial que materializaría la noción liberal del mercado último. Frente a estas dos visiones complementarias de los poderes políticos y económicos estaría la visión de la comunidad de usuarios y los ciudadanos que destacan la interactividad, el libre flujo de información y el mantenimiento de Internet como un bien común o un servicio universal, incluyendo a los movimientos que defienden la neutralidad de la Red y las experiencias de uso de Internet para la movilización social.

La conflictividad entre el tándem gobiernos y empresas y la ciudadanía se refleja en las herramientas utilizadas por el 15M para difundir y organizar el movimiento. Destaca en este sentido el uso especialmente relevante de la red social Facebook para convocar la protesta del 15 de mayo, aunque luego fue Twitter la red más usada para la difusión posterior del movimiento y los debates en torno al mismo. Facebook ejemplifica la fusión de los intereses comerciales y gubernamentales en la Red. Como red comercial y una de las empresas más exitosas en la economía digital, está basada en la venta de datos de sus usuarios y la publicidad de productos y como espacio de control que ha sido denunciado por su utilidad para identificar y reprimir a activistas sociales y disidentes[92].

Puede considerarse pues a Facebook como la “representación del espacio” hegemónico, pero un espacio que es subvertido y convertido en el “espacio de representación” del 15M. El uso social de la red Facebook desborda la intención y previsiones de sus propietarios de forma que no solo es un espacio de chismorreo, autobombo, consumo y vigilancia sino también una herramienta de resistencia que ha sido ampliamente utilizada por otros movimientos, como la primavera árabe. Pero también la subversión del tiempo se manifiesta en el uso de Facebook por parte del movimiento. Así, el grupo promotor de la movilización del 15 de mayo en Facebook, la “Plataforma de Coordinación de Grupos Pro-movilización Ciudadana”, que luego se convertiría en la plataforma “Democracia Real Ya”, abandona esta red social por la imposibilidad técnica de mantener en ella un debate serio y mantenido en el tiempo. El debate se hace insostenible debido a que la red de Facebook está pensada para manejar una cantidad ingente de información pero no para el debate en grupo. En el muro de la Plataforma, el espacio en el que los miembros del grupo pueden publicar informaciones que pueden ser comentadas por el resto de miembros, se suceden hilos de debate que rápidamente desaparecen de la pantalla principal al ser sustituidos por nuevas informaciones[93]. Esto provoca que los debates importantes se pierdan o se dupliquen los hilos sobre el mismo tema haciendo imposible mantener un debate ordenado y perdurable lo que incluso ocasiona malentendidos entre los participantes de la Plataforma. Ante esta situación, la Plataforma migrará a la “red social libre, segura, federada y autogestionada” N-1[94]. Una red creada por y para los movimientos sociales, en la que el muro de Facebook se sustituye por un foro ordenado, wikis o pads colaborativos como herramientas pensadas para el debate y la escritura colaborativa en grupo. Así N-1 se adapta a ese “vamos despacio porque vamos lejos” y representa un espacio de resistencia en Internet. Mientras que “dentro de Facebook la lógica es individualista, los intercambios y herramientas están centrados en el individuo” en N-1 “también se parte de la subjetividad individual, pero esta es tan importante como lo son los grupos”[95].

También las acampadas comienzan a utilizar N-1. Como escribe Marta Franco, miembro de la Asamblea de Comunicación de Sol, “Si elegimos estar en la Puerta del Sol pasando calor y tragando polvo porque merece la pena utilizar el espacio público y autoorganizarnos, en Internet tiene sentido apostar por N-1. Lleva cierto esfuerzo extra aprender a habitarlo y mantenerlo, pero es una decisión política que conecta con una idea clave del movimiento 15M: no queremos que nuestras vidas sean mercancía. Frente a regalar nuestros datos personales y nuestra memoria colectiva a empresas transnacionales de dudosa ética, se opta por la red social más transitada de Lorea, un proyecto sin ánimo de lucro para crear redes libres autogestionadas”[96]. “Toma la calle, toma la plaza, toma las redes”. Este lema resume el llamamiento del 15M a subvertir el espacio hegemónico tanto físico como virtual.
Estrategias espaciales: descentralización y espacios ocupados

A pesar del fuerte componente virtual del movimiento, tanto en su génesis como en su desarrollo, las acampadas han reflejado desde un principio la demanda de espacios geográficos de referencia, como parte de la nueva territorialidad que le movimiento construye. En este sentido, las plazas, como espacios estratégicos y simbólicos dentro de la ciudad, permitieron una visibilización continua del movimiento y una fuerte proyección social, complementada en todo momento por la proyección virtual a través de Twitter (incluso a escala global con la etiqueta #spanishrevolution), al tiempo que convertían espacios fundamentalmente comerciales y de representación del poder en foros ciudadanos. Al mismo tiempo, la toma de las plazas se convirtió en una herramienta para georreferenciar el movimiento, un espacio material donde confluir, acercarse, informarse o donde empezar a participar. Espacios que, además, se convirtieron en enclaves a partir de los cuales se organiza parte del movimiento.

Sin embargo, las acampadas como espacios organizativos mostraron algunas limitaciones que se pudieron observar a lo largo del periodo de toma de las plazas. En primer lugar, la confluencia de toda la población de una gran ciudad en un único foro es inviable en un cierto plazo. El elevadísimo número de miembros y la elevada rotación de los mismos, unida a la inexperiencia de la mayor parte de los participantes, hacía que las asambleas generales fueran poco operativas y a menudo frustrantes. Por otro lado, se generaban graves desigualdades de los individuos en la relación con el espacio, algo por otro lado inevitable. La mayor parte de la gente que se siente partícipe del movimiento tiene que compaginar esto con su vida diaria y, conforme pasaba el tiempo, acudía al espacio central de forma cada vez más testimonial. En contraste con la participación asincrónica en la Red las reuniones físicas exigen la presencia sincrónica de los activistas que, en movimientos no profesionalizados e informales, les exige un notable sacrificio de un recurso escaso como es el tiempo.

También varía mucho la facilidad de desplazamiento al enclave central dependiendo del carácter más o menos periférico del barrio en el que se viva. La desigual relación con el espacio se convertía en una participación desigual en el movimiento por el elevado peso de las acampadas, de igual forma que la importancia de Internet implica otras desigualdades entre los participantes en el movimiento, como la brecha digital que en España es en gran parte generacional[97] aunque también social. Si bien la organización interna se había podido mejorar sustancialmente conforme avanzaba el tiempo, el seguimiento de las concentraciones fue reduciéndose. Esto no hizo sino conducir a un segundo problema. Una acampada no puede sostenerse de forma indefinida y corre el riesgo de convertirse en marginal si se prolonga mucho en el tiempo. En este sentido, claramente, las acampadas no planteaban una solución al problema de la necesidad de una estructuración y territorialización del movimiento si este quería tener una presencia estable en las ciudades a medio plazo. Además, el discurso se encontraba en un nivel simbólico y de gran abstracción que necesitaba concretarse en las realidades cotidianas de las personas, en sus espacios inmediatos y en sus necesidades reales, apremiantes en el contexto de crisis económica. La materialización del discurso por la democracia real y contra las dinámicas privatizadoras necesitaba plasmarse sobre el espacio geográfico, donde el movimiento debía demostrar su capacidad de poder hacer[98] con respecto a las demandas reales de la población. Ante esta situación se plantean dos estrategias espaciales no necesariamente incompatibles. La primera es la estrategia de descentralización hacia los barrios, la segunda es la ocupación de instalaciones y construcción de centros sociales.

La creación de las asambleas de barrio permite continuar el espíritu de ágora que define las acampadas. Así, la toma del espacio público por parte del 15M, la autonomía innata del proceso o la gestión de los comunes son elementos que se pueden desarrollar mejor en los barrios por ser un espacio reconocible, conocido y abarcable. De una forma casi instintiva, el movimiento procura adoptar las formas más horizontales y asamblearias posibles, lo que podría interpretarse como una aspiración a radicalizar la democracia[99] realmente existente. De esta forma, la estructura organizativa a la que tiende el movimiento en las distintas ciudades donde ha llegado a ser masivo parece una reformulación de los viejos principios de federalismo, autonomía y autogestión, una fórmula, por otro lado, claramente espacial, que propone una reordenación del espacio a través de la acción estratégica.

En los barrios, la relación entre los grupos activistas y militantes preexistentes y la nueva subjetividad nacida del 15M se ha hecho palpable. En Madrid y Barcelona existían asambleas de barrio contra la crisis, mucho más estables, numerosas y coordinadas que en Sevilla, que han servido para recoger el reflujo del movimiento hacia la gran escala geográfica. Sin embargo, también en el caso de Sevilla, la preexistente Coordinadora de Barrios en Lucha habría jugado un papel importante en la forma en que se han generado las asambleas de barrio en esta localidad y el peso que parecen haber adquirido dentro del movimiento. Así, las asambleas han captado en muchos casos los principales particularismos militantes existentes a escala local, a menudo inmersos en la decadencia generalizada del movimiento vecinal de los últimos veinte años. No obstante, la cantidad de situaciones que se han producido en este sentido son equiparables a la cantidad de asambleas de base que se han generado. En Sevilla, en algunos casos, se ha producido efectivamente una alianza entre viejas y nuevas militancias en sectores urbanos con una militancia histórica que había ido cayendo en decadencia, como podría ser el caso de la periferia obrera al norte de la ciudad. Sin embargo, en otros espacios han surgido grupos nuevos, en gran medida desvinculados de la realidad anterior o incluso recibiendo cierta desconfianza por los colectivos y las militancias asentadas en el barrio. El caso opuesto sería el de sectores con cierta presencia de colectivos militantes previos que han asumido la identidad estratégica del 15M y han liderado sus propias asambleas de base con la adscripción de nuevos activistas.

En gran medida, las asambleas de barrio se han originado apoyándose en estrategias previas orientadas a la generación de redes de particularismos militantes, limitados a sus barrios y por ello limitados en su capacidad transformadora. La comunidad solo tiene un potencial revolucionario si consigue integrarse en una política de base más amplia, posibilidad que ha ofrecido el 15M. En este sentido, las redes de Internet, en las que surge primero el movimiento, han jugado un papel importante como vía de comunicación y coordinación entre asambleas y el lugar en el que plantear reivindicaciones de escala estatal e internacional y convocar y organizar protestas en esos niveles superiores.

La segunda estrategia geográfica, tras el abandono de las plazas, es la toma de edificios y la construcción de espacios comunes que representa en cierta medida una continuación de la toma de la plaza. Igual que parte de la vanguardia del movimiento migra a N-1 desde Facebook, en el espacio geográfico se migra desde el espacio simbólico de la plaza, mercancía lugar tomada y subvertida, a la ocupación de edificaciones emblemáticas, donde se crea un nuevo tipo de espacio sometido a otras reglas propias del movimiento.

Desde un principio, en algunas ciudades, los centros sociales okupados habían asumido un papel subsidiario y con escaso protagonismo, apoyando al movimiento a un nivel fundamentalmente logístico, como el Patio Maravillas en Madrid. Sin embargo, el movimiento va a crear sus propios espacios centrales a través de la toma de edificios vacíos, percibiéndose en algunos casos la sustitución de la plaza como espacio de referencia a escala de ciudad, casos, al menos, de Cádiz y, en menor medida, de Sevilla. Tras el intento fallido desarrollado en Zaragoza en verano de 2011, el caso de Cádiz, con la ocupación del palacio barroco de Valcárcel, en el barrio de la Viña, ha sido pionero en esta estrategia. En el caso de Zaragoza, una manifestación multitudinaria culminó con la ocupación de un edificio propiedad de la Caixa para convertirlo en sede del movimiento tras el levantamiento de la acampada y que sería desalojado a los pocos días. En torno a la misma fecha que se ocupa en Barcelona, una multitud tomaba el edificio Valcárcel en lo que se define como “recuperación” del espacio para la ciudadanía. El hecho del uso de la palabra toma o recuperación frente al de “okupación” expresa la intención de asumir la identidad del 15M como identidad estratégica, frente a la largamente estigmatizada de los centros sociales okupados, al mismo tiempo que se adoptan una parte importante de las tácticas y discursos del movimiento okupa (así como una buena parte de sus cuadros).

A partir de octubre, a Valcárcel se le suman el Hotel Madrid y el Mercado Montamarta en Madrid, el Edifici 15-O en Barcelona y el Mercado Provisional de la Encarnación en Sevilla. El caso del Hotel Madrid y del Edifici 15-O enlaza con la estrategia de intervenir sobre los desahucios de viviendas, realojando a los desplazados. Por otro lado, el Mercado Montamarta de San Blas se autodenomina Espacio Vecinal Liberado, mientras el Mercado Provisional de la Encarnación adopta poco a poco la forma de centro social. En este último caso la toma del espacio recoge toda la carga simbólica de la toma de la plaza Mayor de la ciudad. Al tratarse del edificio que ejerció de mercado provisional mientras se desarrollaba el proyecto Metropol Parasol y al mirar frente a frente a esta mercancía-lugar, el Mercado Provisional se levanta simbólicamente como un espacio contrahegemónico y común que denuncia con su presencia la privatización del espacio público que suponen las instalaciones de Sacyr. Aquí, el espacio adopta la forma de cuartel de invierno para el movimiento, pretendiendo acoger las reuniones de comisiones y asambleas, sirviendo como espacio logístico, al mismo tiempo que mantiene una asamblea autónoma y se abre a un uso general de la ciudadanía y los movimientos sociales. De esta primera oleada de okupaciones en 2011, la práctica totalidad de instalaciones serían desalojadas en pocos meses. No obstante la creación de centros sociales ha continuado, incluso con un carácter más popular y descentralizado, como con los casos del Centro Social La Soleá de Servilla (2013) o el Bango Gueno del Málaga (2012).

La estrategia de descentralización de las plazas a los barrios tiene su paralelismo en los medios virtuales del movimiento y colectivos asociados. Así, la web de DRY y sus perfiles en redes sociales se complementan con los grupos y perfiles de la Acampada Sol y el resto plazas para luego multiplicar los espacios virtuales para cada comisión o barrio. Y es que a pesar del potencial de Internet para establecer una coordinación horizontal entre un grupo elevado de personas, la realidad impone los mismos límites del espacio geográfico, por lo que se hace necesario fragmentar los espacios de debate en foros o listas de correo, manteniendo no obstante vínculos y espacios de coordinación a mayor escala. Esto tiene sentido, obviamente, en la medida en que existe una realidad de trabajo en el eje temático en cuestión y/o sobre el espacio geográfico del barrio. Así, tras la primera movilización se multiplican las herramientas de organización en Internet para responder a la demanda del movimiento. Al grupo en Facebook de DRY, la página democraciarealya.es o el perfil en Twitter @democraciareal, se suman multitud de páginas y perfiles en las redes sociales que dan servicio a las acampadas como nuevos nodos organizativos surgidos tras el impulso del 15 de mayo. Muchos de estos sitios web van adquiriendo una clara dimensión geográfica, como el portal tomalaplaza.net y sus páginas asociadas como madrid.tomalaplaza.net, el portal tomalosbarrios.net y sus webs subalternas lavapies.tomalosbarrios.net y páginas como madrid.tomalosbarrios.net o como spanishrevolution.net o takethesquare.net que pretenden la expansión internacional del movimiento, perfiles en redes sociales como @acampadasol y @takethesquare en Twitter, páginas en Facebook como facebook.com/acampadasol o facebook.com/SpanishRevolution o grupos en la red social alternativa N-1 (n-1.cc/pg/groups/129071/acampadasol o n-1.cc/pg/groups/130764/acampadasolgrupos-de-trabajo) e incluso redes propias del movimiento creadas ad hoc como network.takethesquare.net.

Aunque el grupo promotor de la protesta DRY también crea un nuevo espacio de organización tras el 15 de mayo, en concreto la red propia red.democraciarealya.es y grupos locales en N-1, la mayoría de los espacios de organización en la Red creados tras la primera manifestación hacen referencia a la toma del espacio geográfico y sirven para completar la organización surgida en esos espacios. De esta forma se evidencia el carácter híbrido del movimiento. Este, en un primer momento, surge de una convocatoria organizada y difundida en Internet, pero que llama a la toma del espacio público con el lema “toma la calle”. Tras la masiva movilización del 15 de mayo opta por la ocupación permanente del espacio público a través de las acampadas que pasan a ser el lugar en el que el movimiento se organiza, pero al mismo tiempo se crean herramientas virtuales de organización ligadas a los espacios públicos ocupados. Incluso cuando el movimiento opta por la descentralización, desde las plazas centrales de las ciudades hacia los barrios, desmantelando las acampadas y creando asambleas de pueblos y barrios que permitan mayor operatividad y expansión de la protesta, las nuevas estructuras organizativas del espacio geográfico se replican en la Red. Lo mismo sucede cuando el movimiento se internacionaliza, creando igualmente réplicas en la Red en varios idiomas.
Popularización de las asambleas y movimiento por la vivienda

Una mutación relevante del movimiento en el proceso de descentralización parece haber sido el cambio en los perfiles sociolaborales predominantes. De esta forma, frente al carácter claramente desclasado o interclasista del movimiento en el espacio virtual y el espacio simbólico de la plaza, la descentralización en barrios y la realidad de la segregación social ha aportado en algunos casos, notoriamente en Servilla, una mayor homogenización por criterios de clase, acompañado de una cierta radicalización del movimiento percibida por la mayoría de los participantes en estas asambleas. Así, en las asambleas de barrio y en sus luchas concretadas, por ejemplo, contra los desahucios[100], gana visibilidad un perfil que podría asociarse de forma más sencilla a la clase obrera, frente al predominio de las clases medias con elevada cualificación en las redes sociales de internet.

En los barrios, las ideas generales del movimiento han podido concretarse en la realidad inmediata. Esto se ha producido en primer lugar a través de la creación de las asambleas en sí mismas como espacio de encuentro, debate y decisión entre vecinos, pero también a través de una diversidad de acciones, actividades e intervenciones que han dependido de la situación específica de cada sector asignado a una asamblea de base. De entre todas estas iniciativas, la más generalizada y la que más profundamente ha calado ha sido la de la lucha contra los desahucios. Desde un primer momento, las asambleas de barrio han servido para contactar, con más o menos fortuna, con los amenazados de desalojo, permitiendo una relación directa con la víctima o una deseable participación de la misma. La resistencia a los desahucios, que ha jugó un papel muy importante desde el segundo mes del movimiento, supuso un salto cualitativo importante, permitiendo utilizar la fuerza y la legitimidad acumulada para luchar contra lo que se perciben como injusticias perpetradas contra la población más vulnerable y obteniendo resultados concretos. Aquí el movimiento 15M alimenta en gran medida a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), una organización cuyo origen se encuentra en el movimiento por la vivienda de 2006 pero que gana especial relevancia a partir del nuevo contexto generado en 2011. A nivel estatal el 15M se aliará con la PAH para frenar el primer desahucio de esta nueva ola de movilización en Madrid, en la jornada del 15 de junio de 2011. En esa semana, la desobediencia civil frustró ocho órdenes de desalojo de viviendas en varias ciudades[101]. Esta práctica se difundiría y multiplicaría por todo el Estado en los dos años siguientes y hasta la actualidad.

La continuación lógica de la resistencia a los desahucios fueron las operaciones de realojo a través de la ocupación de espacios abandonados o apropiados por bancos y cajas[102]. Aparte de las mencionadas experiencias pioneras del Hotel Madrid y del Edifici 15-O, son especialmente relevantes las okupaciones masivas en Andalucía. En 2012, en Sevilla, apoyadas principalmente por las asambleas de barrio del 15M y activistas okupas, 38 familias ocuparon 4 edificios deshabitados, propiedad de una entidad bancaria, denominando al conjunto “La Utopía”. En los meses siguientes se ocuparon hasta cinco edificios más el municipio de Sevilla y otros cuatro en el área metropolitana, alojando a un total de 145 familias, a las que se sumaron múltiples ocupaciones individuales y no publicitadas que se apoyaban en la estructura de asambleas de barrio del 15M. Posteriormente el modelo se expandió a otras ciudades andaluzas, con hasta cuatro ocupaciones masivas en Málaga y con la ocupación de una barriada por 164 familias en Huelva, por lo general apoyadas por el movimiento 15M. El perfil social es de familias de clase trabajadora con hijos que han perdido sus trabajos y han sido desalojados de sus viviendas, al que se le suma un perfil minoritario de clases medias empobrecidas. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca, por su parte, lanzó en 2012 una nueva campaña denominada Obra Social, en la que se dedica a ocupar las viviendas deshabitadas de los bancos, con especial incidencia en Cataluña. En esta región, entre las asambleas del 15M y la PAH, mantienen ocupados hasta ocho bloques de pisos vacíos y de nueva planta. Ha mediados de 2013 anunciaba que el número de personas realojadas en pisos de entidades bancarias ascendía a 326[103].

En definitiva, la pérdida de visibilidad del movimiento, con la desaparición de las grandes movilizaciones que lo originaron, al menos en los casos de las ciudades de mayor importancia del Estado, ha venido acompañado de una mayor conexión con los problema materiales de la población. De las reivindicaciones más abstractas de democracia radical se ha pasado a los problemas urgentes y materiales de la población, desarrollando una política de base comunitaria y con una mayor conexión con las clases populares.

Conclusiones

Viejas y nuevas militancias

El 15M parece haber hecho el proceso inverso a lo que cabría esperar: de lo general a lo particular, del mayor nivel de abstracción a la concreción en el espacio local. Convocatorias como la del 15M y otras precedentes, incluso convocadas anónimamente, se definen por la inexistencia o poca relevancia de una organización previa a la movilización. Lo importante es la convocatoria, la fecha, hora, lugares y la definición más o menos abstracta de las reivindicaciones. Si el asunto por el que se convoca es atractivo, la llamada a la movilización es lo bastante sugestiva y la difusión es —y se percibe— masiva, la convocatoria moviliza a la acción por sí misma. La organización deja de ser un paso previo a la convocatoria para casi desaparecer o convertirse en un paso posterior. La identidad colectiva se construye en el propio proceso de movilización, en el que las identidades diversas y atomizadas se reconocen entre sí, se identifican con la convocatoria y se unen individualmente a la lucha colectiva. En algunos casos el éxito de la movilización puede llevar a que los participantes empiecen a organizarse para acciones posteriores, como en el surgimiento y posterior organización del movimiento por una vivienda digna o las asambleas de barrio del 15M. De esta forma la conciencia de grupo se crea en la propia movilización y se consolida en las acciones posteriores.

Se ha evidenciado que en este caso las redes y las comunidades virtuales han sustituido a las comunidades militantes localizadas en la gestación de la movilización, a pesar de lo cual el devenir posterior del movimiento ha buscado esta espacialización. El movimiento ha dado pruebas de querer georreferenciarse, establecerse en el espacio y generar su base comunitaria, creando su propio territorio a través de la acción política. Esto frente a la tendencia a la desterritorialización y al desmembramiento de las identidades tradicionales asociadas al medio urbano y a la clase obrera en el marco del posfordismo. Por otro lado, resulta obvio que en principio y en términos generales el movimiento no es netamente un movimiento de la clase obrera. Es un movimiento, en principio, desclasado y ciudadanista que, no obstante, tiene componentes de clase evidentes en el propio proceso de pauperización y de acumulación por desposesión que ha dado lugar al mismo. En su doble dimensión geográfica y virtual puede incluso observarse un cierto sesgo con un mayor protagonismo de elementos de la clase obrera clásica en los barrios y de las clases medias con elevada cualificación en las redes sociales. Lo cierto es que la evolución en el tiempo, ha conducido a un mayor peso de los aspectos materiales y de las clases populares en el sujeto de la acción política comunitaria heredera del 15M.

El 15M supone una oportunidad evidente para buscar combinaciones de viejas y nuevas formas de militancia y activismo, para cimentar una versión política de base inevitablemente muy diferente a las que se han desarrollado en el pasado. No obstante, esto son tendencias que no implican la desaparición total de las viejas formas de construcción de comunidad política, ni niegan la aparición de nuevas tendencias. El movimiento asume de forma innata una parte importante y fundamental de los discursos y las tácticas de los movimientos sociales anteriores. Por un lado, el rechazo a las dinámicas privatizadoras y la defensa de los comunes enlaza directamente con la crítica al neoliberalismo. Por otro, la resistencia organizada a los desahucios y las asambleas de barrio o los centros sociales ocupados son estrategias espaciales que han sido ampliamente implementadas por los movimientos sociales del Estado en el último tercio del siglo XX. Así, juega un papel primordial dentro de las diferentes acciones desarrolladas en el seno del movimiento la defensa de lo público y la creación de espacios comunes que implican la construcción de comunidades y la creación de nuevas territorialidades.

Estos nuevos territorios suponen una oposición al espacio hegemónico y a las formas hegemónicas de construir ciudad. En este sentido, la batalla por la toma de los espacios simbólicos, plazas y redes sociales, supone una crítica contra una configuración basada en la mercantilización, el individualismo y el control, al mismo tiempo que se muestran las posibilidades de una organización del espacio bajo principios radicalmente diferentes, esto es, de solidaridad, horizontalidad y espontaneidad. La autogestión del espacio público o la creación de nuevos espacios comunes, tanto geográficos (centros sociales) como virtuales (N-1) suponen las alternativas y el desafío simbólico al poder establecido por parte del movimiento. Las distintas estrategias espaciales desarrolladas muestran esa crítica y ese afán de construcción política.

Respecto al encuentro y relación con antiguos particularismos militantes, este ha adoptado formas diversas. En el proceso de descentralización, el movimiento se ha encontrado con los movimientos vecinales, generalmente en decadencia, mientras que en la toma de espacios abandonados se ha encontrado con el preexistente movimiento okupa y la izquierda anticapitalista y en la resistencia a los desahucios con las células organizadas por la PAH allí donde estas existían. En el caso de las tomas o recuperaciones, la relación parece haber sido más sencilla y la vinculación es obvia, a pesar de que se ha huido de la asunción de la identidad okupa estandarizada, sus símbolos y códigos desarrollados en las décadas de los ochenta y noventa. En el caso de los movimientos vecinales la relación ha sido más compleja y diversa, encontrando desde cierta oposición hasta la colaboración, la integración e identificación total, pasando por la indiferencia. En este sentido, la situación actual invita a tomar en consideración la potencialidad del movimiento para reformular los viejos particularismos militantes de los barrios populares, tanto como la necesidad de generar nuevas comunidades militantes y nuevas identidades vinculadas a la militancia local.
Viejos y nuevos espacios

En otro orden de cosas, la coexistencia de múltiples espacios organizativos y estratégicos supone un punto sobre el que incidir. El 15M está viviendo un proceso amplio y complejo de estructuración y organización que pasa por la interacción tanto entre los espacios virtual y geográfico como entre distintas escalas espaciales. En este sentido, los hechos están mostrando la complementariedad entre el espacio virtual y geográfico así como las necesidades espaciales materiales de un movimiento social transformador.

El espacio virtual parece virtualmente capaz de funcionar de una manera similar al espacio geográfico, tanto como espacio nodal de la política comunitaria, como espacio susceptible de ser regulado por el Estado. No obstante, los activistas de los movimientos sociales valoran el uso de Internet como algo complementario, pero no sustitutorio, del trabajo presencial, las reuniones y la relación personal. La Red se revaloriza cuando se ve limitada la posibilidad de las reuniones y el debate presencial, llegando en estos casos a ser sustitutoria de la reunión presencial. Así ocurre en grupos grandes o amplias redes de colectivos en los que el uso organizativo de Internet se hace necesario por la imposibilidad o la dificultad de realizar reuniones presenciales. Tampoco la acción política en la Red sustituye a la protesta en la calle. En los espacios geográficos se genera mayor empatía, solidaridad e identidad de grupo. Aunque la Red pueda desencadenar la agregación de personas distantes en torno a valores e identidades compartidas, la relación en los lugares físicos es necesaria para reforzar los lazos de solidaridad y confianza[104].

Por otro lado, en el 15M se constata una continuidad entre los espacios geográficos y virtuales de organización, a pesar de lo cual ambos espacios mantienen en buena medida un papel diferenciado. Así, los espacios en la Red asumen el papel de coordinación, especialmente a la hora de convocar nuevas movilizaciones de carácter estatal y difundir las acciones del movimiento. En esta línea, las asambleas presenciales gozan de mayor legitimidad siendo el ámbito prioritario de la toma de decisiones. Tanto en acampadas y asambleas de barrio como en la plataforma Democracia Real Ya, el papel de la Red en las tareas organizativas queda reservado para la transmisión de información, el debate y la coordinación, así como la toma de decisiones operativas, mientras que el espacio geográfico monopoliza en gran parte los debates y la toma de decisiones importantes. Al mismo tiempo, las acampadas y sus asambleas muestran la dificultad de debatir y organizarse de forma operativa cuando el grupo reunido físicamente es demasiado numeroso. Ante este inconveniente el movimiento opta por la descentralización, una estructura que conlleva desde un principio claras ventajas, como es la posibilidad de mantener la estructura asamblearia del movimiento en grupos menos numerosos y más operativos además de ofrecer otras oportunidades estratégicas.

Otro problema es el de cómo traducir el nivel de abstracción del espacio de la Red al nivel local, una vez que se han interiorizado en los espacios locales impulsos generados en ese espacio virtual. Es un problema de traducción y es un problema de cambio de escala. El resultado de la descentralización ha sido un salto de lo universal a lo particular como una forma de buscar esas realidades, excesivamente abstractas y generales, en la realidad cotidiana y en la comunidad. La propia creación de comunidad afincada en el territorio parece ser un objetivo de esta estrategia. Sin base material sólida el movimiento corre el riesgo de ser efímero. No obstante, dentro de la estrategia desarrollada actualmente, la mayor carencia es la de espacios de formación del discurso y de ejercicio del poder colectivo a una escala superior a la del barrio. Para que la alianza de bases se convierta en fuerza política alternativa es esencial la generación de un discurso hegemónico alternativo y de formas de ejercicio del poder efectivo sobre el espacio. Existe el riesgo de que el paso de lo universal a lo particular que se ha producido con la estrategia de descentralización no mantenga el vínculo entre las solidaridades concretas y las aspiraciones abstractas o las debilite.

La organización del movimiento 15M combina las estructuras arraigadas geográficamente con las redes organizativas coordinadas en Internet. Ambos espacios se complementan de forma que, aunque podamos distinguir el perfil más virtual o físico de cada colectivo e incluso la preferencia por uno u otro medio para cada tarea concreta, podemos hablar de una continuidad fluida entre ambos espacios. En definitiva, el “espacio de los flujos” de Internet no sustituye al “espacio de los lugares” sino que el ciberespacio y los lugares físicos de encuentro constituyen hoy un ámbito complementario para la generación de comunidades y solidaridades compartidas que pueden impulsar la acción colectiva. No ya como espacios de socialización añadidos sino íntimamente relacionados, ya que la comunicación mediada en Internet complementa y consolida el contacto desarrollado en los lugares físicos y viceversa.

 

Notas

[1] Touraine, 1984 y 1990; Habermas, 1981; Offe 1985; Melucci, 1989, 1994, 1996 y 1999.

[2] Castells, 2001.

[3]Melucci, 1999 y 2001.

[4] Lefebre, 1976

[5] Harvey, 2007a.

[6] Lefebvre, 1976a y 1991.

[7] Harvey, 2001 y 2007; Soja, 1996 y 2008.

[8] Harvey, 2006.

[9] Lefebvre, 1976b.

[10] Castells, 1974.

[11] Lefebvre, 1976b.

[12] Topalov, 1979, entre otros.

[13] Lacoste, 1977.

[14] Bolviar, 1998.

[15] Ibídem, p. 91.

[16] León, 2011.

[17] Mançano, 2011.

[18] Harvey, 2006.

[19] Ibídem, 2001.

[20] León, Meave y Ramos, 2009.

[21] Leon, 2011.

[22] Williams, 1958 y 1977; Thompson, 1963, etc.

[23] Hall, 1973.

[24] Jensen, 1987.

[25] Fiske, 1993.

[26] Gamson, 1988.

[27] Melucci, op. cit.

[28] Klandermans, 1988.

[29] Melucci, 1999.

[30] Gamson, 1988

[31] Sampedro, 2005.

[32] Harvey, 2007a, p. 182.

[33] Harvey, 2007b, p. 206.

[34] Massey, 1999, p. 291.

[35] Putnam, 2002.

[36] Panelli, 2006, p. 140.

[37] Davis, 2001 y 2003.

[38] Harvey, 2007b, p. 207.

[39] Hardt y Negri, 2005.

[40] Massey, 2012.

[41] Lefebvre, 1971, p. 213-214.

[42] Castells, 1986.

[43] Harvey, 2007b, p. 209-210.

[44] Aglietta, 1998; Boyer, 1992; Coirat, 1993; Lipietz, 1994.

[45] Lipietz, 1986.

[46] Jessop, 1994.

[47] Harvey, 2007c.

[48] Ibidem, 2004b.

[49] Anderson, 1993.

[50] Bloch, 1931.

[51] Castells, 2006.

[52] Coirat, 1995 y 1998.

[53] Lefebvre, 1969, p. 98.

[54] León, 2011.

[55] Ibídem.

[56] Featherston, 1994.

[57] Christopherson, 2000.

[58] Ibídem, p. 416.

[59] Davis, 2003.

[60] Habermas, 1962.

[61] Wellman, 2001.

[62] Webber, 1963.

[63] Fischer, 1975

[64] Kraut y otros, 1998; Nie y Erbring, 2000

[65] Estos estudios han sido criticados otorgando la causa de la menor sociabilidad al hecho de que los sujetos investigados fueran nuevos usuarios y el efecto de esa novedad. Por otra parte se constata que en general se subrayan las preferencias previas, favoreciéndose la sociabilidad en individuos ya de por sí sociables y el retraimiento en los ya de por sí retraídos.

[66] UCLA, 2000; Kartz y Rice, 2002; Roigan y Rainie, 2002; Pew Internet and American Life Project, 2000; Littler, 1999; Hamman, 1999.

[67] Fischer, 1982.

[68] Castells, 2009.

[69] Rheingold, 1983.

[70] Colle, 2000.

[71] Castells, 2001; Manovich, 2005; Scolari, 2008.

[72] McCarthy y Zald, 1996.

[73] Sampedro, 2005.

[74] Page en Sampedro, 2005.

[75] Sunstein, 2003.

[76] Noelle-Neumann, 1974.

[77] Watts, 2006.

[78] Gamson, 1988; Hirschman, 1991; Snow y Benford, 1988; Klandermans, 1988; Melucci, 1999.

[79] Ver apartado 2.2.

[80] http://wiki.nolesvotes.org/wiki/Portada

[81] http://www.elpais.com/articulo/sociedad/eurodiputados/quieren/seguir/volando/primera/elpepusoc/20110406elpepusoc_17/Tes

[82] http://www.rtve.es/noticias/20110407/twitter-rebela-ante-los-eurodiputados/422613.shtml

[83] http://www.antena3.com/videos-online/noticias/economia/twitter-levanta-grito-eurodiputados-caraduras-despues-polemica-votacion-vuelos-primera_2011040700082.html

[84] Sampedro, 2005.

[85] Los patronos de la Fundación Confianza son Abertis, BBVA, Caja Madrid, Cámaras de Comercio, Cepsa, Endesa, El Corte Inglés, Iberdrola, Iberia, Indra, La Caixa, Mapfre, Mercadona, REE, Renfe, Repsol, Santander, SEOPAN y Telefónica

[86] http://www.elpais.com/articulo/tecnologia/Acusan/Facebook/censurar/campana/estoloarreglamossinellos/elpeputec/20100315elpeputec_5/Tes

[87] http://www.abc.es/20100303/nacional-/arreglamos-ellos-contracampana-blogosfera-201003021915.html

[88] Como el llamamiento a no votar a PSOE, PP y CIU, el hecho de visibilizar a las grandes empresas y bancos o el de señalar a los eurodiputados que votaron contra la propuesta y enviarles correos masivos hasta conseguir que se retractaran.

[89] Ver apartado 2.1.

[90] Díaz Parra, 2010.

[91] Ogden, 1998.

[92] http://www.europapress.es/portaltic/internet/noticia-assange-facebook-maquina-espionaje-mas-horrorosa-historia-20110503131253.html

[93] El diseño de Facebook para este espacio prima la novedad de forma que los hilos de debate no se ordenan por importancia, ni siquiera cronológicamente, sino por la última actividad recibida. Así la primera información que aparece en el muro del grupo puede ser un hilo abierto hace tiempo que acaba de ser comentado o votado por un usuario.

[94] https://n-1.cc/pg/expages/read/About/

[95] http://www.diagonalperiodico.net/N-1-una-red-social-no.html

[96] http://www.diagonalperiodico.net/Toma-las-plazas-toma-las-calles.html

[97] Eurostat, 2009 (http://ep.eurostat.ec.europa.eu/portal/page/portal/information_society/data/main_tables)

[98] Tal como usa el término Holloway, 2002.

[99] Calle, 2001.

[100] Claramente, en la resistencia a un desalojo familiar más fuerte desarrollado en la ciudad de Sevilla durante 2011 en el marco del 15M. Ver: http://estrecho.indymedia.org/sevilla/noticia/paralizado-un-desahucio-torreblanca-sevilla o http://www.elcorreoweb.es/sevilla/136012/vecinos/torreblanca/logran/frenar/desahucio.

[101] Público, 18-06-2011, “Los indignados se lanzan al rescate de los desahuciados”. [http://www.publico.es/espana/382602/los-indignados-se-lanzan-al-rescate-de-los-desahuciados]

[102] Ver por ejemplo EL PAÍS, 19-2-2012.

[103] El País: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/09/30/catalunya/1380557746_708901.html

[104] Candón, 2010.

 

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© Copyright Ibán Díaz Parra y José Candón Mena, 2014.
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Edición electrónica a cargo de Gerard Jori.

Ficha bibliográfica:

DÍAZ PARRA, Ibán; CANDÓN MENA, José. Espacio geográfico y ciberespacio en el movimiento 15M. Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales. [En línea]. Barcelona: Universidad de Barcelona, 10 de marzo de 2014, vol. XVIII, nº 470. <http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-470.htm>. ISSN: 1138-9788.

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