Un medio alternativo que ejerza de contrapoder está condenado a ser minoritario

¿Han de batallar los medios de comunicación independientes por la hegemonía? ¿Tienen que marcarse como objetivo el crecimiento de lectores y audiencias para ensanchar su ámbito de influencia? “Un medio alternativo que ejerza de ‘contrapoder’ está condenado a ser siempre más o menos minoritario”, afirma el periodista Rafael Cid, colaborador del periódico de la CGT Rojo y Negro, Radio Klara de Valencia (en el espacio “El Vaivén”) y Kaos en la Red. “Lo que tiene que primar es el rigor, la calidad, la independencia y la osadía”, añade.

Titulado por la Escuela de Periodismo de Madrid, Rafael Cid inició su recorrido profesional en el mundo de los reportajes de investigación. Indagó durante tres años en el “síndrome” de la colza, que afectó a miles de personas en los años 80. A mediados de esa década, entrevistó para Cambio 16 –revista de la que fue jefe de coordinación- a un comando de los GAL y con otros dos periodistas de la misma publicación, Miguel Ángel Liso y José Díaz Herrera, reveló una trama de corrupción policial que se prolongó en la muerte de un conocido delincuente, “El Nani”. Entre 1977 y 1979 editó la revista Historia Libertaria. Actualmente, en España “apenas existe margen de autonomía para el trabajo de periodista en los mass media”, sostiene.

-Fuiste uno de los periodistas que en los años 80, con Xavier Vinader, Pepe Rei o José Díaz Herrera, se volcó en los reportajes de investigación. Por ejemplo, con Díaz Herrera publicaste en Cambio 16 (mayo de 1984) una entrevista a varios mercenarios del GAL realizada en Biarritz. Contaban la muerte de uno de los “jefes”, Jean Pierre Cherid, al estallarle un explosivo. Pretendía acabar con la vida de siete militantes de ETA. ¿Cómo recuerdas aquellos reportajes?  

-Jean Pierre Cherid, los hermanos Perret, Mohamed Khiar, los neofascistas italianos y los miembros de la Triple A argentina (uno de los varios GAL que hubo) eran mercenarios contratados desde los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para llevar la guerra sucia contra ETA al santuario francés. Sus acciones, asesinatos de corte mafioso por encargo, estaban encaminadas a obligar a las autoridades galas a controlar los movimientos de los etarras y, en su caso, deportar a sus cabecillas y a los dirigentes independentistas vascos allí asilados. Poco más que eso puedo decir sobre aquella etapa. Quizás sólo resaltar las dificultades que supuso la realización de esa primera investigación histórica sobre los Gal y su publicación cuando en España gobernaba un PSOE triunfante tras el 23-F, con un enorme respaldo en la opinión pública. Y si eso fue posible, más que al trabajo de los periodistas, el mérito se debió a la existencia al frente de Cambio 16 de un presidente, Juan Tomás de Salas, que tenía una concepción exigente del derecho a la información, en línea con la tradición inglesa, al que aún no se le ha rendido el reconocimiento merecido. Mostramos el terrorismo de Estado en la joven democracia sin trabas empresariales o políticas, y con el respaldo garante del editor de la publicación.

-¿Existe actualmente el periodismo de investigación, o más bien se trata de la mera filtración interesada de dosieres? Por tu experiencia, ¿cómo evitar que la fuente manipule u oculte datos al periodista, dado que existe una dependencia, casi absoluta, de la información que la fuente aporta?

-Si por periodismo de investigación entendemos la labor informativa encaminada a sacar a la luz lo que el poder (los poderes) ocultan, a través de un seguimiento de indicios realizado por los propios profesionales, contrastando distintas fuentes y controlando el proceso desde sus inicios hasta su divulgación pública, creo que es una especialidad en peligro de extinción. A pesar de que actualmente los medios son económicamente más capaces que entonces. Lo que más abunda son las “revelaciones” de parte, utilizadas para pugnas políticas y económicas. Porque el periodismo de investigación es un “contrapoder”, un “cuarto poder” independiente con responsabilidad social. Y eso no depende de la mayor o menos potencia financiera de un medio. En ocasiones, al contrario, entre grandes corporaciones como mucho lo que se produce es un simulacro de “guerra fría” disuasoria. La prueba es que tuvieron que ser los periodistas de un modesto diario de provincias (el Diario de Mallorca, si no recuerdo mal) los que descubrieran los vuelos secretos de la CIA sobre territorio español, algo que los demás no hicieron.
La independencia total respecto a la fuente no existe. Toda fuente busca una rentabilidad, por activa, por pasiva o por perifrástica. No hay fuente desinteresada. Incluso la que pretende denunciar una injusticia puede contener una carga espuria que conviene evaluar para que el periodista no se convierta en un “justiciero”. Y eso exige considerar la información de la fuente como un indicio y desde ahí conducir la investigación en múltiples direcciones hasta cerrar el círculo con documentos, testimonios u otro tipo de pruebas que aproximen la veracidad de los hechos. Por eso las investigaciones periodísticas rigurosas suelen durar en el tiempo y acaparan muchos recursos de todo tipo. A menudo una pista se deja meses dormir en el cajón de la redacción porque no progresa y debe recuperarse más tarde cuando aparecen otras más sólidas. Eso significa también que en ocasiones las investigaciones se malogran. Por no hablar de los errores o las meteduras de pata que los autores cometen durante el proceso de elaboración de un reportaje. Que de eso no suele hablarse en el mundillo de la investigación, donde casi todo son medallas y periodistas estrella.

-¿Por qué abandonaste la redacción de El País en julio de 1989, después de trabajar dos meses en el diario? ¿Se te censuraron artículos? ¿Cómo observas la evolución del periódico?

-Me fui de El País porque lo que experimenté no respondía a las expectativas que tenía. Acostumbrado a trabajar con plena autonomía, su modelo me parecía demasiado regulado desde arriba, una camisa de fuerza. Allí el periodista era una pieza de un gran engranaje, como un funcionario de ministerio, y después de varios contratiempos y desencuentros al trabajar en determinados temas decidí irme por donde había venido. Posiblemente por ese “libro de estilo” tan jerarquizado en El País nunca ha cuajado un “equipo de investigación”, y profesionales tan valiosos como Gregorio Morán dejaron voluntariamente aquella casa cuando estar en El País parecía el no va más de la profesión. Me despedí y devolví el Premio Ortega y Gasset, que me habían dado junto a otros compañeros de Cambio 16 por el asunto de “la mafia policial”, porque creo que los premios otorgados sin que uno opte a ellos (como era el caso) visualizan una estima compartida, y yo había perdido la confianza en el premiador.

Al margen de cualquier peripecia personal, considero que El País ha sido el diario más influyente (no impactante) de la etapa democrática y más sólido como máquina informativa y comunicacional. Otra cosa es su acoplamiento con la estrategia del PSOE durante la etapa de Felipe González (es proverbial su tardanza en informar sobre el Gal), y viceversa. Una conducta que llevó a sus ejecutivos a considerarse llamados a tutelar a la sociedad como su intelectual orgánico (cuando la opinión pública es la opinión publicada). Por supuesto eso ya es agua pasada. Ahora El País es un holograma de aquel diario que solía tutelar en la sombra a gobiernos. ¡Hasta Mariano Rajoy le ha hecho un corte de mangas al negarse a aceptar el rescate-país que el rotativo le había exigido en tres editoriales -y portadas- sucesivos!

-Recientemente has publicado en Radio Klara, Rojo y Negro, y Kaos en la Red un artículo titulado “El País nos quiere gobernar”. ¿A qué te refieres, qué influencia otorgas hoy a este diario?

-Me refería a esa obsesión por sentar cátedra política sin darse cuenta que su mapa ya no configura el territorio. Cuando la cúpula del grupo mueve los hilos para que su gente (colaboradores, periodistas, directivos, clientes y amigos) protagonicen dos manifiestos políticos para forzar una investidura en línea con sus intereses, evitando que se vea la mano que mece la cuna, está reconociendo que la “marca El País” no suma. No obstante, aún sirve para conocer lo que piensa la derecha liberal más moderna e inteligente del ruedo ibérico.

-Colaboras habitualmente en medios “alternativos” y libertarios. ¿Crees que han de aspirar a un crecimiento en lectores y audiencias, de manera que puedan “normalizarse” ante la opinión pública; o por el contrario es preferible mantenerse en la “trinchera” informativa?

-Calidad informativa y cantidad son términos incompatibles. Si los llamados medios alternativos se entregan a la carrera por el crecimiento y las audiencias, a medio plazo dejarán de serlo y se convertirán en una pieza, más o menos picante, del sistema comunicacional convencional. Es como los partidos emergentes que mutan sus iniciales programas radicales por otros “más realistas” para conquistar mayorías entre la masa de votantes a costa de sus principios. Un medio alternativo que ejerza de “contrapoder” está condenado a ser siempre más o menos minoritario. Lo que para nada impide que tenga una influencia más incisiva que muchos de sus rivales de primera división y sirva de referencia a sectores sociales de avanzada. Lo que tiene que primar es el rigor, la calidad, la independencia y la osadía.

-¿Se continúa considerando a los medios “independientes” como panfletarios, poco rigurosos y excesivamente ideologizados? Mientras, la prensa seria y de calidad, realizada por los profesionales de la información, es a la que la sociedad asigna el rol de informar, interpretar y opinar… ¿Te parece correcta esta distinción?

-El planteamiento maniqueo que habla de medios serios, independientes y profesionales y medios panfletarios, pocos rigurosos y ultraideologizados, es una caricatura interesada lanzada desde el sector empresarial para levantar una cortina de humo ante su decadencia y para frenar el empuje de los nuevos (digitales y en papel). En ambas trincheras se dan rasgos de lo uno y de lo otro. ¿No son panfletarios, ideologizados y dependientes periódicos como ABC, El Mundo o El País en su condición de baluarte cultural del duopolio dinástico dominante PP/PSOE, un espectro político que la ciudadanía está rechazando contundentemente en las urnas? Las culpas están repartidas. No obstante, creo que el principal defecto de los nuevos medios es adoptar una militancia unidimensional y discriminatoria que puede terminar reproduciendo desde la otra orilla las lacras que achacan a sus contrarios. Con frecuencia tienen una visión sectaria de lo que se supone deber ser la mentalidad crítica. Todo lo que no sea ver, oír y contarlo (lo mejor posible y caiga quien caiga) es reaccionario y antisocial.

-En radios y prensa libertaria participas con opiniones y artículos de reflexión. ¿Debe esconder la subjetividad el periodista? ¿Qué opinas cuando se habla de rigor, seriedad, veracidad y sobre todo equidistancia en las informaciones?

-La objetividad no existe, igual que la pureza. Existe la subjetividad y sus atributos. Por eso el trabajo periodístico debe enmarcarse con vocación de independencia, rigor, prudencia y modestia. Un periodista es un profesional con la mochila de sus propias circunstancias, como un médico o un maestro de escuela. Y supone una contradicción en sus términos que el periodista manipule una información a favor o en contra dependiendo de su ideología; como que el médico actúe con criterios religiosos en su actividad o que el maestro utilice sus clases para adoctrinar a los escolares. La verdad es un cúmulo de verdades de registros de muchos calibres. Y aun así, la impronta del sujeto siempre deja huella en el producto. Salvo que el medio en cuestión se identifique expresamente con una determinada ideología. Cuando existía prensa de partidos la gente sabía a qué atenerse, no había engaño porque se le trasparentaban sus intenciones. El periodismo como servicio público no es el vehículo de propaganda de ninguna secta.

-En muchos de los comentarios, marcas claramente la frontera entre las diferentes izquierdas (sin incluir al PSOE), por ejemplo entre IU-Podemos y los sectores libertarios; o entre partidos, y movimientos asamblearios como el 15-M. También entre marxismo y anarquismo…

-Establezco esa categorización para significar que hay dos grandes formas de entender la política: de arriba-abajo y de abajo-arriba. Y que cada una de ellas nos conduce a un ámbito de actuación distinto e incluso antagónico. Cuando una formación se estructura en la obediencia debida a una cúpula providencial, casi dotada de virtudes taumatúrgicas, mientras la base es una simple caja de resonancia, lo suyo es la vieja política. Aunque hagan declaraciones solemnes de lo contrario. Y el resultado será engrosar al sistema y al régimen. Sin embargo, si se decanta por la participación, la horizontalidad y la democracia, con rotación de sus representantes y mandato más o menos imperativo, cabe la posibilidad de que se produzca una ruptura con la cultura hegemónica que facilite una transformación social. Podemos y la CUP podían ser, mutatis mutandis, dos exponentes antagónicos de ambas dinámicas.

En ese marco, más que en la referencias ideológicas es donde se puede dar la colaboración entre lo que podemos llamar “las izquierdas”, insistiendo en que para el anarquismo eso es condición necesaria pero insuficiente. Y ahí radica la dificultad o no de entendimiento entre marxismo y anarquismo, más allá de que el primer concepto implica una doctrina política y el segundo un ideal. No basta con que exista un enemigo común si la práctica política para enfrentarlo es contradictoria. Ese ha sido siempre el problema de la falsa unidad de la izquierda que escondía un proyecto de unicidad y destrucción del pluralismo a favor de una de las opciones, generalmente la que tenía más horas de vuelo en las tretas partidarias. Además, por mucha voluntad que exista es inevitable que el peso de la historia incida en el presente. No hay cambio sin continuidad. En este sentido el anarquismo puede convivir con el marxismo, aun reconociendo sus limitaciones históricas, o con el comunismo, considerado como un ideal, pero nunca con lo que supuso el estalinismo o algunas de modernas declinaciones totalitarias adictas al trágala “el enemigo de mi amigo es mi enemigo”.

-¿Consideras que hay alguna posibilidad de síntesis y entendimiento?

-Más que síntesis se pueden producir casos de sincretismo, amalgamas ideológicas por razón de oportunidad. Forzar realidades históricas y axiologías voluntaristamente es muy problemático. Entre el izquierdismo y el anarquismo existe un hecho diferencial que excede de un mero nominalismo. Lo expresaré con dos enunciados populares que suelen actuar como señas de identidad de políticas extramuros. De un lado estaría el famoso “otro mundo nuevo es posible” de la izquierda alternativa. De otro, el dicho durrutiano “llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones que crece a cada instante”. En el primer supuesto emite una declaración de intenciones sin connotación de compromiso personal, mientras el segundo asume una implicación directa (sujeto-objeto / medio-fin) en su consecución como forma de vida, sin esperar al abanderado.

Es una cuestión de medios y fines. Hay síntesis o cooperación si se juntan en la actividad diaria personas que anhelan y se esfuerzan por la libertad, la justicia, la solidaridad, la inclusión, el respeto del medio ambiente, etc., sin sacrificar una cosa por la otra. No la puede haber, por el contario, si el presunto fin justifica la utilización de un medio inmoral. En este sentido el anarquismo es mucho más que un simple izquierdismo. Lo cual no quiere decir que no tenga prioridades y se aísle en el adanismo. Su esencia es “la propaganda por el hecho”, lo que significa actuar en coherencia con sus fines, prefigurándolos en la praxis. Uno (individuo o sociedad) solo es libre si experimenta la libertad, y así con todo lo demás. Por eso los libertarios luchan contra la heteronomía dominante, que hace de la vida una representación a cargo de una oligarquía dirigente. Bakunin lo explicó con bastante claridad al decir “la libertad de los demás amplía mi libertad hasta el infinito”. Ceder la autonomía personal a un Estado, una Iglesia, un partido o un líder, por muy altruistas que sean las causas que predican, es empezar la casa por el tejado y opositar a que se nos caiga encima. Ácratas, libertarios o anarcosindicalistas parten de la misma meta: no hay libertad sin justicia, ni justicia sin libertad.

-Entre las múltiples extensiones del anarquismo (“sindicalista”, “individualista”, “independentista”, “primitivista”, más centrada en la “okupación”, meramente “libertaria”…), o con independencia de éstas, ¿cómo entiendes, personalmente, La Idea?

-El anarquismo es polisémico, tiene muchos matices y siempre está en movimiento, de ahí las distintas adjetivaciones de los partidarios de la acción directa (libertarios, anarcosindicalistas, ácratas, etc.). Todas expresan la misma idea, todas la complementan: el principio de autoridad nace en uno mismo y es un compromiso de responsabilidad en libertad. Supone una idea tan simple como natural, y quizás por eso mismo tan difícil de entender en un mundo que hace de lo irracional y la distopía su modus vivendi. El geógrafo Elieso Reclus lo definió como “la más alta expresión del orden”, cuando lo habitual es equipararlo al desorden y al caos. El “sapere aude” (“atrévete a pensar”) de Kant está en su lógica ilustrada. Pero sobre todo el instinto de la autonomía personal, el vínculo social y el sujeto ético. En la saga de aquellos pioneros de la Primera Internacional (la vieja AIT) que proclamaban “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos o no será” al tiempo que demandan “no más deberes sin derechos ni más derechos sin deberes”.

Nada fácil de asumir en una sociedad de consumo que se pontifica llamando “neoliberal” al régimen económico que institucionaliza cuotas de desigualdad nunca vistas y afirma que somos tan libres de vender o no nuestra fuerza de trabajo como de votar en las elecciones o abstenernos, teniendo de su lado en última instancia al panóptico del Estado. El anarquismo, que no se acaba en el izquierdismo, representa la ambición y el orgullo de una democracia radical, integral, igualitaria e inclusiva. En donde los derechos humanos y el respeto a las minorías sean sagrados, a resguardo de potenciales tiranías de mayorías, como ocurrió en la Atenas clásica en el proceso a Sócrates o, veinticinco siglos después, durante el estalinismo. Por eso Cornelius Castoriadis habla de la auténtica democracia como el régimen de la autolimitación. Y yo opino que el verdadero anarquismo es una demo-acracia.

-Por último, ¿qué motivación conecta al periodista que investigó a mediados de los 80, en Cambio 16, las tramas corruptas de la policía que desembocaron en la desaparición de Santiago Corella “El Nani” (noviembre de 1983), y el comentarista y articulista en medios independientes de 2016?

-Una motivación que podríamos denominar de “individualidad social”. Es decir, la convicción de que una democracia real debe cimentarse sobre las dosis más altas posibles de igualdad, libertad y solidaridad y que para que eso sea posible, y no solo una declaración de intenciones (como la igualdad de oportunidades, que de facto concreta la desigualdad de origen), es imprescindible que la gente disponga de información veraz para entender el mundo que le rodea, poder ubicarse en él y ejercer un control efectivo sobre los gobiernos y las instituciones dominantes. Y eso vale igual en todas las situaciones, ayer y hoy, con las obvias ponderaciones de tiempo y lugar. La única diferencia es que entonces me lo planteaba en el ámbito de la investigación periodística en medios convencionales y hoy lo intento hacer en el terreno del análisis y de la opinión en medios sin ánimo de lucro.

Si la pregunta es por qué una separación tan radical (rechazo colaborar con medios empresariales porque la función crea el órgano, aunque en los alternativos no todo el monte es orégano y a veces esgrimen un sectarismo digno de peor causa), respondería que porque en España apenas existe margen de autonomía para el trabajo del periodista en los mass media. No es casual que el ocaso del bipartidismo dinástico hegemónico vaya a la par que el de los grandes medios de la segunda Restauración monárquica que los han escoltado durante estos casi cuarenta años. Es un anuncio de fin de ciclo. Pero hasta el rabo todo es toro.

Enric Llopis

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